viernes, 27 de noviembre de 2015

Apuntes de historia: Iglesia de San Antonio de Padua, il Sacrario Militare Italiano

Desde la irrupción del concepto memoria en la historiografía -a veces mal llamada memoria histórica, ya que aquí preferimos el de memoria colectiva- su aplicación ha ocasionado no pocos problemas a la hora de afrontar los acontecimientos del pasado. Más, cuando la crisis de la historia ha ocasionado la ruptura de los grandes metarrelatos y sobre todo del olvido de la erudición y la crítica como herramientas fundamentales para crear conocimiento histórico. En este sentido, podemos decir que estamos olvidando la historia, cómo se trabaja y olvidando también los espacios donde estudiarla. La palabra memoria, en cambio, recobra fuerza, y esto para los historiadores no debe ser tomado como una amenaza sino como una oportunidad. A pesar de los peligros de la memoria, los espacios de memoria ayudan a las personas a establecer una conexión con su pasado, a reflexionar lo que nuestra civilización ha hecho hasta este momento, precisamente en un momento donde la sociedad, las nuevas tecnologías y nuestros estilos de vida, se han despreocupado por hacer recopilación y reflexión de lo que hacemos. De hecho, en muchas ocasiones estamos rodeados de espacios llenos de esa memoria que ignoramos completamente. 

Hoy, queremos centrarnos en la Iglesia de San Antonio de Padua (Zaragoza), uno de esos espacios de memoria casi olvidada. Para ello, tenemos que remontarnos al año 1936, cuando estalla la Guerra Civil española tras el fracaso del golpe de Estado del general Francisco Franco. Un fracaso ocasionado por la fuerte oposición social y de algunas facciones del ejército que hicieron que un conflicto que se podía haber resuelto en unos días se elevara a la categoría de contienda hasta 1939. El bando sublevado, que pronto se hicieron llamar los nacionales, estaba formado por buena parte del ejército, monárquicos, y todos aquellos contrarios a las políticas reformistas de la Segunda República. Un bando, que teniendo en cuenta el contexto europeo en el que se desarrolla, no es de extrañar que de manera temprana tuviera los apoyos de los gobiernos de la Italia fascista y la Alemania nazi. Por otro lado, dentro de las fuerzas republicanas estarían aquellos dispuestos a continuar con la legalidad política de la República -no olvidemos que la II República es el único régimen establecido en España por las urnas, de manera democrática- y algunos miles de voluntarios internacionales englobados en las brigadas internacionales tanto anarquistas como comunistas, debido a la vuelta de espalda de las potencias democráticas occidentales, en ese momento comprometidas con la política de apaciguamiento con Hitler y la no intervención.


Agustí Centelles, Luchando tras una barricada de caballos muertos (Barcelona, 1936)

Como decimos, la participación de la Italia de Mussolini fue temprana, los primeros contingentes llegaron entre finales de 1936 y principios de 1937. Benito Mussolini obsesionado por la idea de recrear las grandes hazañas del Imperio Romano, soñaba con extender el fascismo en todas las costas del Mar Mediterraneo. La guerra civil española no era sino otra de sus participaciones en guerras en el exterior para hacer más grande su nombre, Abisinia, España, Albania... la participación en la Segunda Guerra Mundial fue el principio del fin de todo esto. Cerca de 80 mil italianos vinieron a combatir al lado de las tropas franquistas, de estos, muchos murieron aquí. Después de la primera victoria y entrada triunfal en Málaga, llego la derrota en Guadalajara, donde los muertos ya se contaban por miles y empezó a ser necesario la construcción de cementerios militares para reunir sus cuerpos. Algunos de estos cementerios fueron más o menos corrientes, construidos de forma eventual, pero otros siguieron una tradición ya iniciada en la Primera Guerra Mundial, sobre todo, a partir de las tumbas al soldado desconocido.

En Italia, esa tradición fue usada por el fascismo italiano como un icono más de la llamada vittoria mutilata, es decir, el maltrato que las potencias habían hecho a Italia a pesar de su aportación a la victoria sobre los Imperios centrales. De hecho, como hemos hablado en alguna que otra ocasión, sin Primera Guerra Mundial, es imposible entender la aparición del fascismo en Italia. Así, estos cementerios van a ser construidos prácticamente 20 años después de la contienda por el Estado fascista para hacer suya la memoria de los caídos y de los excombatientes de la Primera Guerra Mundial principalmente para su uso propagandístico. 


Sacrario militare di Redipugli (Friuli Venezia Giulia, Italia)

Serán construcciones al más puro estilo de la arquitectura fascista, el movimiento moderno internacional al servicio del racionalismo italiano. Grandes estructuras monumentales, generalmente construidas en piedra, que en teoría tenían que servir como una guía para las generaciones venideras. Cementerios como el sacrario militare di Redipugli (1938) son un buen ejemplo de ello. Situado en la región más oriental de la región de Friuli-Venezia Giulia, junto a la disputada frontera con Eslovenia -en aquellos momentos, Yugoslavia-, el monumento consiste en una enorme escalinata que recoge los nombres de unos 100 mil soldados italianos caídos en la Primera Guerra Mundial que están presididos por la tumba del II duque de Aosta, Manuel Filiberto de Saboya-Aosta, por su condición de comandante de la Tercera Armada Italiana durante la Primera Guerra Mundial y un guiño a la monarquía italiana. Cosas de la historia, Manuel Filiberto ostentó el título de Príncipe de Asturias entre 1871 y 1873, ya que fue el primogénito de Amadeo I de Saboya.


Sacrario militare del monte Grappa (Veneto, Italia)

Otro ejemplo de estos cementerios monumentales es el sacrario militare del monte Grappa (1932-1935). Un conjunto espectacular no solo por su arquitectura sino por la elección de su localización, ya que se encuentra en uno de los laterales del monte Grappa, dentro de los Prealpes Vénetos. Un gran paseo conecta con una serie de escalinatas en la colina saludando al vacío. En las gradas, cientos de columbarios destinados a recoger los restos de los soldados caídos. Ese modelo de nichos, unido al uso de la piedra, hace de este cementerio un recuerdo inspirado en la arquitectura clásica romana, una cultura de la que el fascismo italiano se sentía como heredera.


Sacrario militare de Caporetto o sacrario de Sant'Antonio (Kobarid, Eslovenia)

En este sentido, podemos encontrar cementerios militares italianos desde Bari -al sur de Italia- como el sacrario militare dei caduti d’Oltremare (1967), pasando por Caporetto, hoy Kobarid (Eslovenia) con el sacrario militare di Caporetto o sacrario di Sant'Antonio (1938) o incluso en lugares como El Alamein (Egipto) donde se libró una de las batallas mas importantes de la Segunda Guerra Mundial en territorio africano, y que ya en los años 50 el gobierno de la República de Italia decidió llevar a cabo la construcción del sacrario militare italiano di El Alamein (1954 - 1958). Pero de todos estos, el que más nos interesa a nosotros es el sacrario militare italiano en la Iglesia de San Antonio de Padua, construido en la década de los cuarenta para reunir de forma definitiva a todos los soldados italianos que habían caído durante la guerra civil. 


Sacrario militare italiano de El Alamein (Egipto)

Como hemos dicho, a lo largo de la geografía española los italianos realizaron pequeños cementerios para que los restos de sus compatriotas descansasen. Pero, una vez terminada la guerra civil, a modo de homenaje, y como maniobra propagandística por parte de Mussolini para demostrar su aportación a la victoria de Franco, se decidió crear un cementerio monumental para congregar a todos los caídos en un mismo punto. 

Se eligió Zaragoza. En primer lugar, porque Zaragoza ya albergaba uno de los cementerios militares italianos más grandes, ubicado junto a una de las tapias del actual cementerio municipal. En segundo lugar, porque la ciudad tenía buenas comunicaciones, situada entre el cruce de caminos que hay entre Madrid y Barcelona, pensando tanto en la logística que conlleva el traslado de los cuerpos como en los familiares que así desearan visitarlo en un futuro. Y en tercer lugar, por el simbolismo que tenía la ciudad de Zaragoza dentro del ideario fascista italiano que pretendía emular las grandes hazañas del fundador del imperio, César Augusto. Ya que Zaragoza, en época romana, Caesaraugusta, era la única ciudad del imperio con el nombre completo del emperador, y que mejor que unir al Imperio Romano y al nuevo fascismo en un mismo punto con la construcción de una torre osario en honor a los caídos por el fascismo y por Italia.

El proyecto inicial era monumental. Una gran torre de piedra de 85 metros de altura rematada con una cúpula de cruces que se alzarían prácticamente hasta llegar a los 100 metros. Allí, en suelo italiano, puesto que la titularidad del sacrario es italiana, se recogerían los restos de todos los soldados italianos caídos por Italia, por Mussolini y por la difusión internacional del fascismo. Junto a ello, la construcción de una iglesia dedicada a San Antonio, un convento construido por los padres capuchinos y un jardín con un estanque donde se tenía que reflejar la monumental torre. El arquitecto Víctor Eusa, conocido además de por su carrera profesional por ser uno de los dirigentes de la Junta Central Carlista de Navarra, supo captar bien el espíritu que los italianos querían reflejar en ese monumento. De hecho, la simbología del edificio es muy característica ya que las propias verjas intentan reproducir uno de los iconos del fascismo italiano, las fasces.


Sacrario militare italiano en la Iglesia de San Antonio de Padua en los años 50


Aunque, cosas de la historia, la obra nunca llegó a finalizarse como así estaba proyectado, ya que la construcción que empezó a partir de 1940 quedó parcialmente paralizada con el final del régimen fascista de Mussolini en 1943. El cese de los envíos de material y dinero hicieron imposible la finalización de la idea inicial. De este modo, la torre no superó los 50 metros, y el jardín tampoco contó con ese famoso estanque donde se debía reflejar el edificio. Así pues, reducido ese proyecto inicial su inauguración ya en 1945 contaba además con uno de sus promotores ya desaparecido -el fascismo italiano-, por lo que el nuevo gobierno, desde 1946 la República Italiana, debería decidir que hacer con él. 


Interior de la torre de San Antonio


De este modo, y a pesar de las reticencias del gobierno franquista, se decidió desde Italia que ese monumento debería servir no solo para homenajear a los soldados italianos caídos en honor del fascismo, sino todos aquellos italianos que lucharon en la Guerra Civil, esto es, aquellos que habían formado parte del bando republicano, mayoritariamente en las Brigadas Internacionales. Por eso, de entre los casi 4.000 nombres que hoy se homenajean en la torre, en torno a unos 500 de ellos, son los italianos que murieron en suelo español mientras defendían al legítimo gobierno republicano. Aunque, debido a estas reticencias franquistas y también, a que muchos eran enterrados sin identificar, solo 22 de ellos descansan en dicho osario. 


Exterior de Sacrario Militare Italiano-Iglesia de San Antonio de Padua

Así, hoy la iglesia-mausoleo de San Antonio de Padua intenta ser un lugar de recuerdo de la Guerra Civil, también un lugar dedicado a todos los italianos que dejaron su vida y su sangre en España. Por eso, cuando entramos en la cripta, en la parte superior del arco de acceso, aparece inscrita una frase que dice: L’Italia a tutti suoi Cadutti in Spagna. Una muestra de reconciliación y de diálogo a pesar del uso-abuso que el sitio tuvo por parte de la propaganda franquista, y que todavía tiene por parte de algunos grupos de extrema derecha. Pero eso, nunca debemos olvidar lo importantes que son para la historia, los historiadores y la sociedad en general estos lugares de memoria.


Portada principal de la cripta

BIBLIOGRAFÍA

Tzvetan Todorov (2008). Los abusos de la memoria, Barcelona, Paidos.

Emilio Gentile (1975). Le origini dell´ideologia fascista, Roma, Laterza.

Paul Preston (2001). «El papel de Mussolini en la guerra civil europea», en Julián Casanova(comp.), Guerras civiles en el siglo XX, Madrid, Editorial Pablo Iglesias, pp. 29-49.

Julián Casanova (2011). Europa contra Europa, 1914-1945, Barcelona, Crítica.

Julián Casanova (2014). España partida en dos. Breve historia de la Guerra Civil española. Barcelona, Crítica. 

Dimas Vaquero (2007). Credere, obbedire, combattere: fascistas italianos en la Guerra Civil española. Zaragoza, Mira Editores.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Historia y videojuegos: Medal of Honor (I)

Corría el año 1999, el mundo de los videojuegos parecía vivir su segunda época dorada con el desarrollo de los juegos con gráficos 3D y ese año, Steven Spielberg, junto con el resto del equipo de DreamWorks, se alistaron, y nunca mejor dicho, en una de las series de juegos más míticas sobre la Segunda Guerra Mundial, Medal of Honor. Un año antes, el estreno en los cines de Salvar al Soldado Ryan (Saving Private Ryan), dirigida por el propio Steven Spielberg, había traído a toda una generación de niños, jóvenes y adolescentes -entre los que yo mismo me encontraba-, los desastres y la violencia de una guerra que la memoria parecía olvidar. En este sentido, Medal of Honor vino a completar ese nuevo relato de moda que se estaba presentando en torno a la Segunda Guerra Mundial. 



El primer juego de la serie, como decimos, apareció en 1999 para PlayStation, revolucionando el panorama consolero hasta ese momento. En él, encarnamos la figura de Jimmy Patterson, un teniente del ejército norteamericano adscrito a la OSS (Office of Strategic Services, considerada la antecesora de la CIA) que tiene que recurrir a la estrategia y al sigilo para superar las misiones que se le encargan. Unas misiones alejadas de la guerra abierta, caracterizadas por la infiltración y gracias a las cuales descubriremos algunos de los entresijos y preparativos bélicos del Tercer Reich. Así, más allá de la historia del juego y del desarrollo en el apartado gráfico, poco se distinguía de sus influencias dentro del mundo del shooter. Pero es aquí, cuando tenemos que hablar de la banda sonora compuesta por Michael Giacchino, famoso por darle música a la serie Lost o la película Up, con la que ganó un Oscar en esta especialidad. Así, Medal of Honor fue uno de los primeros videojuegos en preocuparse tanto en la banda sonora como se estaba haciendo en el cine.


En contraste, en cuanto a la narrativa histórica del juego, no podemos decir que sea muy original, puesto que viene a repetir los tópicos del cine bélico estadounidense, sobre todo de los años 50 y 60. Es decir, un héroe contra todo un ejército. El bien contra el mal. Una nueva renovación del eterno pacto con la justicia que parecen tener todas las intervenciones norteamericanas en el extranjero. Aunque, en la Segunda Guerra Mundial, la intervención estuviera más que justificada por las prácticas criminales y asesinas del Tercer Reich de Adolf Hitler. 

Finalmente, el éxito del juego en la crítica y en el gran público, vinieron tanto por su gráficos y su jugabilidad, como por su historia en torno a la Segunda Guerra Mundial, lo que provocó que pronto se empezara a trabajar en sus secuelas y que los seguidores del videojuego, como yo en aquellos momentos,  estuvieran esperando estas continuaciones como agua de Mayo.