miércoles, 12 de abril de 2017

Apuntes de historia: ¿Qué significó la Segunda República?

Nos acercamos al 86 aniversario de la proclamación de la Segunda República Española y, ante la falta de memoria que parecen tener los medios de comunicación a la hora de buscar referentes democráticos en nuestra historia, hoy vamos a hablar de lo que significó aquel régimen y lo que ha significado hasta la actualidad. Así, lo primero que podemos decir es que la II República fue el primer proceso de democratización profunda en nuestro país. A la cola de nuestros vecinos europeos, España había vivido un siglo XIX de luchas políticas que había configurado un régimen conservador totalmente anticuado. Primero, fue la Restauración, que en nombre de Fernando VII liquidó cualquier esperanza liberal que había otorgado la Constitución de 1812. Después, su hija Isabel II, bajo regencias y luego bajo su nombre, sentó las bases del sistema turnista que solo el corto periodo del Sexenio Democrático pareció interrumpir (1868-1874). Con Alfonso XII y, sobre todo, con Alfonso XIII, la monarquía de los borbones se presentó como principal sustento de un sistema conservador e incluso dictatorial. No debemos olvidar, que fue bajo el reinado de Alfonso XIII, también conocido como el «rey del porno», cuando Miguel Primo de Rivera encabezó un golpe de Estado en 1923 con el propio consentimiento del monarca. Todo ello, acabó con la suspensión de la Constitución de 1876 y con el establecimiento de una dictadura militar que se prolongará hasta 1930. De hecho, tras la dimisión de Primo de Rivera, y el nombramiento de Dámaso Berenguer como jefe de gobierno, la pretensión del rey era la de volver a la situación previa a 1923. Pero esto, evidentemente, no era ya posible.


Puerta del Sol de Madrid, 14 de Abril de 1931.

La vinculación de Alfonso XIII con el régimen de Primo de Rivera era innegable y, el descrédito y la pérdida de legitimidad se tradujo en un importante resultado para las fuerzas republicanas en las elecciones municipales del 12 de Abril de 1931. Concentrado en las grandes ciudades, el voto republicano no era tanto un fervor hacia la república sino un sentimiento propiciado por el hundimiento de la monarquía. De este modo, el 13 de Abril el monarca decide emprender el camino del exilio y el vacío de poder lo ocupará el comité provisional de fuerzas republicanas, configurado un año antes en el llamado Pacto de San Sebastián (1930), donde se reunieron los principales partidos y representantes republicanos. Así, un día después, el 14 de Abril, se proclama la II República Española sin gran convulsión social, aunque sí un leve sentimiento de alegría que se apagará tan pronto aparezcan las primeras tensiones y problemas. Y es que hay que tener en cuenta, que el hundimiento del viejo orden del siglo XIX no fue un caso aislado en España, pues tras la Primera Guerra Mundial (1918) la mayoría de los viejos imperios se habían convertido en regímenes democráticos. Si bien es cierto, que esta dinámica se rompió con un periodo de tensiones políticas, lo que la historiografía ha denominado como «Guerra civil europea», y que primero en Italia, luego en Alemania y después en la mayoría del continente, fue transformando a las democracias en regímenes totalitarios o fascistas.

En junio de 1931 tras las elecciones a Cortes Constituyentes se dibuja una mayoría de la conjunción republicano-socialistas frente a las fuerzas conservadoras. A pesar de ello, tenemos que desterrar el mito de un república revolucionaria. Si es cierto, que los dos primeros años que van desde la proclamación de la Constitución (9 de Diciembre de 1931) hasta el final del Bienio Reformista, son un periodo de reformas, van a ser reformas desde arriba, dibujando desde el primer momento una república de orden. Así, con la Constitución como pieza clave, en los primeros meses hubo mucho movimiento legislativo que despertó cierta esperanza regeneracionista de todos aquellos que querían acercarse a la modernidad europea, en esos momentos muy debilitada. El primer presidente de la II República será Niceto Alcalá Zamora, conservador y católico, muestra de esa república de orden que se estaba configurando. El primer gobierno, estará formado por una coalición entre partidos republicanos, el Partido Socialista y el Partido Radical, cuya cabeza visible será Manuel Azaña. Un giro a la izquierda que contrarrestaba la presencia de un conservador en la jefatura del Estado.


El Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, junto con el
Presidente del Gobierno, Manuel Azaña y su gobierno.

De este modo, tras la aprobación de la Constitución, el gobierno republicano encabezado por Manuel Azaña se propuso trabajar en tres grandes frentes. En primer lugar, la reforma del ejército. Un ejército anticuado y que tradicionalmente había estado presente en la vida pública y política del país desde le pronunciamiento de Riego en 1820. El problema, es que si bien los primeros golpes tenían un carácter progresista, conforme fue avanzando el siglo XIX estos fueron adquiriendo un tinte cada vez más conservador. Así, el principal problema del ejército era su macrocefalia, es decir, una importante saturación de oficiales. Muchos de ellos africanistas y, sobre todo, poco leales al nuevo régimen. De este modo, se promovieron cientos de retiros forzosos de la vieja guardia y se obligó a los oficiales que continuaban la realización de un juramento de fidelidad a la república. Al mismo tiempo, se intentó democratizar la institución mediante la creación de nuevas escalas de suboficiales, con personal más joven para ampliar la base del ejército. Evidentemente, estas reformas tendrán grandes oposiciones dentro del ejército y, desde la llegada de la República, comenzarán a conspirar contra ella. El segundo foco de atención fue la reforma educativa. El objetivo era crear una educación libre y laica, con mucha menos influencia de la Iglesia. Para ello, se promovió la creación de cientos de escuelas públicas. Las fuerzas progresistas consideraban fundamental la promoción de la educación para la formación de los futuros ciudadanos. Del mismo modo, esa lucha contra la gran influencia que tenía la Iglesia en la sociedad española se tradujo en la introducción del matrimonio civil, la ley del divorcio o la secularización de cementerios. 


Sanjurjo y otros oficiales durante su juicio,
tras el fallido golpe de Estado de 1932.

La tercera línea de actuación fue la reforma agraria, principalmente enfocada a disminuir la desigual propiedad de la tierra, sobre todo en el sur, con la existencia de grandes latifundios y con un beneficio basado en la sobreexplotación del campesino jornalero. Esta desigualdad, foco de inestabilidad social, se pretendía sofocar mediante la expropiación de grandes latifundios y, posteriormente, el reparto entre los jornaleros. Para ello se creó el Instituto de la Reforma Agraria (IRA) que se ocupaba de elaborar el censo de propiedades que podían ser objeto de esa expropiación, aunque al contar con la colaboración de los alcaldes de los municipios, en ocasiones eran presionados por los grandes propietarios y el censo acababa en fraude. Esta medida, muy debatida tanto en el Congreso como en la sociedad, fue moderada en Septiembre de 1932. De este modo, a la altura de 1933 con la llegada al poder de las fuerzas conservadoras, su aplicación se paraliza y, por lo tanto, el resultado fue bastante limitado. Todo ello, acompañado de un paquete de medidas para mejorar las condiciones laborales como; la introducción de la jornada laboral de ocho horas o la configuración de jurados mixtos de patronal y trabajadores para los conflictos laborales.