sábado, 31 de octubre de 2015

Hans Baldung Grien, Las Edades y la Muerte, 1541 - 1544

Día de Todos los Santos, Día de Muertos, Halloween, estamos en las vísperas de la gran celebración en torno a la muerte. Por eso, nos gustaría comentar la iconografía de una obra verdaderamente conmovedora. Las Edades y la Muerte de Hans Baldung, una pintura del renacimiento alemán que estremece por su mensaje. La brevedad de la vida, la fragilidad de la existencia humana, todo ello simbolizado por ese personaje tenebroso, casi esquelético que representa a la muerte con un reloj de arena en una mano y una lanza rota en la otra. Un personaje que sostiene con su brazo a una mujer anciana, probablemente en los últimos años de su vida y que se aferra a la vez a la juventud caracterizada por la muchacha joven que completa esta evolución.

Alrededor, un paisaje apocalíptico, yermo, con un cielo grisáceo y un sol tenue, entre lo que se puede divisar un Cristo Crucificado, elemento de esperanza dentro del pensamiento cristiano. De todo esto, llama la atención también el bebé, ignorante de la escena que contempla y finalmente la lechuza, con la mirada desafiante al espectador como símbolo claramente ligado a la muerte.

Por lo tanto, estamos ante una obra de gran complejidad temática cuyo tema principal es el destino final que nos depara nuestra propia naturaleza humana. 

Museo Nacional del Prado, óleo sobre tabla, 151 cm x 61 cm

martes, 6 de octubre de 2015

Algo va mal: El anacronismo del nacionalismo

Como ya hemos citado alguna vez en este blog, Stefan Berger suele expresar que «Nación es narración», es decir, la nación no deja de ser sino la preocupación por buscar y narrar un pasado común e identitario para un grupo de personas (1). Por lo tanto, desde una perspectiva historiográfica, hablar de naciones como conceptos eternos e inamovibles en el tiempo no deja de ser un tanto descabellado hoy en día. El término nación, tal y como lo entendemos en la actualidad, nace a finales del siglo XVIII, en los albores de la Revolución Francesa con la explosión de dos ideas fundamentales: la soberanía nacional y la idea de Estado-nación. 

Homi K. Bhabha, Nación y narración: entre la ilusión de una identidad y las diferencias culturales, 2010.

Ideas que ya en el siglo XIX se extienden rápidamente a lo largo de toda Europa gracias a las Guerras napoleónicas y sobre todo a la extensión del movimiento cultural del romanticismo. Se inicia, de este modo, la era del nacionalismo que nos lleva desde la creación de los principales Estados-nación a lo largo de todo el mundo (Alemania, Italia, Estados Unidos, Japón, entre otros), pasando por los grandes momentos de rivalidad política en torno al imperialismo y las dos guerras mundiales, hasta su generalización con los procesos de descolonización.  Siguiendo este discurso, podríamos considerar la Guerra Fría como el último conato de este enfrentamiento entre naciones. 

¿Qué papel ha jugado la Historia en todo esto? No es casual que la Historia se forjara como disciplina científica al mismo tiempo que el nacionalismo se extendía a lo largo del mundo. Como comentamos en otra entrada relativa a la Historia y la educación, a la vez que la historiografía se asentaba como conocimiento científico se iba implantando en los currículos educativos de los distintos Estados-nación hasta el punto de ser utilizada como una materia para crear sentimiento nacional. En este sentido, tanto el desarrollo de la ciencia histórica como su planteamiento en forma de asignatura en la educación básica fueron por caminos distintos. Así, si bien la ciencia histórica poco a poco se ha ido desarrollando en torno a la crítica y la revisión, no ha sido de este modo en las distintas asignaturas de Historia en los currículos educativos, donde se presenta la Historia como un discurso nacional único. Aunque esto, los últimos años parece estar cambiando. 

«No es fácil ver cómo las formas más extremas de nacionalismo pueden sobrevivir a la larga, cuando ya los hombres han visto la Tierra en su verdadera perspectiva, como un pequeño globo contra la inmensidad de las estrellas.» 
Arthur C. Clarke, The Exploration of Space (1951)

De todos modos, regresamos a nuestro discurso en torno a los orígenes del nacionalismo, como una narración y es aquí donde quiero volver al título de esta entrada. En los últimos días hemos vivido el tornado mediático en torno a las elecciones autonómicas de Cataluña y su carácter plebiscitario. De ambas partes, el discurso nacionalista es cuanto menos rancio a la par que anacrónico. Con los problemas sociales y económicos que atravesamos, en una sociedad cada vez más volcada a la globalización, parece que algunos todavía viven en el siglo XIX buscando premisas y justificaciones para crear naciones. Ni España ni Cataluña son entes permanentes, son dos narraciones, hundidas en buena medida en las ideas decimonónicas del romanticismo y que de una forma u otra se han constituido como territorios independientes, de un lado estatal y por otro autonómico. 


La Historia es maestra y nos ha mostrado las peores caras del nacionalismo (fascismo, nazismo), por lo tanto desde aquí abogamos a replantear la idea que tenemos de nación en un mundo cada vez más global y donde queramos o no, estamos obligados a cooperar para seguir evolucionando como civilización. De este modo, el nacionalismo debería estar abocado a ser un reducto como excusa para realizar competiciones internacionales deportivas, como por ejemplo en el fútbol. 


(1) Stefan Berger, «Narrating the Nation: Historiography and Other Genres», S. Berger, L. Eriksonas and A. Mycock (eds.), Narrating the Nation. Representations in History, Media and the Arts, New York-Oxford, Berghahn Books, 2008, p. 1.