jueves, 25 de septiembre de 2014

Otto Dix, Sturmtruppe geht unter Gas, 1924

Muestras de una memoria pasada. No olvidemos que hace solo cien años en Europa comenzaba la guerra más cruenta hasta entonces conocida, solo superada poco después por la Segunda Guerra Mundial. Aquí, Otto Dix (1891-1969) pintor alemán conocido por su gran diversidad de estilos y por ser uno de los pintores más destacados del expresionismo alemán. Así, la experiencia de la guerra de trincheras, el trauma, la muerte, todo ello lo reflejaba diez años después en un cuaderno titulado Der Krieg (La guerra) compuesto de 50 dibujos*. Sin héroes, sin gloria, solo terror y paisajes inundados de bombas y muertos. 


*Más información sobre este trabajo: Heather Hess, «German Expressionist Digital Archive Project», en German Expressionism: Works from the Collection, 2011.

martes, 23 de septiembre de 2014

Apuntes de historia: El independentismo padano

Inauguro esta nueva sección denominada Apuntes de historia para razonar desde una perspectiva histórica algunos de los aspectos más interesantes de la vida social y política de nuestro presente. Con ello pretendo evitar la simplificación de las cuestiones problemáticas y, además, intentar mantener una postura analítica y crítica.

Así, en las últimas semanas -coincidiendo con el inicio de la nueva temporada televisiva-, los medios de comunicación se hacen eco del recrudecimiento de la cuestión del nacionalismo catalán con motivo de los últimos movimientos políticos de Artur Mas, el descrédito político de Jordi Puyol o el desarrollo de la Diada el pasado once de septiembre. Además, estos mismos días, Escocia ha decidido su futuro en cuanto a su relación con el Reino Unido. No queremos por lo tanto, entrar en las razones sociales o históricas que puedan respaldar la cuestión del nacionalismo catalán, ni de ningún nacionalismo, más allá de las opiniones personales que cada uno pueda tener. Lo que busco aquí, es sumar un caso más dentro de un pequeño ejercicio de historia comparada que tanto me gusta. Hablo del nacionalismo padano. 


Para ello, tenemos que viajar al pasado, y en concreto al olvidado siglo XIX, momento de auge de los nacionalismos en Europa y momento donde se unificaron los distintos territorios de la península itálica en un reino independiente, lo que en la historiografía italiana se conoce como Risorgimento. En este sentido, a pesar de la fuerza social y cultural que había movido la unificación, una de las primeras consecuencias que ha evidenciado la historiografía han sido las notables diferencias que existían entre el norte y el sur en la Italia de aquellos momentos. El norte, una tierra próspera, vinculada a la revolución industrial y conectada con la «Europa civilizada». El sur, en cambio, era para muchos septentrionales, un territorio de campesinos bárbaros e incultos. Una imagen, que más allá de la realidad socio-económica de cada lugar, se basaba en una cultura racista, también compartida por las élites del norte y centro de Europea en dicho momento. 


Con la entrada en el siglo XX, este discurso pareció sucumbir con el auge del nacionalismo italiano durante la Primera Guerra Mundial, las cuestiones del irredentismo y el repunte con la llegada del fascismo, en cuya piedra angular de su narración propagandística se encontraba el nacionalismo. Eran los momentos de una Italia unida. Pero en Italia, como en España, como en otros países, el discurso nacional no es estable, cambia, varía con el paso del tiempo y la interpretación del pasado se ve sometida a numerosas revisiones y a veces a revisionismos, en la definición más negativa del término. La primera crisis a la que se enfrentó fue durante la Segunda Guerra Mundial, la paradigmática posición que ocupó Italia en el conflicto, le llevó nada más y nada menos que a la explosión de un enfrentamiento civil. El final de la Alemania nazi y la victoria de los Aliados, enseñaron al mundo los niveles más altos de barbarie. En esos momentos Italia decidió su futuro. El final de la monarquía y el establecimiento de una república bajo el manto del discurso antifascista.

En otros momentos podemos hablar del antifascismo en Italia y de la profundidad de este tema. Pero aquí lo que nos interesa es que esta asociación, nacida con la república entre el antifascismo y la nación, se rompió con la llegada de los años noventa. Una ruptura provocada sobre todo por tres aspectos: en primer lugar por la crisis institucional y política tras el estallido del escándalo de Mani Pulite, la caída del muro de Berlín junto con el final de la Unión Soviética y la decadencia de los partidos republicanos tradicionales. En este contexto, además del «fenómeno Berlusconi» y apareció el fenómeno de las Ligas. Entre ellas la mas importante la Lega Nord


En resumen, el espacio político que proporcionó la crisis de los partidos tradicionales, en el norte de Italia dio margen a la recuperación del discurso de «Roma ladrona» por parte de Umberto Bossi, un cantante venido a menos que revitalizaba ese vieja interpretación racista del Risorgimento. En sus inicios, por lo tanto, la Lega Nord se configuró como un partido nacionalista, con base en la Padania, un país inventado a través de un neologismo que modernizaba esas diferencias socio-económicas entre el norte y sur. Un discurso radical, racista y euroescéptico. En los años noventa y principios del nuevo milenio, su participación en los gobiernos de Silvio Berlusconi fueron clave para mantener el poder de éste y de algún modo, entrar en las redes clientelares de la política italiana moderando en cierta medida su discurso que ha  pasado a ser de corte federalista, aunque con sus aspiraciones ideales intactas. En este sentido, en un plano comparativo podemos constatar, al igual que otros independentismos, hay una clara razón económica. La potente e industrial Padania frente a los indices de paro en el sur de Italia. Por otro lado, a diferencia de otros nacionalismos, el territorio carece de lengua, cultura e identidad política propia, lo que ha hecho que en los últimos años haya perdido algo de fuerza. 


A pesar de ello, su importancia histórica es innegable. Como aseguraba Pier Paolo Poggio, la Lega Nord fue el principal demoledor del viejo ordenamiento político, la canalización de los impulsos sociales contra la política tradicional. Una política tradicional vinculada a la Democrazia Cristiana y que a pesar de su «desuso» seguía vinculada al paradigma antifascista como origen de la República. Un aspecto totalmente contrario a la cultura del liguismo caracterizada por una importante impronta territorial, un fuerte componente étnico y el olvido de la lucha de clases por el conflicto con el exterior, ya fuera contra el sur, contra Roma, o contra los extracomunitarios. De este modo, la Lega se presentó como un modelo de cultura política-étnica, no muy común en Italia, bajo un curioso discurso lleno de manipulaciones históricas como denuncia Stefano Pivato: «A differenza delle nuove forze politiche che si sono affermate negli anni Novanta, la Lega non cerca però solo nella storia contemporanea i suoi antecedenti. I padani infatti sarebbero discendenti dei celti, fiero e belicoso popolo del Nord Europa e, sopratutto, acerrimo nemico dei romani. Come dire insomma che il mito di “Roma ladrona” non nasce sulle ceneri di Tangentopoli ma affonda le sue origini nei tentative di sottomissione e nelle “ruberie” che l'esercito di Giulio Cesare effetuò, secoli fa, nei confronti del popolo celtico.»

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Pier Paolo Poggio, «Liguismo y postliguismo», en Ayer. Revista de Historia Contemporánea, n. 16, 1994, pp. 121-142.
Stefano Pivato, Vuoti di memoria. Usi e abusi della storia nella vita pubblica italiana, Roma-Bari, Laterza, 2007, pp. 111-112.

martes, 2 de septiembre de 2014

Fredric Jameson, El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo, 1983-1998, 2000 (Parte2)

Así, esa nueva fase crítica en su pensamiento la podemos encontrar en uno de sus artículos publicados en 1994, en relación con los polémicos debates en torno al «fin del arte» y el «final de la historia» –rememorando a la filosofía hegeliana–. Respecto a lo primero, el autor nos introduce en la relación que existe entre las cuestiones políticas y el mundo de la cultura, con un debate que surgió a finales de la década de los setenta en torno a la Guerra de Vietnam y la complicidad con dicha guerra de instituciones, cánones culturales o museos –como los representantes de la alta cultura– por su defensa de los valores occidentales (pp. 99-100). Un ataque general al arte, que evidentemente no supuso su desaparición ni mucho menos su sustitución por otras disciplinas, ya que es un debate solo entendido por el autor dentro de la tensión política internacional que generó la guerra de Vietnam y la campañas en contra de dicha guerra. Por lo tanto, poco tiene que ver con lo que diez años después se denominó como «fin de la historia» (3). Básicamente, visto veinticinco años después, nos parece una readaptación de la filosofía de Hegel al interés de las «victoriosas» democracias liberales ante la caída del comunismo. El «final de la historia» supondría pues, el final de las luchas ideológicas, el final del motor de la historia –desde un punto de vista marxista– y el final de las luchas y la violencia social. Un mensaje no tan inocente como parece, que en pleno clima de confusión, gozó de una gran atención y aceptación por parte de los medios de comunicación, a pesar de la condición de arribista de Fukuyama dentro de la ciencia histórica. De tal modo, no es casualidad, como señala el propio Jameson en el libro (p. 115), que Francis Fukuyama –el autor de dicha controversia– hubiera formado parte del Departamento de Estado durante el gobierno de George Bush. Lo cierto es que a pesar del revuelo originado, no solo Fredric Jameson, sino cientos de profesionales de la historia (4), desacreditaron las teóricas idealistas de Fukuyama.


En este sentido, todo lo que hemos ido repasando, son muestras de lo que Jameson incluía dentro de ese «giro cultural» provocado por el posmodernismo. Pero ¿Qué cambios se apreciaron en el universo de la producción cultural lejos de ese plano teórico? Pues también el autor nos lo expone en varios de sus artículos. Por ejemplo, en el mundo cinematográfico, el autor vislumbra varios casos, American GraffitiEl ConformistaBarrio Chino, películas que evocan un momento pasado, lo que hasta entonces se llamaba cine histórico, pero que para Jameson tienen poco de históricas, simplemente la estética (pp. 18-22). Él incluye dentro de esta categoría de «film nostalgia», toda una serie de películas que a través de la «moda retro», nos remontan al pasado pero bajo unos estereotipos del presente, a su juicio, fruto de una sociedad incapaz de enfrentarse a su propio presente. Más ejemplos también en el campo de la arquitectura, con sus nuevas formas de entender el espacio urbano bajo el prisma del posmodernismo y que el autor resume –con el análisis del Westin Bonaventure Hotel de John Portman– en tres características: aspiración a ser un espacio total, separación con respecto a su vecindario e importancia del movimiento. También en el mundo del arte nos aporta su granito de arena, aunque para ello tengamos que desplazarnos a otra de sus publicaciones (5). Para él, el desarrollo del posmodernismo supuso una auténtica evolución de las artes visuales modernas con un aumento de la mercantilización y la superficialidad o pérdida del simbolismo y de mensaje. Todo ello, nos lo explica mediante la nada inocente comparación, como él mismo señala, entre el cuadro de Van Gogh, Un par de botas y Diamond Dust Shoes de Andy Warhol.


En definitiva, podemos decir que el debate en torno a la posmodernidad, aunque en buena medida ya superado, es todavía útil para entender los cambios en nuestra sociedad actual y, además, recuperarlo sirve para aclarar la confusión que originaron los acalorados debates de los años noventa y de los cuales hoy todavía vivimos sus consecuencias (6). De este modo, los nuevos retos que se nos plantean desde las ciencias sociales, las humanidades o en la propia producción cultural son muy importantes si pensamos en los recientes cambios en los medios de comunicación –la «democratización» de Internet con la explosión de las redes sociales por ejemplo– o en las nuevas fases de ese denominado capitalismo tardío –globalización total, crisis del trabajo tradicional, nuevas fases de organización empresarial o nuevos sistemas financieros –. En conclusión, no hay nada mejor, que aproximarse a Fredric Jameson y su obra, sin duda uno de los grandes especialistas del posmodernismo y además un gran intelectual, del que aprender a desarrollar una conciencia crítica tan necesaria para los tiempos que vivimos*.

(3)Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man, New York, Free Press, 1992.
(4)Por citar un ejemplo: Gerard Noiriel, Sobre la crisis de la historia, Valencia, Universitat de València, 1997, pp. 51-152. 
(5)Fredric Jameson, Teoría de la postmodernidad..., op. cit., pp. 26-34. 
(6)El propio autor ha «revisitado» su obra recientemente en: Fredric Jameson, El postmodernismo revisado, Madrid, Abada Editores, 2012.
*Versión utilizada: Fredric Jameson, El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo, 1983-1998, Buenos Aires, Manantial, 2000.