lunes, 31 de octubre de 2016

Ernest Cline, Ready Player One, 2012

Ready Player One es probablemente el último gran eslabón de la larga cadena literaria de relatos de ciencia ficción y mundos distópicos. De hecho, la primera novela de Ernest Cline ha actualizado el tópico que en su día ya se trató en grandes clásicos como Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George OrwellFahrenheit 451 de Ray Bradbury o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. En este caso, el argumento de un mundo en crisis en un futuro no muy lejano, tiene la curiosidad de venir acompañado con toda una serie de elementos de la cultura popular y geek -en España se diría friki- desde finales de los años ochenta hasta el cambio de siglo. Es sabido que su autor, Ernest Cline, es uno de los mayores defensores de la cultura de los años ochenta y, es precisamente esto, lo que hace en este libro. 

Ernest Cline está orgulloso de ser propietario de uno de los pocos DeLorean que todavía circulan.

Nos encontramos en el año 2044, el mundo es un lugar triste y sombrío. El cambio climático y la crisis energética ha acelerado el proceso de las grandes diferencias sociales entre ricos y pobres. El capitalismo se ha convertido en el dueño y señor de todo. La educación, la sanidad, gobiernos enteros son controlados por el gran capital. Para la gran mayoría de la población solo hay un lugar donde desconectar de la cruda realidad, el OASIS. Una especie de sistema operativo o universo virtual creado por James Halliday. Básicamente un sosias de Steve Jobs o Bill Gates. Con la muerte de Halliday comienza el concurso por encontrar easter egg (huevo de pascua) de su creación, quién lo encuentre primero será su heredero y con ello, el próximo propietario de OASIS. De este modo, Halliday ha hecho como muchos otros programadores, dejar una firma en su creación, que a diferencia del resto, va a determinar el propio futuro de la compañía. Una vez comienza el concurso, millones de personas en todo el mundo, que ya no necesitaban mucho para animarse a conectar en OASIS, se vuelcan día y noche en la búsqueda de este particular huevo de pascua. Entre ellos se encuentra el joven Wade Watts, que si bien en la vida real es un inseguro y acobardado adolescente, en OASIS pretende ser el ganador del concurso y con ello convertirse en la persona más poderosa de la Humanidad. Pero el bien sabe que ganar el concurso no es fácil, Halliday se ocupo de esconder muy bien las pruebas y las pistas entre sus gustos personales y vivencias personales. Entre ellos, videojuegos, películas, series de televisión y música, principalmente de los años ochenta, de cuando el propio Halliday vivió.

Pero los años pasan y nadie encuentra nada respecto al huevo de pascua. Muchos piensan que en realidad es una farsa, otros se dedican en cuerpo y alma a estudiar la vida de Halliday al completo, de revisar cada segundo de su vida. Entre ellos, surge una organización de corte autoritario cuyo único fin es el de encontrar el huevo de pascua para hacerse con el control de OASIS. En este sentido, hay que aclarar que no es una organización cualquiera, poseen millones de recursos, de medios y de personal, llamados Sixers, para que su líder, Nolan Sorrento, pueda estar casi seguro de conseguir su objetivo. Pero, en medio, otros millones de personas que, individualmente o en clanes, se dedican del mismo modo a la busqueda del huevo. Estos personajes, entre los que está Parzival -Wade Watts-, son denominados Gunters.

Portada de la versión inglesa de Ready Player One.

En definitiva, y por no desvelar la trama del libro, vamos a recomendar la lectura de este libro por tres motivos. En primer lugar porque es un libro entretenido, con un lenguaje muy cercano que busca a los nuevos lectores acostumbrados al marco comunicativo de Internet. Su éxito ha sido tal, que en Hollywood ya se está preparando su adaptación al cine de la mano del propio Cline como guionista y bajo la dirección de Steven Spielberg.li En segundo lugar porque el libro es una dosis de nostalgia y de cultura popular de los años ochenta y noventa. Y por último, y seguramente la más importante, porque nos muestra muy seriamente la distopía en la que podemos convertir nuestro mundo sino cambiamos nuestros patrones de comportamiento con el medio ambiente y sino cambiamos nuestra relación con el capitalismo consumista imperante en nuestros días. 

jueves, 27 de octubre de 2016

Apuntes de historia: ¿Hay génesis del «Estado moderno» en la Baja Edad Media?

A colación con la anterior entrada donde tratamos el impacto de la dinastía de los Trastámara en la política de la península Ibérica en la Baja Edad Media, nos podemos preguntar si fueron los Reyes Católicos precursores del estado moderno y de qué manera surgieron novedades en las formas de poder hasta entonces vistas. De hecho, en su último libro sobre la gran depresión bajomedieval, Guy Bois explica como desde mediados del siglo XX, gracias a la financiación por parte del gobierno francés, comenzaron a surgir multitud de investigaciones en torno a los posibles orígenes del «Estado moderno». A este respecto, se suelen identificar una serie de aspectos o novedades a tener en cuenta, a saber; una cierta laiquización del poder, una soberanía sin límites, la pujanza de burocracias más o menos especializadas, una fiscalidad centralizada, presencia de asambleas representativas, afirmación de fronteras y en su caso, una presencia activa y agresiva en el plano internacional. Por ello, la historiografía ha volcado su interés en el periodo bajomedieval, pero el propio Guy Bois alerta de que quizá esa idea de «Estado moderno» no tuvo porqué marcar una ruptura total con el estado feudal. Más bien, podríamos decir que en la Baja Edad Media hubo un proceso de transformación gradual de las antiguas monarquías feudales surgidas a lo largo del siglo X y XI, que cada vez más estaban asociadas a una concentración de poder y al desarrollo de los medios de gobierno. Un proceso que, sin duda, se vio acelerado por la misma crisis bajomedieval que asolaba al continente europeo. Por lo tanto, no podemos hablar del «Estado moderno» como un objeto nuevo, cuando no hubo una ruptura real con el feudalismo. 


Excelente de oro acuñado en Sevilla (1504).

Conviene, por tanto, hablar de una profunda evolución que cambia la idea de un estado personal, concretado y fundado sobre la persona real, que no alcanza otras realidades más que a través de las relaciones personales con otros hombres, a otra idea de estado que reposa en la abstracción y las estructuras no personales, donde la idea del poder público tiene más relevancia y donde la administración se interpone entre el soberano y los súbditos. En este sentido, el estado administrativo territorial aparece en ese contexto del siglo XIV, aunque aún así, no podemos hablar de la transformación de un «estado territorial» en un «estado nacional». Además, como señala el propio Paulino Iradiel, la constitución política de las sociedades de los siglos XIV-XV, en el caso peninsular, estuvo caracterizada por una gran pluralidad de cuerpos, grupos y centro políticos para nada homogeneos. Por lo que no había un ordenamiento centrado sólo en la figura del monarca, sino todo tipo de formas complementarias a su poder y parte integrante además de lo que podríamos denominar como poder estatal; ciudades, señoríos, órdenes o grupos sociales. 

Por ejemplo, durante el reinado de Pedro IV en Aragón (1336-1387) la corona se convirtió en el eje del entramado político de la Corona de Aragón mediante la creación de un cuerpo de funcionarios procedentes de la nobleza. La cancillería actuaba como el centro de poder y, la hacienda ligada con esta, regida por el maestre racional. Por encima de todo, el consejo real conformado por las personas de confianza del rey. El largo reinado de Pedro IV supuso también la configuración de las fronteras económicas de los estados de la Corona de Aragón, mediante la creación del impuesto de generalidades desde 1364, cuya gestión y control dependía de las distintas diputaciones -órganos estamentales- de los reinos y condados, y además de la delimitación de un conjunto de circunscripciones territoriales que servirán como marcos administrativos, fiscales y judiciales. Como afirma José Ángel Sesma, Pedro IV vio nacer una estructura hacendística y un aparato fiscal para cada uno de sus reinos, pero los cuales quedaban fuera de su capacidad de intervención, ya que quedaba en manos de las diputaciones. La pérdida del control de la fiscalidad central, era al fin y al cabo, la pérdida de una de las bases del poder monárquico absoluto. 

Retrato de Pedro IV de Aragón (1336-1387).

Con los Trastámara, la Corona de Aragón pasará de estar constituida por tres estados con un aparato monárquico común, para convertirse en tres estados con tres estructuras monárquicas, que tienen un mismo rey. En la etapa de Alfonso V (1414-1458) la labor descentralizadora de los estados respeto a la corona continuó debido a las ausencias del monarca en sus territorios peninsulares. Por ello, aparece la figura del lugarteniente general como primera autoridad del reino frente a la ausencia del rey. En el caso del reino de Aragón, podía incluso convocar y presidir las cortes. Décadas después, la monarquía hispánica de los Reyes Católicos adoptarían el modelo institucional de la Corona de Aragón, al mantenerse los entramados propios de cada uno de los territorios que la integraban, con una clara tendencia centralizadora por parte de la doble monarquía con un predominio de Castilla. Así, cada uno de los estados de la Corona de Aragón, en lugar de compartir su rey con un continuo movimiento de la corte, se vieron obligados a prescindir de él, por lo que se crearon una serie de instituciones que lo representaban, siendo estos los últimos restos de la unión. La formula para vencer el prolongado absentismo de Fernando II (1479-1516) fue la persistencia de un lugarteniente general o un virrey como primer magistrado del estado. Esto significa que, para los estados de la Corona de Aragón, Fernando el Católico fue otro rey ausente. La reconstrucción del poder real tras los difíciles reinados de Alfonso V y Juan II llevó consigo la creación de órganos de representación del monarca y elementos transmisores de la voluntad real en las instituciones de gobierno del reino, frente a la emergencia de un claro sentimiento nacionalista entre las clases dominantes, como sucede en el caso del reino de Aragón.

Como asegura José Ángel Sesma a lo largo de varias publicaciones, la «conciencia nacional» como tal no aparece en Europa, al menos, hasta el siglo XVIII. Pero no hay duda de que en algunos territorios con delimitación espacial, en torno al siglo XIV, ya se empezaba a definir un programa capaz de diferenciar a sus habitantes de los del otro lado de la frontera. La idea del bien común y de la «res pública», manejados abiertamente por los grupos dirigentes, sirvió para resaltar más su función al frente de los diversos reinos, pero fue calando poco a poco entre el resto de la sociedad, que aspiraba a equipararse como ellos. El sentir «nacionalista» en los siglos XIV y XV, no tendrá unas manifestaciones defensivas, sino que por lo general de cohesión interior. Se excluirá lo de fuera, llamándolo extranjero, y se exaltarán las peculiaridades propias. Un ejemplo, de nuevo, lo tenemos en Aragón y en ese sentimiento que hizo surgir el ordenamiento político y la conciencia colectiva de ese antiguo estado feudal que reaccionó en los valles pirenaicos ante la llegada de los musulmanes, con el consiguiente proceso de cuatro siglos para apartar ese dominio extraño cada vez más al sur. De hecho, antes de la conquista, Aragón no existía, ni nada anunciaba su existencia. Ni cultural, ni lingüística, ni administrativamente había una identidad. En esta región oriental de la península Ibérica se iría propiciando lentamente la incorporación de nuevo espacio al dominio de un monarca y al ámbito de un nuevo sistema social, el feudalismo, distinto hasta el entonces conocido por los musulmanes. 

Fernando II de Aragón rodeado por dos emblemas del Señal Real de Aragón, frontal de un incunable de las Constituciones catalanas, 1495.

Siguiendo la propuesta de Boyd Schaffer, la plasmación de una «conciencia nacional» suele estar definida por los siguientes aspectos; existencia de un territorio perfectamente delimitado, mantenimiento de instituciones propias respetadas por todos, lengua, constumbres y religión compartidas, indiferencia u hostilidad frente a otras naciones, sentimiento de orgullo y patriotismo, convencimiento pleno de tener un pasado común y una idea de futuro para su nación. En este sentido, la mayoría de estos elementos serán adquiridos por la mayoría de los territorios europeos a lo largo del siglo XIV y XV, como respuesta y solución a la primera gran crisis del feudalismo. El engrandecimiento del Estado feudal supondrá el fortalecimiento de las monarquías nacionales en el siglo XVI con una ruptura progresiva de la soberanía piramidal y fragmentada característica del feudalismo ante la revolución fiscal derivada del desarrollo de la economía de mercado. Poder compartido, fiscalidad centralizada y guerra continua fueron los instrumentos claves del reformado estado feudal, al que se sumo una cristalización de un sentimiento común que hicieran ver que todos esos elementos eran positivos para todos aunque solo beneficiasen a los grupos dirigentes. De hecho, si volvemos de nuevo a Aragón, los propios diputados tenían plena conciencia de representar a todo el reino en sus escritos: «represientan todo el reyno, quitar todos agravios y danyos del reyno de Aragon y de regnícolas de aquel, el bien e utilidat del dicho reyno e de la cosa publica et de los vezinos e habitantes en aquel, que los fueros e libertades del dicho reyno se observen et que aquellos no sean violados ni crebantados, e guardar e defender la libertad de aqueste reyno». La identidad nacional de lo aragonés se irá reforzando con nuevas decisiones y actitudes similares. Pero esta innovación de mentalidad política es un proceso muy lento y sutil, casi imperceptible por los súbditos del reino. Poco a poco se iba introduciendo pequeñas ideas en los fueros de lo que significaba ser aragonés, al mismo tiempo que se completaba con el concepto de alteralidad, es decir, la exclusión de extranjeros o extraños. En verdad, no solo bastaba con haber nacido en el reino, o tener un padre aragonés para ser considerado como tal, pues ni judíos ni mudéjares eran considerados aragoneses. Para ser aragonés, era necesario también un factor ideológico, en este caso, el ser cristiano. Ahora bien ¿Qué completaba ese sentimiento? Para Sesma, por encima del «orgullo» de reconocerse como aragonés estaba la preocupación por conservar una memoria histórica común y el deseo de proyección hacia el futuro de esta.

En resumen, la aparición de ese sentimiento lento y su expansión, desde los grupos dirigentes al resto de la sociedad, será siempre desigual y conflictivo. La base fundamental del ideario se apoyó en una gran ruptura entre una sociedad de tradicion oral con otra escrita, como por ejemplo con la aparición de las primeras crónicas. Esto no significa, ni mucho menos, que a finales de la Edad Media todo el mundo supiera leer y escribir, sino que la gente irá adquiriendo poco a poco conciencia  del valor que tiene la escritura como instrumento de poder. La escritura funcionará como un elemento clave a la hora de perpetuar la palabra y la existencia de los estados, en el caso que hemos ido siguiendo, el de Aragón, como una comunidad histórica viva y perdurable en el futuro, sin olvidar que todo ello siempre bajo el interés de las clases dominantes de su estado feudal centralizado. 

martes, 25 de octubre de 2016

Apuntes de historia: Los Trastámara en la península Ibérica (siglos XIV-XV)

En la Corona de Castilla, durante los reinados de Juan I (1379-1390), hijo de Enrique II de Trastámara, del nieto, Enrique III (1390-1406) y, de su bisnieto, Juan II (1406-1454), se siguió buscando el establecimiento de una autoridad monárquica fuerte con la ayuda de las ciudades que pudiera compensar el gran poder que tenía la nobleza castellana. De hecho, hasta mediados del siglo XV este juego de poderes se mantuvo sin prácticamente cambios. Sin embargo, el fortalecimiento imparable de unos pocos linajes nobiliarios rompió finalmente el equilibrio. El reinado de Enrique IV (1454-1474) constituyó el punto de máximo desprestigio del poder real en Castilla. En este sentido, puede ser una buena muestra de ello la ceremonia de su destronamiento, la llamada farsa de Ávila, y la proclamación de su hermano menor, el príncipe Alfonso, como rey. Esta penosa situación se vio más agravada si cabe por la temprana muerte del príncipe y no mucho después por la del rey, dando paso a la guerra de sucesión ferozmente reñida entre los partidarios de Isabel, hermana de ambos y esposa de Fernando de Aragón, y los partidarios de Juana, apodada como «la Beltraneja», siendo la única hija y discutida del rey Enrique y que fue apoyada por Alfonso V de Portugal. 

Retrato de Enrique IV de Castilla en un manuscrito, Jörg von Ehingen (c. 1455).

La participación de Portugal en el conflicto no fue desinteresada. Desde la muerte de Juan I de Avís (1383-1433) y durante los reinados de Duarte (1433-1438), Alfonso V el Africano (1438-1481), Juan II (1481-1495) y Manuel I (1495-1521), el reino de Portugal va a experimentar una gran expansión comercial gracias a los importantes descubrimientos geográficos a lo largo del Atlántico, por lo que tener al reino de Castilla controlado podía ser muy interesante para su proyección en la península. Paralelamente a esto, desde finales del siglo XIII los sultanes nazaríes intetaron mantener un dificil equilibrio entre la potencia aplastante de los señores castellanos y la injerencia de sus aliados en el norte de África, los sultanes de Fez, en los asuntos granadinos. En los últimos años del siglo XIV comenzaron una serie de operaciones militares a pequeña escala, tanto del lado castellano como del granadino, para obtener botines de guerra tales como cosechas y rebaños, aunque las relaciones comerciales siguieron siendo excelentes. Los años del siglo XV estarán marcados en Granada por las guerras civiles y las luchas entre distintos pretendientes que acabarán por debilitar seriamente las fuerzas militares del reino y que facilitaron la conquista final del reino en época de los Reyes Católicos en 1492. 

En la Corona de Aragón, el largo reinado de Pedro IV (1336-1387) marcó un antes y un después en el poder monárquico, con el inicio de una decadencia que se agravó por la incidencia de la peste negra y la guerra con Castilla iniciada en 1356 -la guerra de los Dos Pedros-. Además, a todo ello hubo que añadirle una grave crisis en la situación financiera de la corona, cada vez más endeudada y con parte de su propio patrimonio enajenado. Los últimos años del reinado del «Ceremonioso» y de sus hijos Juan I (1387-1395) y Martín I (1395-1410) se vieron nuevamente sacudidos por las reivindicaciones de la nobleza por intervenir cada vez mas en los diversos estados feudales que componían la corona aragonesa. La situación se complico todavía más a la muerte sin descendencia de Martín I. Se abrió un periodo de interregno (1410-1412) en el que, pese a los enfrentamientos entre partidarios de uno u otro candidato al trono, las instituciones de cada reino dieron muestras de querer continuar con una monarquía como eje vertebrador de esa comunidad de estados. Tras 275 años de coexistencia y compenetración institucional, político y social, la figura del rey se consideraba menos importante que la persistencia en la unidad de la Corona. De este modo, los representantes políticos que se reunieron en el Compromiso de Caspe en 1412 eligieron a Fernando de Trastámara, en esos momentos regente de Castilla, y que sin duda era el más poderoso de todos los candidatos. 

Acta original del Compromiso de Caspe (1412).

Los hijos del nuevo Fernando I de Aragón (1412-1416), interfirieron constantemente en la política interna de Castilla por los intereses señoriales y patrimoniales que mantuvieron allí. El principal cambio que llegó de la mano de los Trastámara fue la intervención en la política fiscal mediante el nombramiento de Francés Ferriol como tesorero y principal responsable de la hacienda real. Con este nombramiento y con toda una serie de notarios y administradores locales, Fernando buscaba una rigurosa gestión centralizada para evitar la dispersión de las etapas anteriores. De este modo, la nueva casa de Trastámara buscaba un fortalecimiento del poder de la monarquía en el interior, y además, en el exterior, un nuevo impulso de expansión sobre el Mediterráneo. Alfonso V (1416-1458), hijo de Fernando, conquistó el reino de Nápoles y, de hecho, instaló allí su corte, dejando a su hermano Juan o a su esposa María de Castilla la lugartenencia y la representación en los estados peninsulares. Esta situación acabó derivando en una cierta libertad de acción de nobles y burgueses ante un rey siempre ausente. Tras su muerte, su hermano Juan II (1458-1479) intentó llevar más lejos el ejercicio de la autoridad real provocando una reacción en algunos territorios como en Cataluña (1462-1472), donde las autoridades de Barcelona intentaron forzar la separación de los condados de la Corona de Aragón. Con la ayuda de las tropas de Aragón y de Valencia, el rey logró pacificar la situación aunque no resolvió el problema, y su hijo Fermando II de Aragón además de heredar el reino también heredó ese delicado asunto.

En cuanto a Navarra, los sucesores de Carlos II (1349-1387) fueron su hijo Carlos III (1387-1425) y su nieta Blanca I. Desarrollaron un régimen político pactista, que como en otras coronas peninsulares, acabó por generar un crecimiento desmesurado de las concesiones a la nobleza y a los representantes de las ciudades. Blanca I (1425-1441) casada en primeras nupcias con Martín el Joven de Sicilia y en segundas con Juan II de Aragón, vio recrudecer los enfrentamientos entre los dos grandes bandos nobiliarios, cuando desde 1431 comenzó la pugna sucesoria entre su marido, con el respaldo de los agramonteses, y su hijo Carlos, apoyado por los beamonteses. El testamento de la reina dejó el trono a su hijo, pero rogándole que nunca tomara el título sin el consentimiento de su padre. Juan, que siempre había ejercido como rey consorte, pasó a asumir el trono como Juan II de Navarra (1441-1479) hasta su muerte, además de ser rey de Aragón desde 1458. Paralelamente, su hijo fue proclamado como Carlos IV (1441-1461), creando una situación de gran inestabilidad, más aun porque murió sin descendencia. De este modo, le sucedieron en el trono sus hermanas Blanca II (1461-1464) y Leonor (1479). La guerra civil navarra se prolongó durante bastantes años hasta que Fernando el Católico, tras varias intentonas de controlar el reino por medios políticos, interviene militarmente en 1512, incorporando Navarra a la Corona de Castilla.

Retrato idealizado de Juan II de Aragón, por Manuel Aguirre y Monsalbe (c. 1851-1854)

Para Miguel Ángel Ladero, el reinado de los Reyes Católicos va a suponer el surgimiento de una nueva época. Y si bien eso es cierto, no se puede tampoco olvidar el enraizamiento que todavía tenían las distintas realidades medievales. Isabel y Fermando fueron, seguramente, más conservadores que renovadores, con más miradas al mundo medieval que a la modernidad. Lo curioso es que ni Isabel ni Fernando, ambos hijos de sugundas nupcias, parecían destinados a reinar. En Castilla el heredero del trono era el príncipe Enrique, cuando Isabel nació del matrimonio entre Juan II e Isabel de Portugal. Del mismo modo, Fernando vino al mundo cuando Aragón ya tenía un heredero, Carlos, también sucesor del reino navarro, aunque con la muerte de este, la herencia del trono para Fernando se afirmó sin mucha dificultad. Mientras tanto, el camino de Isabel se presentaba mucho más complejo. Sobre todo, a partir de 1465, cuando sigue a su otro hermano Alfonso en una revuelta con Enrique que acaba con la proclamación del segundo como rey por parte de algunos nobles sublevados. En 1468, con la muerte de Alfonso, los nobles intentan conseguir los mismo con Isabel, pero esta reivindica solo su papel momentáneo de princesa, al menos hasta que Enrique IV viva. En Guisando (1468), Enrique IV e Isabel llegan a un acuerdo por la sucesión del trono en esta ultima, quedando fuera la hija de Enrique, Juana. Pero la cuestión no quedó zanjada, pues los distintos bandos nobiliarios todavía se mantienen en lucha, por un lado la facción liderada por Juan Pacheco, primer marqués de Villena, con el apoyo de Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, los condes de Alba y Plasencia, y también el importante linaje de los Mendoza. Así mismo, en 1469, Isabel, sin consentimiento ni permiso de Enrique IV, contrajo matrimonio con el heredero de la Corona de Aragón, Fernando, garantizándose el ejercicio de su poder y a la vez asegurando un gran apoyo para su acceso final al trono. De este modo, estalla así una lucha entre los entonces príncipes y Enrique IV, que en 1470, con el apoyo del marqués de Villena, volvía a reconocer a su hija como heredera al trono de Castilla. 

El héroe Duarte de Almeida sostiene la bandera real portuguesa en la Batalla de Toro, litografía portuguesa del siglo XIX.

La muerte del primer marqués de Villena pareció tranquilizar las cosas y esto hizo que a la muerte de Enrique IV en 1474, Isabel fuera proclamada como reina en Segovia. Diego Lopez Pacheco, que custodiaba a Juana, tardó en reaccionar, y no sería hasta un año más tarde cuando los detractores de Isabel se unieran junto con el rey de Portugal, Alfonso V, en favor de Juana. Como miembro de su familia, era su sobrina, Alfonso V se proclamó como rey de Castilla y prometió defender los derechos dinásticos como su esposo. Era pues una alternativa a la política internacional, una hipotética unión entre Castilla y Portugal en lugar de con Aragón. A pesar del apoyo francés, las victorias de Fernando de Aragón en Toro y Fuenterrabía entre marzo y junio de 1476, sumado a una intensa actividad política y de negociación por parte de Isabel, acabaron por decantar el conflicto a su favor. La muerte de Juan II de Aragón en 1479 permitió la unión de ambos reinos y se consumó finalmente con la firma de los Tratados de Alcaçovas entre Portugal y Castilla. Por los cuales, Alfonso V y Juana renunciaban a sus pretensiones al trono castellano.

Con una relativa estabilidad política interior, los llamados «Reyes Católicos» tendrán entre sus principales empresas la toma del reino musulmán de Granada (1481-1492), cuya ejecución supondrá el fin del viejo tópico de la «Reconquista» y una dosis de prestigio internacional para las figuras de Isabel y Fernando. Además, en 1492 también se decretaba la expulsión de los judíos y, del mismo modo, entre 1500-1502 se acaba con algunas revueltas mudéjares conminándolos a su bautismo forzoso, siendo ahora denominados como «moriscos». En el año 1504 la reina Isabel muere y las cortes de Toledo reconocieron como herederos del trono de Castilla a la infanta Juana, apodada «la Loca», y a su esposo el archiduque Felipe de Habsburgo, duque de Borgoña e hijo de Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio. Por medio de la concordia de Salamanca de 1505, la regencia fue compartida por Fernando el Católico y Felipe el Hermoso, pese a que paralelamente, Fernando contraía matrimonio con Germana de Foix, sobrina de Luis XII de Francia, y con la cual tuvo un hijo que de haber sobrevivido, ya que murió a las pocas horas de nacer, habría podido poner en peligro la unión de los reinos peninsulares. En 1506, Fernando renunciaba a la gobernación de Castilla y se retiró a sus territorios patrimoniales, mientras que Felipe de Habsburgo fallecía pocos meses después de ser proclamado rey. Tras ello, se impone la regencia del cardenal Jimenez de Cisneros y de nuevo, una regencia vitalicia para Fernando ante la incapacidad de su hija Juana para gobernar. A la muerte de Fernando el Católico en 1516, continuará el cardenal Cisneros como regente de Castilla, mientras que como lugarteniente en Aragón se perfilará la figura de Alonso de Aragón, hijo del propio Fernando y arzobispo de Zaragoza. La situación se mantuvo así hasta 1517 cuando llegó a la península para hacerse cargo de sus dominios Carlos I, nieto de los Reyes Católicos e hijo de Juana y Felipe de Habsburgo, quién además sería consagrado como emperador del Sacro Imperio en 1519 tras la muerte de su abuelo.

La toma de Granada (1492), por Francisco Pradilla (segunda mitad s.XIX).

Unos años, los que van entre el inicio de los reinados de los Reyes Católicos hasta la llegada de su nieto Carlos, que estuvieron marcados por una intensa política exterior. En primer lugar, podemos destacar la financiación del viaje de exploración de Cristobal Colón sobre el Atlántico y por el cual se descubre el Nuevo Mundo. En segundo lugar, en el año 1495 se formaba la llamada Liga Santa contra los turcos, compuesta por Maximiliano I, la Santa Sede, la república de Venecia y los Reyes Católicos, al mismo tiempo que Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como «el Gran Capitán», se impuso sobre las tropas de Carlos VIII de Francia en Nápoles. Paralelamente, se hacía efectivo el dominio del litoral norteafricano del Mediterráneo Occidental que se inicia con la toma de Melilla en 1497 y continuó con las conquistas de Orán (1509), Bugía (1510) y Trípoli (1511). Para concluir, queda por comentar la implantación del tribunal de la Inquisición en 1478 tras la bula creada por Sixto IV, cuya figura a destacar será su primer inquisidor general, el despiadado y cruel Tomás de Torquemada. 

domingo, 23 de octubre de 2016

Apuntes de historia: La consolidación de las monarquías feudales en la Península Ibérica

A la muerte de Sancho III el Mayor, sus posesiones fueron repartidas entre sus hijos, configurando lo que iba a ser el eje de las monarquías feudales cristianas del norte peninsular. Al primogénito, García, le dejó el título principal de rey de Pamplona. Al segundón, Fernando, le entregó Castilla, Ramiro heredó Aragón y, por último, Gonzalo recibió Sobrarbe y Ribagorza. Poco después, Ramiro acabaría heredando los territorios de su hermano tras morir sin descendencia, y por lo tanto, configurando el reino de Aragón. De hecho, a la muerte de Sancho IV de Pamplona, el hijo de Ramiro, Sancho de Aragón, tomaría el control de ambos reinos. Una situación que perdurará hasta el reinado de Alfonso I el Batallador, cuyo polémico testamento acabará con la independencia de Pamplona. Por otro lado, en los territorios orientales del cuadrante norte de la península prosiguió durante buena parte del siglo XI la hegemonía del condado de Barcelona sobre el resto de los territorios cristianos. El poderoso linaje de guerreros que inaugura Berenguer Ramón I (1017-1035) va a consolidar los usos feudales (usatges) por sus sucesores de igual nombre, Ramón Berenguer I, Ramón Berenguer II, Ramón Berenguer III y Ramón Berenguer IV.

Navarra y los territorios dependientes a la muerte de Sancho III.

En Aragón y en Pamplona, Pedro I continuará con las construcción de la monarquía feudal en consonancia con su padre y su abuelo. A lo largo de su reinado, su presencia física itinerante será la base fundamental para su ejercicio de poder público. La gran mayoría de los grandes acontecimientos debían ser supervisados y controlados en persona por el propio monarca, lo que permite el desarrollo del aparato estatal presidido por un ideal de cruzada cuyo objetivo principal será el de la conquista de la ciudad de Zaragoza. De hecho, en su intento, conquistará Huesca y su distrito entre 1094 y 1096. El reinado de su hermanastro, Alfonso I el Batallador, supondrá el asalto final contra la ciudad de Zaragoza y los principales focos taifales del valle medio del Ebro. En un principio, ante la falta de apoyo por parte de la incipiente nobleza aragonesa, el rey tuvo que conceder exenciones y privilegios ventajosos en detrimento de su propio patrimonio, a quienes le ayudasen militarmente. Así, se estimuló una nueva legislación y se creó un cuerpo militar regular para consolidar las campañas contra los musulmanes. En menos de treinta años, Alfonso I triplicó el territorio del reino de Aragón a pesar de la fuerte oposición que siempre presentaron los almorávides. El problema llegó con su muerte y la polémica en torno a su testamento, por el cual se cedían todos sus territorios a algunas órdenes militares, cuestión que entraba en un claro conflicto con los intereses de la nobleza. 

El rey de Pamplona se desvinculó de Aragón y la solución para salvar la dinastía real aragonesa vino con la coronación de Ramiro II, conocido como el Monje, como nuevo rey tras exclaustrarse. Su hija Petronila, nacida de su matrimonio con Inés de Poitou, fue desposada siendo todavía niña con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y caballero templario, éste en calidad de príncipe de Aragón. De este modo, será su sucesor Alfonso II (1162-1196) al que podemos considerar como primer monarca efectiva de la entonces recién formada Corona de Aragón, en cuyo reinado además se conquistó Teruel (1169) y se alcanzaron los 50 mil kilómetros cuadrados para el territorio aragonés y, que prácticamente supone la actual extensión de la comunidad autónoma. 

Monedas navarras de tiempos de Fernando II.

En cuanto al destino del reino de Navarra, con la muerte de Alfonso I, como ya hemos comentado anteriormente, se desvincula del reino aragonés con la proclamación por parte de la nobleza navarra de García Ramírez (1134-1150) como rey. Conocido como el rey restaurador durante su mandato no pudo expandir el territorio del reino, ya que no contaba con frontera con Al-Ándalus. Será su hijo, Sancho VI el Sabio (1150-1194) el primero en titularse como «rey de Navarra», en vez del calificativo tradicional como «rey de los Pamploneses». El objetivo era tener una mayor proyección política en el Pirineo e intentar desligarse de cualquier tipo de vasallaje con Castilla. Sin embargo, su hijo Sancho VII el Fuerte (1194-1243) acabaría perdiendo las tierras del futuro señorío de Vizcaya frente a Alfonso VIII de Castilla. La muerte sin descendencia de este, llevó a las fuerzas sociales navarras a aceptar como nuevo monarca a su sobrino Teobaldo, a partir de el cual la vinculación de los navarros con el reino de Francia se haría evidente desde el siglo XIII y, por lo tanto, apartaron a Navarra de muchos de los problemas peninsulares. No sería hasta la llegada al trono francés de los Valois (rama segundona de los Capetos) cuando Navarra ratificara su independencia y volviera a mirar hacia el territorio peninsular.

En la Corona de Aragón, Pedro II (1196-1213), atento al auxilio de sus vasallos cátaros de Languedoc, afrontó la derrota en Muret con su propia muerte ante los ejércitos de Felipe II Augusto de Francia. Con ello, se paralizaba el avance de la influencia aragonesa en el sur de Francia y también se iniciaba una nueva política de esfuerzos de expansión frente al Islam y sobre el Mediterráneo. Su hijo, Jaime I (1213-1276) dará un gran paso en este sentido con las conquistas de Mallorca (1229-1235), Valencia (1235-1245) y Murcia (1266, luego cedido a Castilla en 1296). Su vida y su obra, se pueden seguir en su autobiográfica El libro de los Hechos o Llibre dels fets, destacando la promulgación de diversos ordenamientos políticos autonomos como los fueros de Valencia (1240) o la compilación de los fueros de Aragón (1247). Su hijo, Pedro III (1276-1285) continuó con la política expansiva por el mar Mediterráneo con la reivindicación del trono de Sicilia en las llamadas «Vísperas Sicilianas» por la cual apoyó una sublevación de los habitantes de la isla contra los Anjou, acabando por asumir su corona. No obstante, esta expansión se frena con el reinado de sus hijos Alfonso III (1285-1291) y Jaime II (1291-1327) cuando se produjo la primera gran revuelta nobiliaria con la llamada Unión Aragonesa (1283-1301) y la independencia del reino de Mallorca hasta casi mediados de siglo XIV (1276-1344), manteniendo su propia dinastía de monarcas al margen de la casa real de Aragón. Así, el transito del siglo XIII al XIV fue para la Corona de Aragón un periodo de inestabilidad política en el interior, y de expansión en el exterior, pues al mismo tiempo se ocupa de manera formal Sicilia (1282), Córcega y Cerdeña (1295) o la conquista temporal de los ducados de Atenas y Neopatria (1311). Esta expansión, cada vez más, favorecía el fortalecimiento del poder monárquico frente a la nobleza, aunque esto no supusiera el final de la conflictividad entre ambos polos.

Arma ecuestre de la Corona de Aragón.

Por otro lado a la altura del siglo XI, en el cuadrante occidental de la península Ibérica, la parte cristiana sigue en crecimiento lento gracias a la decadencia del califato y su posterior desintegración en numerosos reinos de taifas. El reinado de Fernando I de Castilla y León (1035-1065) dará paso a una nueva división de sus dominios entre sus hijos: García, rey de Galicia (1065-1071); Sancho II, rey de Castilla (1065-1072), sin descendencia; y por último, Alfonso VI, rey de León y Castilla (1065-1109) que volvió a aglutinar todos los territorios bajo el dominio de su padre. Aunque la estabilidad del reino no estaba asegurada. La muerte de Sancho, primogénito de Alfonso VI en Uclés (Cuenca) en una batalla contra los almorávides precipitó el acceso al trono de su hermana Urraca. Viuda de Raimundo de Borgoña, casó en segundas nupcias con Alfonso I, rey de Aragón, y por lo tanto, ambos bisnietos de Sancho III el Mayor. Pero el problemático matrimonio terminó en 1114 con el repudio por parte de la reina en un contexto de una dura rebelión noble en Castilla y Galicia. 

Poco a poco, el equilibrio de fuerzas políticas se restableció y la coyuntura general favoreció a una situación de expansión militar en tiempos del hijo y sucesor de Urraca, Alfonso VII (1126-1157). De hecho, en el año 1135 se coronaba como emperador de todas las Españas con un avance imparable sobre el valle del río Tajo. Su testamento partió de nuevo los reinos de León y Castilla durante otros setenta años. En Castilla, habría que mencionar el reinado de Alfonso VIII, rey desde los tres años y que con su mayoría de edad conseguirá grandes beneficios para su corona, como la anexión de Álava y Guipuzcoa frente a Navarra y la decisiva victoria contra los almohades en las Navas de Tolosa. Paralelamente, los reinados de Fernando II (1157-1188) y Alfonso IX (1188-1230) en León dejaron para la posteridad la primera convocatoria de cortes que se conocen en la historia de Europa allá por el 1188.

Alfonso I en el asedio de Lisboa (1147), por Joaquim Rodrigues Braga (1840).

En el condado portucalense, Alfonso Enríquez derrotó en 1128 al ejército de su madre en la batalla de San Mamed, muy cerca de Guimaraes, adoptando en 1139 el título de rey de Portugal y por lo tanto segregrando un nuevo espacio político independiente de Castilla y León. Alfonso I (1139-1185) conquistó Lisboa a los musulmanes en 1147, mientras que su sucesor Sancho I (1185-1211) llevó a cabo la primera articulación espacial de Portugal mediante una serie de repoblaciones y fueros. Los reinados de Alfonso II (1211-1223) y Sancho II (1223 - 1248) estuvieron marcados por una lucha entre el aumento del poder real con una serie de reacciones entre el clero y la nobleza. Posteriormente, Alfonso III (1248-1279) instituyó el consejo real, aliviando así el grave conflicto civil que enfrentaba a las principales fuerzas del reino y además, se ocupo la región del Algarve musulmán poniendo fin a la «reconquista» portuguesa. 

La victoria cristiana de las Navas de Tolosa permitió a través del paso de Despeñaperros la inmediata conquista castellana de Úbeda y Baeza, y la apertura de todo el valle del Guadalquivir frente a unos almohades en retirada. Además, Fernando III (1217-1252) volvió a unir bajo su persona los tronos de Castilla y León, dirigiendo además las conquistas y repoblaciones de Extremadura y Andalucía: Badajoz (1229), Mérida (1231), Córdoba (1236), Murcia (1243), Jaén (1246) y Sevilla (1248). Su hijo, Alfonso X el Sabio (1252-1284) completó esa gran herencia territorial con la toma de Cádiz y Jerez (1260), quedando Al-Ándalus al reducido territorio del reino nazarí de Granada. Por otro lado, Alfonso X procedió al ordenamiento político castellano en merindades y adelantamientos, con la profusión de alcaldes de corte o jueces para proceder al monopolio de la ley en tan vasto territorio. Todo esto completado con la adopción de un código legal general, influido por el derecho romano, y que es conocido como «Las Partidas».  La figura de Alfonso X ha tenido una gran trascendencia para la historia medieval, pues además de su aspiración al trono del Sacro Imperio, es conocida su faceta como hombre de cultura gracias a sus Cantigas de Santa María

Grabado del siglo XI del Comentario al Apocalipsis de Beato de Liébana (siglo VIII).

El paso del siglo XIII al XIV constituye un periodo de agitación general. En Castilla-León, el reinado de Sancho IV (1284-1296) dio paso a las minorías reales de su primogénito Fernando IV (1296-1312) y de su nieto Alfonso XI (1312-1350), con el enfrentamiento entre grupos nobles, fundamentalmente los Haro y los Lara, que llegaron incluso a amenazar a la corona. Pero gracias al respaldo de la mayoría de las ciudades castellanas la situación para la corona se pudo salvar. De hecho, muchas de ellas estaban controladas por la autoridad directa del rey a través de unos funcionarios específicos: los regidores (1345) y los corregidores (1348). Muerto por la peste mientras se encaminaba a la conquista de Gibraltar, Alfonso XI dejó a su hijo Pedro I (1350-1369) un reino en situación de crisis general y que éste intentó afrontar con la convocatoria de cortes en Valladolid (1351). Aun así, los nobles exigían transformar sus dominios en señoríos jurisdiccionales y provocaron un nuevo levantamiento armado contra le rey. La represión del monarca le valió el apodo de «el Cruel», pero lo cierto es que la violencia de la nobleza tampoco se quedo corta.  Además, la llamada «guerra de los Dos Pedros», un conflicto fronterizo entre Castilla y Aragón (Pedro IV), no hizo sino que fomentar la guerra civil castellana, con un especial interés de Francia en apoyar al lider de los rebeldes, el hijo bastardo de Alfonso XI y cabecilla de la nobleza levantada en armas contra Pedro I. De este modo, el conflicto internacional de la Guerra de los Cien Años se introduce en el territorio castellano con el apoyo de Inglaterra al rey Pedro I mediante el Tratado de Londres en 1362. El asesinato en Montiel (1369) del rey legítimo a manos de su hermanastros, que fue coronado como Enrique II (1366-1367/1369-1379) abrió el cambio de dinastía, los Trastámara, y una nueva etapa en la configuración política de la península.

La batalla de Poitiers (1356) durante la Guerra de los Cien Años, por Eugene Delacroix (1830).

En cambio, en la fachada atlántica de la península, el reino de Portugal experimentó el tránsito al siglo XIV como un momento de sosiego. El reinado de Dionisio (1279-1325), segundo hijo de Alfonso III, supuso la implantación de un poder regio incontestado, con un claro dominio sobre la nobleza y el clero, sobre todo gracias a la promoción del comercio exterior que permitía el fortalecimiento de una fuerza ciudadana favorable al monarca. La situación se mantuvo así hasta mediados del siglo XIV con la disputa entre Alfonso IV (1325-1357) y su primogénito Pedro I (1357-1367) que dio paso a un enfrentamiento entre facciones. También la sucesión de Fernando I (1367-1383) trajo consigo un nuevo conflicto, en este caso con la nobleza que apoyaba a la heredera Beatriz, esposa de Juan I de Castilla, contra la burguesía mercantil que acabó por proclamar a su candidato Juan, maestre de Avís, en las cortes de Coimbra de 1384. La derrota castellana de Aljubarrota (1385) llevó al trono definitivamente a la nueva dinastía de Avís.

jueves, 6 de octubre de 2016

Apuntes de historia: De taifas, almorávides, almohades y lo que quedó del estado andalusí

El momento de máximo apogeo del califato andalusí, que coincide con el mandato del joven califa Hisham II (976-1009) y la subida al poder de Almanzor como primer ministro, fue inmediatamente seguido de una época de dificultades profundas en la cual se acabará por descomponer el poder central de Córdoba. En el corto plazo de los treinta años desde la muerte de Almanzor (1002), los gobernadores de las diferentes provincias o coras, se negaron a reconocer la autoridad califal y, de este modo, proclamándose como poderes independientes en sus respectivos territorios. Unos treinta años donde reinaron diez califas, la mayoría de ellos pagando con la vida su deseo de poder. La anarquía era tal, que llegó a darse la situación de llegar a coexistir tres califas al mismo tiempo, a saber, Al-Mahdi, Sulaiman y Hisham II.

Una situación de caos, un califato que se desmoronaba por las propias luchas internas que lo destruían en su interior. La autoridad del estado andalusí se había disuelto y los diferentes territorios se sublevaban. Los gobernadores o valíes convertían a las principales ciudades de Al-Ándalus en cabeceras de sus pequeños estados. Por este motivo recibieron por parte de los propios cronistas musulmanes el nombre de muluk al-Tawa'if, o lo que es lo mismo, reyes de taifas. De esta forma, desde el año 1031 se da por concluido oficialmente el califato y Al-Ándalus quedará dividida en una serie de pequeños dominios o reinos entre los cuales se fueron alternando situaciones de adhesión con otras de enfrentamientos. Esta situación condujo de manera irremediable a dos fenómenos importantes; por un lado la supremacía militar de los reinos cristianos del norte, y por otro, la continua necesidad de recibir apoyo militar de los imperios musulmanes de la zona del Magreb, ocasionando las invasiones de almorávides y almohades, en una situación de sumisión y dependencia absoluta. Las denominadas «primeras taifas» duraron desde 1031 hasta la llegada de los almorávides en el 1086. Unas «segundas taifas» perduraron durante la dominación de estos hasta la siguiente oleada militar procedente del Magreb en 1147, en este caso por parte de los almohades. Y, finalmente, unas «terceras taifas» perduraron en Al-Ándalus desde la derrota de los almohades en Navas de Tolosa en 1212 hasta la conquista de Granada en 1492. 


Reproducción de la mezquita de Zaragoza (siglo XI) sobre la que hoy se asienta la catedral del Salvador.

En la antigua marca superior de Al-Ándalus destacaba la taifa de Zaragoza, gobernada desde 1018 por familias árabes hispanizadas, los Banu Tuyib y los Banu Hud, y que estuvieron al mando hasta la conquista almorávide del 1010 y la definitiva conquista cristiana en 1018. Cuando Sulayman ibn Hud, rey de Zaragoza (1046-1049), repartió el reino entre sus cinco hijos fue cuando surgieron otras taifas menores en su entorno, a la vez que comenzaba la etapa de mayor hegemonía de la propia Zaragoza bajo el mandato del célebre Ahmad I al-Muqtadir (1049-1082), fundador del palacio de la Aljafería. De hecho, Zaragoza fue la única taifa junto con Sevilla que logró una expansión y un progreso considerable. Taifas como las de Lérida, Huesca, Calatayud, Tudela (Banu Qasim) o incluso Tortosa llegaron a depender en algún momento de la taifa de Zaragoza. Al sur de Zaragoza estaba Albarracín, gobernada por bereberes hispanos arabizados de la familia de los Banu Razim. Ocupaban un importante territorio, la actual provincia de Cuenca y la parte sur de Teruel. Un importante enclave pues era zona de importantes comunicaciones entre la marca superior y la marca media, también entre Zaragoza y Valencia. En sus mejores tiempos, la ciudad islámica de Albarracín debió tener unos 3.200 habitantes, por lo que no era una zona muy poblada, pero sí con un importante número de castillos y puestos defensivos que demarcaban el territorio de los Banu Razim (la Sahla). Camino hacia Valencia estaba la taifa de Alpuente, gobernada por muladíes hispanos arabizados de la familia de los Banu Qasim desde antes de 1029 hasta la conquista almorávide en 1092. 

La historia de la taifa de Valencia es más destacada. Gobernada por eslavos y amiríes hispanizados de ascendencia árabe desde 1013 hasta su conquista por el Cid en 1094. El dominio de Rodrigo Díaz de Vivar duró cinco años, hasta 1099, pasando luego el mando a manos de su esposa Jimena al menos hasta 1102 con la llegada de los almorávides. Entre los años 1065 y 1076 la taifa valenciana llegó a depender de la taifa de Toledo, gobernada en el centro de la marca media por bereberes hispanos arabizados de la familia de los Banu Du-l-Nun. La antigua capital visigoda fue un objetivo temprano de la «Reconquista» y cayó en manos de los cristianos en el año 1085, bajo el reinado de Alfonso VI, rey de Castilla y de León. Al extremo occidental de la península y en plena marca inferior, se encontraba la taifa de Badajoz que estuvo dirigida por eslavos y, especialmente, por la familia bereber de los Banu al-Aftas desde 1013 hasta la conquista almorávide de 1094. Por último, en el epicentro de la civilización andalusí destacó la taifa de Sevilla, gobernada por los Banu Abbad, árabes hispanizados, desde 1023 hasta la conquista almorávide en 1091. En esos años, Sevilla se anexionó de una forma u otra las taifas de Córdoba, Algeciras, Murcia, Carmona, Morón, Arcos y Jerez, Ronda, Huelva y Saltes, Niebla, Segura, Algarbe y Silves. Solo quedaron fuera de su esfera de influencia las taifas de Granada (Banu Zirí, bereberes), Málaga (Banu Hammud, árabes berberizados) y Almería (eslavos).


Mapa de los reinos de taifas a mediados del siglo XI.

En época de las taifas el gran dominio del Islam se había dividido en dos grandes espacios, Oriente y Occidente. El califato abbasí de Bagdad y el califato fatimí de El Cairo eran hegemónicos en el Islam oriental, mientras que el occidental se repartía entre Al-Ándalus y el Magreb. El continuo avance de la frontera cristiana durante el siglo XI alarmó a los reyes de taifas que se veían impotentes para detenerlo al no contar con fuerzas militares suficientes. La pérdida de la ciudad de Coria hacia 1078 indujo aisladamente al rey de Badajoz a pedir ayuda militar a los almorávides. También lo había hecho el rey de Sevilla, aunque sin contestación concreta por parte de estos. Fue la caída de Toledo en manos cristianas lo que animó a varios de los reyes de taifas a solicitar una ayuda, ahora de manera conjunta, a los almorávides. 

Los almorávides (al-murabitum, los consagrados de Dios) eran de la tribu berberisca de Lamtuna, familia de los Sinhaya, sitiada al sur del Atlas en Marruecos. Propagando la más estricta ortodoxia musulmana se lanzaron desde 1042 a la conquista de todo Marruecos desde Senegal a la mitad de Argelia, fundando bajo la dependencia religiosa del califa abbasí de Bagdad un gran imperio con capital en Marrakex. Tras aceptar la solicitud de ayuda de las taifas andalusíes, su emir Yusuf ben Tasfín pasó a la península con sus tropas derrotando a las tropas de Alfonso VI en la batalla de Zalaca (1086), cerca de Badajoz. Cuatro años después, los almorávides regresaron de nuevo, pero esta vez con un objetivo bien distinto. Su intención era la de destituir, matar o deportar a los reyes de las diferentes taifas para unificar Al-Ándalus, y una vez unificado, anexionarlo al gran imperio almorávide del norte de África. 

Su gobierno fue irregular, ya que pocos años después de la conquista de Al-Ándalus, los almorávides tuvieron que estar preocupados de sofocar en Marruecos la sublevación de los almohades. Incluso en el propio Al-Ándalus, en la región de al-Garbe, apoyándose en el apoyo de los almohades, sin pensar en lo que esto conllevaría, la secta de los muridín (los adeptos) promovía la rebelión frente a los almorávides desde presupuestos fanáticos sufíes. De este modo, desde 1121 una nueva tribu bereber del sur de Marruecos, los Masmuda, exaltada por las predicaciones de Muhammad ben Tumart, el Guiado, se sublevó contra los almorávides consiguiendo en una veintena de años la conquista de su capital. Marrakex. Esta nueva secta, los almohades (al-muwahhidum, los unitarios), intransigentes en la fe y obsesionados por reformar las instituciones y las costumbres islámicas, conquistaron gran parte de Al-Ándalus, Túnez , construyendo el mayor imperio musulmán en Occidente, nunca dependiente de los califas de Oriente. 


La batalla de Navas de Tolosa por Francisco de Paula Van Halen (1864).

Desde 1147 su intervención en Al-Ándalus contra los almorávides acabó por establecer una anexión directa del territorio. De hecho, el califato almohade se mantuvo bajo los gobiernos de Abu Yaqub Yusuf (1163-1184) y Abu Yusuf Yaqub (1184-1199). La victoria más importante de los almohades frente a los cristianos fue en la batalla de Alarcos, muy cerca de Ciudad Real, en la cual derrotaron a los ejércitos de Alfonso VIII de Castilla en 1195). Años de relativo esplendor que tienen su eco en una de las construcciones arquitectónicas más significativas de la ciudad de Sevilla, la Giralda, un minarete de la gran mezquita de la ciudad. Seguramente, una de las principales causas de la desintegración del imperio de los almohades fue su extensión, puesto que obligo a estos a dispersar las fuerzas del estado en un gran espacio. Al mismo tiempo que Túnez conseguía desvincularse de los almohades, los cristianos presionaban en la frontera de Al-Ándalus consiguiendo una de sus mayores victorias en la batalla de Navas de Tolosa en 1212. Los ejércitos almohades no pudieron hacer frente a una coalición formada por los ejércitos de los reyes de Castilla, Navarra y Aragón, apoyados por caballeros cruzados enviados por el papa Inocencio III.

¿Qué pasó con Al-Ándalus tras la debacle almohade? Lo cierto es que Navas de Tolosa marcó un antes y un después en la historia de los musulmanes en la península Ibérica. Muchas gentes mudéjares vivieron bajo los territorios cristianos, en relativa calma, al menos hasta varios siglos después. Pero solo sobrevivió un único espacio político independiente, que fue el del reino de Granada. Una taifa que había nacido oficialmente como consecuencia de un tratado (1246) en el que Fernando III de Castilla reconocía la autonomía política de Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr, por haberse alzado contra los almohades, a cambio de algunas concesiones territoriales y rendir vasallaje a Castilla con el pago de un tributo anual. El reino nazarí de Granada, la última taifa de Al-Ándalus, solo pudo sobrevivir como un vasallo de los cristianos, en buena medida por el interés de estos de mantener el comercio de la seda y el azúcar con Oriente. 

miércoles, 5 de octubre de 2016

Apuntes de historia: Los territorios cristianos del norte de la península Ibérica (711-1035)

En torno al año 720 prácticamente toda la península Ibérica estaba sometida al Islam, aunque muchas zonas sin una ocupación efectiva. A este respecto, el origen de lo que se ha denominado como «Reconquista» surgió más bien de una insurrección montañesa de tipo tribal, que de una resistencia organizada de la aristocracia visigoda. Pequeñas bandas de cristianos se formaron en las montañas del norte peninsular -macizo cantábrico y altos valles pirenaicos- y, fundamentalmente, solo luchaban por su propia supervivencia. Un ejemplo son los astures, que dirigidos por un jefe electo de nombre Pelayo, sobrevivieron a los musulmanes en el 722, cerca de la cueva de Covadonga. Muchos de estos grupos, lograron sobrevivir e incluso progresar, no tanto por su propia fuerza, sino por el desinterés de los musulmanes.

Al menos hasta el siglo XI la hoy mal llamada «Reconquista» no tuvo ninguna motivación de carácter religioso. Día a día y dependiendo de las circunstancias, los primeros soberanos cristianos dirigían sus fuerzas tanto contra los musulmanes como contra los otros gobernantes cristianos. En este sentido, la conquista tuvo un carácter esencialmente campesino, puesto que fue la superpoblación de las montañas la que derivó en la búsqueda de tierras cultivables y llanuras en el sur. Las escasas y pobres operaciones militares solo tenían como objetivo el de apoyar la colonización agraria. Fue un poco después, en el ambiente intelectual de la corte de Alfonso III de Asturias (866-910), cuando se exageró de manera intencionada aquel movimiento insurrecional espontáneo y popular de Covadonga, para convertirlo en el origen de un verdadero mito. Las crónicas asturianas de la época, cuya autoría se atribuye al propio monarca con la revisión de algún clérigo, narran la historia del nacimiento del reino de Asturias como una continuación de la tradición del desaparecido reino visigodo de Toledo. Escrito en latín, este texto supone la revitalización del pasado godo en la monarquía asturiana que, desde finales del siglo IX, convirtió a Covadonga en el origen mítico del concepto de reconquista como ideal político-religioso de gran importancia. 

La imagen de Pelayo, entre la historia y la leyenda.

Por otro lado, la colección de tradiciones (Ajbar Machmua) que recoge una crónica musulmana anónima del siglo XI, ya tres siglos después de los sucesos de Covadonga, ofrece una visión muy distinta de lo que ocurrió. Relata que una vez que los musulmanes habían conquistado todo el norte del país, solo quedaba por dominar un pequeño valle donde se habían refugiado unos 300 hombres con un rey llamado Belay (Pelayo). Se les combatió día y noche y su número fue disminuyendo hasta quedar 30 hombres y una decena de mujeres, Allí, encastillados, permanecieron alimentándose de la miel de las colmenas y, ante la imposibilidad por parte de los musulmanes de acceder a ellos, acabaron por dejarlos en paz pensando en qué problema podían suponer un puñado de cristianos encerrados en un valle. Sin embargo, concluye la crónica musulmana, terminaron por suponer un asunto grave con el paso de los años. Así pues, parecer ser que los musulmanes permitieron que en esos lugares abruptos sobreviviesen ciertos focos de resistencia al Islam.

Sea como fuere, la historia del reino de Asturias se inaugura con Pelayo (718-737) y su hijo Favila (737-739). Durante el siglo VIII era una pequeña corte cristiana itinerante hasta que a finales de dicha centuria, con el reinado de Alfonso II, se instale en Oviedo. Todos los monarcas que sucedieron a Pelayo y Favila eran miembros de la misma familia. Alfonso I (739-757) era cuñado de Favila y su sucesor, Fruela I (757-768) hijo del primero. A este, le siguió en el trono su primo segundo Aurelio (768-774). Su heredero fue su cuñado Silo (774-783) casado con Adosinda. Solo el monarca Mauregato (783-789) no tuvo parentesco inmediato con la familia de Pelayo. De todos modos, su sustituto, Vermudo I (789-791) era hermano del rey Aurelio antes citado, por lo que volvía al linaje de Pelayo, que se consolidaba con el reinado de Alfonso II (791-842) ya que era nieto de Alfonso I. Completaron el siglo IX, Ramiro I (842-850), Ordoño I (850-866) y el famoso Alfonso III (866-910) que trasladó la corte a León y promovió el nacimiento de la monarquía astur-leonesa con la promoción de repoblaciones cristianas en Compostela (854) y León (856), así como con una gran expansión sobre la cuenca del Duero y Galicia (Oporto, Orense, Coimbra, Burgos y Zamora). Durante el siglo X, los hijos y descendientes de Alfonso III serán reyes de León y sus expediciones militares y repoblaciones llegaran hasta Salamanca, Ávila y Segovia. Paralelamente, entre las tierras de León y Pamplona, había surgido el condado de Castilla bajo el nombre de una primera figura histórica llamado Rodrigo, que ostentaba dicho título. Aunque no será hasta mediados del siglo XI cuando Fernando I (1035-1065) ostente al mismo tiempo los títulos de rey de León y de Castilla, gracias a su matrimonio con Sancha, hija de Alfonso V de León (999-1028).

La península Ibérica en tiempos de Alfonso III de Asturias.

Al mismo tiempo, en la parte oriental de la península, en los Pirineos, la situación contaba con la poderosa influencia que desde el otro lado de las montañas ejercieron el reino de los francos y el Imperio Carolingio. No hay que olvidar que en el 732, el abuelo de Carlomagno, Carlos Martel, había vencido a los musulmanes en Poitiers, aunque algunos autores aseguran que esa derrota no fue determinante para que estos perdieran el interés de ir más allá. Lo cierto es que el dominio franco en la Narbonense y Aquitania se produjo desde tiempos de Pipino el Breve (759), padre de Carlomagno, y que además, el propio emperador dirigió un ataque fallido sobre la ciudad de Zaragoza en el 778, como narra el conocido Cantar del Roldán, escrito un tiempo después, en el siglo XII en un dialecto del antiguo francés. Los sucesivos monarcas francos organizaron la llamada «Marca Hispánica» como una verdadera frontera contra los musulmanes. Una expresión que venía recogida en los Anales francos entre los años 821 y 850 que designaban un espacio meramente geográfico con una serie de condados independientes que pasaron a estar bajo la influencia del Imperio Carolingio.

El origen de esta nueva situación surge de las conquistas francas de Gerona (785) y Barcelona (801), y del dominio que hacia principios del siglo IX ejercían los condes de Toulouse sobre la Jacetania, Sobrearbe, Ribargorza y Pallars. Los cinco condados catalanes: Barcelona, Gerona, Ampurias, Rosellón y Urgel-Cerdaña comenzaron a partir de ese momento una serie de alianzas matrimoniales y continuos trasvases de títulos que acabaron con la progresiva hegemonía del condado de Barcelona sobre el resto, tal y como recoge la Gesta Comitum Barchinonensium (siglo XII), desde el mandato de Wifredo el Velloso (870-897). Sus sucesores, bajo la fidelidad sobre el rey franco, fueron configurando un verdadero proyecto político para el condado aprovechando la ventajosa posición geográfica del territorio. A finales del siglo X, se rechaza incluso una incursión de Almanzor sobre Barcelona (985) y se aprovecha la situación de flaqueza que vive el viejo reino de los francos tras la sustitución de la dinastía carolingia por la Capeta. 

La muerte de Roldán según un manuscrito ilustrado, c. 1455–1460.

Con la crisis del califato de Córdoba a principios del siglo XI la situación se hizo más favorable si cabe para el conde barcelonés Ramón Borrell, el cual junto a su hermano el conde Ermengol I de Urgel, llegó a atacar Córdoba en el año 1010 que sirvió para obtener un importante motín de oro, luego transformado en monedas (mancusos). Al mismo tiempo, se prestaba atención a las estrategias matrimoniales para ayudar a consolidar el poder condal, como por ejemplo con el matrimonio entre Berenguer Ramón (1017-1035), hijo del conde de Barcelona, con Sancha, hija del conde de Castilla (1016). Este, frente a las luchas internas que comenzaron a desarrollarse en los condados catalanes, acabó acogiéndose bajo la protección de su cuñado Sancho III el Mayor, rey de Pamplona. 

Y es que, hablar del rey Sancho el Mayor nos conduce a tratar los acontecimientos referentes al origen del reino de Pamplona. Este reino surgió a finales del siglo VIII sobre una sede episcopal conocida al menos desde el 589. Fruto de la confluencia de dos etnias con distinto grado de romanización y cristianismo. Por un lado, en la parte más occidental, estaban los baskunis o vascones, con una importante fuerza como bandas armadas, entre ellos destacó la familia de Iñigo Arista. En la parte oriental, desde Leire al río Aragón, se localizaban los glaskiyum o gascones, bajo el liderazgo de la familia Velasco, más romanizados e influidos por la cultura carolingia. Desde el siglo IX se hizo evidente la lucha por el control de Pamplona entre ambas etnias. Hacia el 820, los Arista (familia Íñiga) controlaban la ciudad con el apoyo de los Banu Qasi del valle del Ebro, pero la ruptura con estos les obligo a realizar una política matrimonial sobre el reino de Asturias. Al mismo tiempo, un rico propietario llamado Aznar Galíndez utilizada el título de conde de Aragón, en el espacio que ocupaba el valle de Echo, las montañas de Jaca y las repoblaciones de las tierras próximas del río Gállego. Un espacio con cierta autonomía respecto al poder central de Pamplona y que no se incorpora al reino hasta el matrimonio de la condesa Andregoto con García I en el 922. 

De este modo, serán unos parientes lejanos de los Arista los que acabaron por asumir la sucesión del trono de Pamplona con Sancho I (905-925), el citado García I (925-970), Sancho II (970-994) y García III (994-1004). Era la nueva dinastía Jimena, más cristianizada que los Arista y con una jerarquización profunda que sobrepasaba las estructuras tribales. Durante estos años, avanzarán sobre las tierras de La Rioja y con el reinado de Sancho III el Mayor (1004-1035) se llegará a un momento de la hegemonía de Pamplona sobre todo el norte peninsular, gracias a las estrategias matrimoniales con otras familias poderosas y a un importante ejercicio de la violencia. Sancho el Mayor pretendió reorganizar y consolidar todos los territorios que acabaron bajo su control a principios del siglo XI por diversas circunstancias familiares y políticas. Casado con una de las hijas del conde de Castilla, asumió el control de este en el año 1029. Del mismo modo, había casado a su hermana Urraca con el rey Alfonso V de León, quién al fallecer dejo a su hermano menor de edad Vermudo III bajo la tutela de Sancho. Como vemos, las estrategias políticas desarrolladas a través del parentesco fueron fundamentales para esa hegemonía en la península cristiana. A su muerte, todos los territorios que estaban bajo su influencia fueron repartidos entre sus hijos, sentando las bases de las que serán las principales monarquías hispánicas del futuro.

La península Ibérica y los dominios de Sancho III el Mayor.


Desde el siglo VIII el marco institucional con el que se articularon los territorios surgidos por el avance de la reconquista fue el reino, la forma típica de estado en el mundo hispano-cristiano occidental. Pero, a diferencia de la monarquía goda, legalmente electiva, el poder regio en el reino astur-leonés se conservó en la misma familia de manera hereditaria. De este modo, ni el reino de Asturias fue el continuador de los visigodos, ni Pelayo fue el sucesor de Rodrigo. Los primeros astures eligieron a sus líderes en medio de las luchas internas de poder y la propia presión de los sarracenos. Durante un tiempo, de manera amigable o violenta, se repartieron el poder y los territorios, pero a partir de la elección de Vermudo II en el 982 la monarquía hereditaria se acabó por imponer de manera definitiva. 

La sociedad de estos grupos cristianos del norte de España en el siglo VIII, principalmente centrándonos en Asturias, eran de tipo gentilicio que debía la cohesión social a las relaciones de parentesco en las que las mujeres ocupaban un lugar destacado en la transmisión del poder, aunque no lo pudieran ejercer. Sin embargo, poco a poco se fue sustituyendo ese tipo de sucesión matrilineal indirecto por una de tipo patrilineal. La monarquía, por ejemplo, reproducía esto de manera consolidada ya en el siglo XI con la sucesión y transmisión del poder real y del trono exclusivamente de padres a hijos, salvo contadas excepciones. Desde el siglo VIII, con el inicio de las repoblaciones (populatio), se inicia un nuevo control y ejercicio del poder real en base a la jurisdicción y la justicia. La corte real era una institución generalmente itinerante, pudiendo estar el rey en un lugar o en otro de sus dominios. El territorio solía estar dividido en pequeñas unidades o distritos que coincidían con accidentes naturales como valles o pequeñas regiones naturales, contando en muchos casos con fortificaciones defensivas. Estas circunscripciones no se parecían en absoluto con las antiguas divisiones territoriales de época visigoda. Generalmente, al frente de estos nuevos compartimentos de poder se hallaban grandes propietarios locales, guerreros o clérigos. Por ejemplo, la Castilla de los siglos XI y XII contó con una media de 140 divisiones territoriales. Estamos, pues, ante unas formas de poder características de una sociedad en proceso de feudalización, donde la administración de la justicia, el ejercicio del poder por el rey o sus fieles en cada distrito, será el fundamento. La misma hacienda regia se sostenía gracias a la propiedad de las tierras, las rentas sobre su producción y el ejercicio de la justicia.

Santa María del Naranco, una muestra de la arquitectura prerrománica del siglo IX.

Por comparar, la situación en la parte oriental era muy similar salvo por la salvedad de que la repoblación de es bastante más tardía. Frente al Islam, la sociedad pirenaica mantuvo su organización articulada en pequeños grupos aislados por los distintos valles. Con un sustrato prerromano incluso, se trataba de una organización social donde las distintas familias trabajaban una serie de parcelas de tierra y un ganado en un marco de propiedad comunal, sin estar sometidos a ningún ordenamiento político superior más allá de su propio ámbito local y vecinal. A finales del siglo VIII, fuentes musulmanas describen la existencia de fortificaciones realizadas por las gentes del Pirineo para protegerse de las incursiones sarracenas, y será estos inicios autodefensivos los que lleven al desarrollo de una idea de la propiedad privada más avanzada. Con esto, se inicia un proceso de desigualdad social y, por lo tanto, la aparición de grupos de parentesco al mando de jefaturas que, en teoría, representaban los interés de la comunidad, por lo que se apropiaron de parte de la producción a cambio de ejercer una función guerrera en la sociedad. Estos grupos de parentesco los podemos ver representados en las Genealogías de Roda, un códice escrito en el siglo X donde se describen los principales linajes fundadores del reino de Pamplona y del condado de Aragón. 

La «Marca Hispánica» a principios del siglo IX. 

Conforme más nos acercamos a la parte nororiental de la península, podemos observar cada vez más la presencia de la influencia carolingia en la formación de estos territorios. De hecho, desde inicios del siglo IX muchos de estos territorios se vieron tutelados y sometidos al Imperio Carolingio convirtiéndose en una frontera efectiva frente a los musulmanes. En este sentido, grupos familiares indígenas, gracias a un estado continuo de guerra, conseguían promocionar socialmente para imponer sus jefaturas sobre el resto de la población. Del mismo modo, gracias a una hábil estrategia matrimonial conseguían en forma de dotes y tierras la hegemonía, generación tras generación, de unas familias sobre otras, poniendo como ejemplo la mayoría de condados que se forman en la actual región que ocupa Cataluña. 

Así, el proceso político puesto en marcha es común a todos los territorios cristianos del norte peninsular. Por todas partes, unos determinados grupos aristocráticos, de ascendencia diversa, logran una promoción política y fomentan redes de relaciones de fidelidad en aras de consolidar la hegemonía de sus descendientes futuros. La colonización del sueño agrario será el síntoma más evidente de esa nueva organización del espacio, al mismo tiempo que se diseña una nueva organización eclesiástica. De hecho, para asegurar y conservar la autoridad pública, se recurre directamente a la invocación religiosa como sucede, por ejemplo, con Borrell II de Barcelona en 988, «duque y marqués por la gracia de Dios». Verdaderas dinastías condales y reales se relacionaron entre sí, sentando las bases del régimen feudal en la península Ibérica a lo largo del siglo XI.