martes, 12 de enero de 2016

Historias de la historia: Asmáticos

No me suelen gustar las visiones deterministas de la historia, pero sí que creo, porque yo mismo lo he padecido, que tener asma te cambia la vida de una forma o de otra. De hecho, son muchos los estudios que han intentado demostrar la relación entre esta enfermedad y el desarrollo de la personalidad del individuo, aunque los resultados no han sido del todo concluyentes. No son concluyentes, porque es una enfermedad muy variable, tanto en sus formas, como en el porcentaje de población en la que se presenta. Pero, lo que sí es cierto, es que a diferencia de otras cuestiones que la medicina moderna no ha podido todavía resolver, el asma es hoy en día una enfermedad relativamente controlada gracias a los potentes medicamentos que dilatan las vías respiratorias y te hacen olvidar esas duras bocanadas de aire torcido.


Pero como digo, antes del desarrollo de la medicina moderna en el siglo XX, los únicos medios para tratar las crisis respiratorias estaban en la cultura popular y la medicina tradicional. Imagino que debían ser muy duras esas largas noches de episodios asmáticos sin un Ventolin o un Turbohaler bajo el brazo. Tanto que seguramente marcaron la personalidad y la vida de las personas que padecieron esta enfermedad en el pasado. Así, en esta entrada, siguiendo la filosofía de esta sección de buscar lo anecdótico de la historia, quiero hacer un homenaje a algunas personas que sufrieron asma y que de un modo u otro acabó por determinar su vida.

Aphex Twin, Ventolin, 1995.


Y sin duda, dentro de todos los grandes y célebres asmáticos de la historia el que se lleva la palma es Marcel Proust, ya que muchos expertos han encontrado entre las líneas de su célebre En busca del tiempo perdido, las experiencias de un autor que buscó desesperadamente una solución para su profundo asma. Tomó dosis desmedidas de café, fumó tabaco y marihuana, se bebió hasta el agua de los maceteros, ya que su médico le recomendó la ingesta grande de alcohol para mitigar sus interminables aspiraciones. Pero sorprendentemente, ninguna de estas cosas funcionó, aunque sí que podemos decir que al menos vivió su vida al máximo y acabó escribiendo una de las obras más importantes de la literatura contemporánea occidental.


Jacques-Emile Blanche, Retrato de Marcel Proust, 1892. Óleo sobre lienzo, Musée d'Orsay.

Otro de los grandes asmáticos que ha dejado la historia fue, el también escritor, Charles Dickens. De nuevo otro personaje que recurrió a las drogas, como bien recomendaban los médicos del momento, para acabar con su rebelde respiración, ya que fumaba opio de manera habitual. Así que nunca sabremos si fue el asma, el opio o su talento natural el que hizo que Dickens se convirtiera en uno de los escritores ingleses con más renombre, donde incluso en una de sus obras más importantes, David Copperfield, introdujo a un personaje asmático como él, Mister Omer.


Retrato de Charles Dickens. Getty Images®‎

Más atrás en el tiempo, en el grandioso Imperio Romano, otros asmáticos supieron sobrevivir y también morir con dicha enfermedad. Cuentan que Séneca, sí, el famoso filósofo, político y orador, tuvo siempre una salud enfermiza debido al asma crónico que arrastraba desde su nacimiento. De hecho, tras su caída en desgracia durante el mandato del emperador Nerón, esté, ante su inminente pena de muerte prefirió suicidarse. Primero se cortó las venas, no funcionó. Segundo tomó cicuta, no funcionó. Finalmente, optó por recurrir a su punto más débil, el asma, así que ordenó que lo introdujeran en baño caliente donde el propio vapor lo terminó por asfixiar.

Manuel Domínguez Sánchez, La muerte de Séneca, 1871. Óleo sobre lienzo, Museo del Prado.

Otro final casi predestinado por el asma lo tuvo el bueno de Plinio el Viejo. Este primitivo naturalista, intrépido donde los hubo, se dedicó a recoger el conocimiento universal de la civilización en una serie de libros que se denominaron como Naturalis historia. Pues bien, en una de sus excursiones, la tradicional y clásica visita al volcán de turno que entra en erupción, su asma lo llevó a la tumba, porque al atrevido Plinio no se le ocurrió otra cosa que navegar sobre las costas del Vesubio en plena erupción para tomar nota de lo que allí estaba ocurriendo. Tras la odisea, cuentan que Plinio se retiró a casa de unos amigos en Estabias, donde los tremendos pitos de su respiración asmática empezaron a resonar junto con las explosiones del volcán. Esa misma madrugada, Plinio el Viejo se desplomó y nunca más se volvió a despertar.

Jakob Philipp Hackert, Porto e Golfo di Napoli col Vesuvio, 1771.

Pero, a pesar de lo fastidiosa que podía llegar a ser esta enfermedad en tiempos pasados, no solo trajo muerte a aquellos que la padecieron, sino que en otras ocasiones también fue un factor importante para desarrollarse como personas. Un ejemplo de ello es Antonio Vivaldi, el famoso compositor que vivió a caballo del siglo XVII y siglo XVIII. Es así, que Vivaldi no iba para músico, de hecho se había formado en el seminario y su vida estaba orientada hacia su labor como sacerdote -lo apodaron il prete rosso, el cura rojo-. Pero realmente la pasión de Vivaldi no era la religión sino la música, por lo que aludió a su incapacidad de celebrar misas por su asma crónico. Así, Vivaldi se pudo entregar en cuerpo y alma a la música, creando algunas de las obras musicales más famosas de todos los tiempos, como por ejemplo Le quattro stagioni. Y hasta aquí, una breve historia del asma que, como la de otras cuestiones, no ha sido un determinante para la historia de la Humanidad, pero como hemos visto sí para algunas de las personas que lo padecieron.

Anónimo, Retrato de Vivaldi, siglo XVIII. Museo internazionale e biblioteca della musica di Bologna.


BIBLIOGRAFÍA

Gianfranco Formichetti (2006). Venezia e il prete col violino. Vita di Antonio Vivaldi.  Milano, Bompiani.

Mark Jackson (2009). Asthma. The Biography. Oxford University Press.

Francisco Marco Simón, Francisco Pina Polo y José Remesal Rodríguez (eds.) (2009). Formae Mortis: el tránsito de la vida a la muerte en las sociedades antiguas. Barcelona: Publicacions de la Universitat de Barcelona.

Giuseppe Scaraffia (1992). Marcel Proust. Pordenone, Edizioni Studio Tesi.