domingo, 31 de agosto de 2014

Fredric Jameson, El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo, 1983-1998, 2000 (Parte1)

Con la entrada del siglo XXI, los debates acerca del posmodernismo –que tanta importancia tuvieron en las últimas décadas del pasado siglo– han ido perdiendo fuerza frente a la aparición de nuevas discusiones, teorías y conceptos. Por lo que solo nos queda presentar a nuestro autor, Fredric Jameson, uno de los principales críticos del posmodernismo y al mismo tiempo uno de sus grandes teóricos. De hecho, es mundialmente conocido por la publicación de El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado en el año 1991 donde expuso de manera extendida su crítica al posmodernismo desde una perspectiva marxista (1). A propósito de esto, es interesante conocer su periodo de formación en Europa, un detalle que lo distingue de otros pensadores norteamericanos, ya que le otorgó un gran conocimiento de las corrientes filosóficas marxistas, el estructuralismo o la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, es decir, la flor y nata de la filosofía continental de los años cincuenta. Por este motivo, Jameson ha sido incluido dentro de esa gran corriente de teóricos marxistas, padres e hijos de la denominada New Left que nació en torno a la década de los setenta.


Por ello, tanto por el historial del escritor como crítico literario, teórico marxista y analista de las culturas contemporáneas, como por la profundidad de los debates en torno al posmodernismo, hacen de esta recopilación un foco muy interesante de conocimiento y análisis. Como he dicho, se trata de una recolección de los escritos de Jameson publicados en diversas revistas académicas entre 1983 y 1998, siendo este, uno de los puntos fuertes de la obra, ya que podemos ver la propia evolución intelectual del autor y su pensamiento acerca del posmodernismo, la sociedad, la historia, el arte, la política, la producción cultural y otros temas de los que hablaremos más adelante. Teniendo en cuenta esto, no es casualidad que el prologuista de la obra sea Perry Anderson, historiador y destacado miembro de la escuela marxista británica, preocupado por la transición del feudalismo y en los últimos años sobre temas relacionados con el posmodernismo. Y es que, desde mi punto de vista, parece necesario contextualizar la obra desde un punto de vista histórico para entenderla al completo. No en vano, las dos últimas décadas del siglo xx son vitales para entender el confuso salto al nuevo siglo, en tanto en cuanto algunos historiadores así lo han planteado (2). En primer lugar por el colapso de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, que supusieron el ocaso del comunismo a nivel internacional. En segundo lugar, por las políticas neoliberales practicadas desde los países occidentales que fueron acompañando la propia crisis del comunismo. Esto es, el mandato de Ronald Reagan y Margaret Thatcher durante la década de los ochenta que sentaron las bases de comportamiento de los gobiernos conservadores hasta prácticamente nuestros días. Y además de todo ello, una grave crisis de las ideologías, o como nos lo presenta el autor de estos artículos, la crisis de pensamiento que desató el posmodernismo.


De hecho, en el primero de los artículos fechado en 1982, Jameson nos expone ya lo que serán sus ideas centrales sobre la liquidación del modernismo. Para él, siempre bajo el prisma de una interpretación marxista de la historia, la aparición del posmodernismo respondía a la evolución del sistema capitalista hacia un capitalismo tardío. Dicho salto habría empujado a la sociedad, al mundo de la cultura, del arte o de la historia, al desarrollo de nuevos rasgos que, evidentemente, enterraban el pensamiento modernista. En este sentido, lo que hoy vemos como obvio, hace treinta no lo era tanto, y esta observación tiene mucho de cierto. Ya que a la vez que muchos de sus contemporáneos miraban para otro lado, Jameson se atrevió a teorizar sobre un hecho tan palpable como los cambios en la sociedad y en la cultura occidental, el mundo que había salido del periodo de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial, ya no era el mismo en los años ochenta. Por eso, como el propio autor señala, muchas personas no aceptaban el posmodernismo por la poca familiaridad que tenían con los nuevos conceptos que estaban surgiendo en la década de los ochenta (pp. 11-12). Y lo cierto es que para Jameson el posmodernismo no era solo un nuevo estilo, era también en sus palabras, un elemento «periodizador» (p. 14), esto es, un indicador de multitud de cambios en su sociedad contemporánea: la reacción al modernismo, la desaparición del límite entre la alta cultura y la cultura de masas, el final del individualismo, la moda de la nostalgia –sobre todo patente en el cine–, la nueva arquitectura, la estética de la sociedad de consumo y un largo etcétera.


Sea como fuere, el texto nos plantea una doble interrogante. Por un lado, si el posmodernismo fue una mera reacción frente al modernismo, es decir, el modernismo en origen subversivo, en los años setenta ya dentro de la academia se institucionalizó y necesitaba un empuje nuevo, fruto de los nuevos movimientos sociales que surgen de Mayo del 68, para su regeneración. O en cambio, tal y como mantiene el autor, si fue fruto de la nueva lógica establecida por el capitalismo tardío, es decir, la rendición de la cultura al capitalismo financiero (pp. 31-34). Y es que para Jameson, todas las posturas de teóricos y pensadores, fueran tanto partidarios como detractores, evidenciaban la aceptación del término como reflejo de esa evidente ruptura a diferentes niveles de la sociedad (pp. 36-41). Por lo tanto, treinta años después de sus primeros teorías sobre el posmodernismo pocas cuestiones podemos criticar de sus planteamientos, salvo, y siempre bajo mi punto de vista, su excesivo pesimismo sobre la independencia del mundo de la historia y el arte respecto al sistema capitalista. Pero como he dicho, el propio autor matiza sus planteamientos en otros escritos más recientes.

(1)Fredric Jameson, Teoría de la postmodernidad. La lógica cultural del capitalismo avanzado, Barcelona, Paidós, 1991. 
(2)Como por ejemplo la obra de Eric Hobsbawm, The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914–1991, London, Penguin Books, 1994. 

sábado, 30 de agosto de 2014

Miguel Delibes, Los santos inocentes, 1981

La posguerra española es uno de los períodos más tristes de la historia de España. El fallido golpe de Estado, trajo consigo una guerra civil de 3 años, una represión que costó la vida a más de 250.000 personas y una situación de pobreza, miseria y cartas de racionamiento. Las libertades y derechos por los que se habían luchado durante los 5 años de República fueron barridos de la península al son de la "era" de los fascismos. Con el final de la Segunda Guerra Mundial, España se rebeló como el residuo de la Europa fascista. Punta Europa, la única esperanza frente a la amenaza comunista. Sin duda, la propaganda franquista supo muy bien cambiar de chaqueta una vez que los vientos soplaban desde el Oeste. 




Así, la situación de la población era deprimente. En el campo, aquellos útopicos planes de repartos de tierras, desaparecieron al igual que la República. Era el tiempo de lo terratenientes. Por eso me gustaría conectar con una de las grandes novelas de la literatura contemporánea española, Los Santos Inocentes*. Una obra escrita por el gran Miguel Delibes, autor entre otros de El camino o Cinco horas con MarioEn esta la novela nos dirije a uno de estos cortijos comunes en la zona meridional de España -en este caso, la Extremadura más profunda-, con un reparto de papeles muy evidente. Por un lado, el señorito Iván, el marqués, el niño de papá, cuya única preocupación es ir de caza y no volver con las manos vacías. Y por otro lado, tenemos a Paco, el Bajo, y su familia -Régula, Azarías, Nieves o la Niña Chica-. 



El texto nos describe con gran crudeza, el sistema de servilismo establecido en la España franquista de la posguerra, en torno a los años cincuenta, años sesenta. La introducción de la maquinaria en el mundo agrícola, el salto generacional, el clientelismo, la obra nos plantea muchos temas interesantes. De los cuales a mi me llama la atención el especial protagonismo de esas minorías inocentes a las que se refiere Miguel Delibes. El trabajador explotado, el discapacitado olvidado o la naturaleza violada.

*Versión utilizada: Miguel Delibes, Los santos inocentes, Barcelona, Seix Barral, 1981.

lunes, 25 de agosto de 2014

La Primera Guerra Mundial en la literatura: Ernst Jünger, Tempestades de Acero, 1920 (2013)

Volvemos con una nueva entrada sobre la Primera Guerra Mundial y la memoria que de ella se ha ido depositando a través de la literatura. Y de nuevo volvemos con un clásico, esta vez desde el otro lado de las trincheras, una de las obras más importantes y significativas de Ernst Jünger, Tempestades de Acero*.


Lo más interesante de esta obra, además de ser considerado uno de los principales escritos bélicos de la historia de la literatura, es que a diferencia de otros relatos no guarda en ningún momento un discurso antibelicista. De hecho, casi todo lo contrario, Jünger escribió una alabanza a la guerra, una exaltación a los valores humanos que solo una guerra puede generar.Así, valores como la camaradería, la valentía, la virilidad o la juventud se adaptaron cual piezas de puzzle a las nuevas ideologías políticas que surgieron a partir de 1919.

En este sentido, las memorias de trinchera de Jünger fueron un gran éxito tras su publicación en 1923, sobre todo entre los grupos de excombatientes y también entre la generación de los "hijos de la guerra" que más tarde serían los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial. El caso de Alemania es el más llamativo. Tras la derrota de 1918, la República de Weimar nació con pocas expectativas de futuro y aprovechando la inestabilidad que generó la revolución espartaquista, fueron ganando terreno los Freikorps, formados precisamente por esa gran masa de excombatientes en paro y con claros problemas de volver a la vida civil tras los traumas de la guerra. 


El libro de Jünger pareció despertar las conciencias de todos ellos, que además con las formaciones paramilitares de los  nuevos partidos políticos, como por ejemplo las SA del Partido Nazi, podían volver a dotar de un sentido su existencia. Estamos hablando de un fenómeno europeo, no podemos olvidar que en este mismo periodo en Italia, los camicie nere del Partito Nazionale Fascista de Mussolini -compuestos en su mayoría por excombatientes y nacionalistas- habían ya realizado su famosa Marcha sobre Roma.

A pesar de ello, Ernst Jünger nunca quiso vincularse al NSDAP, llegando a prohibir el uso de sus textos en favor del nazismo, si bien es cierto que no renegó nunca de su ultranacionalismo y la defensa del militarismo formando parte de la llamada Konservative Revolution junto con Ernst Von Salomon, Oswald Spengler, Werner Sombart o incluso Carl Schmitt. Controvertida figura por lo tanto, que durante la Segunda Guerra Mundial ejerció de oficial de la Werhmacht, aunque criticó la participación del esta en la Solución Final. Sus libros, entre ellos, Tempestades de Acero, estuvieron prohibidos durante la posguerra en Alemania, hasta que finalmente en los años sesenta se comenzó a rehabilitar su figura como uno de los grandes escritores alemanes del siglo XX.



Estamos por lo tanto, ante un libro polémico, hoy ejemplo de memoria de la Primera Guerra Mundial, otrora oda al "hombre de acero" alemán curtido en la guerra de trincheras y capaz de elevar a Alemania en la cúspide entre todas las naciones. Un relato fundamental para sumergirnos en el día a día del frente, descrito sin ningún tipo de contemplaciones e interesante para entender no solo la Primera Guerra Mundial sino los acontecimientos posteriores. 

*La versión aquí utilizada: Ernst Jünger, Tempestades de Acero, Barcelona, Tusquets, 2013.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Albert Speer, Memorias, 2002 (1969)

Las memorias son un tipo de fuente muy interesante para la labor del historiador, siempre y cuando se tengan en cuenta las características de dicho género, ya que como memorias entendemos un libro o relación escrita en que el autor narra su propia vida o acontecimientos de ella. Una vez dicho esto, muchos han sido los historiadores y curiosos sobre la historia de la primera parte del siglo XX que se han preguntado qué había dentro de las cabezas de los jerifantes nazis o cómo pudieron dirigir al mundo a unos niveles de crueldad nunca conocido hasta entonces. Preguntas con una difícil respuesta.


Para añadir un poco de información a este tipo de cuestiones, podemos recurrir a las memorias de Albert Speer publicadas en 1969, tras pasar 20 años en la prisión de Spandau por su controvertida condena en los Juicios de Nuremberg de 1946. Y digo controvertida, porque a pesar de haber estado vinculado a la figura de Hitler como su arquitecto desde finales de los años 20, y a partir de 1942 como Ministro de Armamento y Guerra hasta el final de la guerra, se salvó de la horca. Algunos autores dicen por su arrepentimiento durante los juicios, otros porque intentó frenar la guerra mucho antes de su final poniendo en peligro su integridad física, es un tema todavía discutido.


Aquí, más allá de los debates, vamos a hablar de sus memorias. Unas memorias que salieron a la luz prácticamente en los años 70, cuando la memoria de la Segunda Guerra Mundial y de la Alemania Nazi «parecía» enfriarse. Momento probablemente bastante idóneo para enseñar al mundo su visión dulcificada de lo que había supuesto el régimen nazi y en concreto la figura de Adolf Hitler. Una visión compatible con la voluntad de parte de la población alemana de posguerra de hacer borrón y cuenta nueva. Los juicios de Nuremberg, la desnazificación, la partición del territorio alemán en dos, ya habían pagado por sus errores. La rápida implantación de la dinámica de la Guerra Fría tras el final de la Segunda Guerra Mundial, propició las campañas de amnistía y liberación de antiguos nazis -como estaba sucediendo con viejos fascistas en Italia-. Los años de olvido, fueron sucedidos por los años del enfriamiento de la memoria, una memoria que las jóvenes generaciones que no habían vivido ese periodo querían conocer. 

En este sentido, en los años setenta surgen dos corrientes -todo esto de manera muy resumida-, una corriente historiográfica profesional consecuente con el triste pasado alemán, y otra corriente revisionista promovida por antiguos nazis y simpatizantes, amantes de la conformidad social. Esta es una cuestión que irá más allá de los años setenta y que desembocará en la ya famosa Historikerstreit (1) -Querella de los historiadores-. Es en este contexto donde tenemos que entender estas memorias. Unas memorias con cierto carácter autoabsolutorio, no en vano estaban escritas durante su estancia como reo en la prisión de Spandau, y donde nos ofrece por un lado sus experiencias como arquitecto profesional y más tarde como Ministro para el III Reich, y por otro lado la visión «morbosa» de sus vivencias junto a Hitler, Bormann o Göring. Para algunos historiadores, estas memorias sirvieron para minimizar su resposabilidad en el desarrollo del régimen nazi, donde reiteraba en numerosas ocasiones su desconocimiento voluntario acerca del Holocausto. De hecho, tras su muerte se descubrieron documentos firmados por el mismo Speer, donde se autorizaba el envío de material al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, donde se hacía referencia explicita sobre los hornos crematorios y las torres de vigilancia (2).


A mi personalmente, como aprendiz de historiador, siempre me han interesado las autobiografías y memorias de este periodo de la historia. Ya que la primera mitad del siglo XX supuso para la historia del mundo Occidental un verdadero cambio de paradigma, la ruptura del mundo del progreso construido durante el siglo XIX, que la Primera Guerra Mundial barre y que la Segunda Guerra Mundial transforma por completo, en esos treinta años, prácticamente dos generaciones, el cambio fue de blanco a negro.

*La versión aquí utilizada: Albert Speer, Memorias, Barcelona, Acantilado, 2002.
(1)Para completar una imagen de la importacia de dicho acontecimiento en el panorama historiográfico véase: Ignacio Peiró Martín, «La era de la memoria: reflexiones sobre la historia, la opinión pública y los historiadores», en Memoria y Civilización, 7 (2004), pp. 243-294; Gonzalo Pasamar Azuria, «Los historiadores y el "uso público de la historia": viejo problema y desafío reciente», en Ayer, 49, pp. 221-248.
(2)Valentino Paolo, «Cade la maschera di Speer "Fu complice della Shoah"», Corriere della Sera, 24 mayo 2005.