jueves, 15 de mayo de 2014

Ilya Yefimovich Repin, Burlaki na Volge (Бурлаки на Волге), 1870-1873

11 hombres arrastrando una barcaza en el Volga. La imagen es puro agotamiento, pero de entre todos los personajes sobresale uno, el más joven, el más brillante, agarrando las ataduras de cuero, destacando la dignidad del hombre sobre el trabajo. La revolución industrial acabó con gran parte de este tipo de trabajos en el mundo Occidental, pero no debemos olvidar a la precariedad que se tienen que enfrentar a diario miles de trabajadores a lo largo del mundo, trabajos donde todavía no se oye hablar lo más mínimo de seguridad laboral. El realismo ruso nunca lo pudo expresar mejor.
*Museo Estatal Ruso, San Petersburgo

Arthur R.G. Solmssen, Una princesa en Berlín, 1982 (1980)

Pocos periodos más apasionantes y complejos hay a ojos de una persona curiosa que la posguerra en la Alemania de 1919. La desastrosa derrota de los Imperios Centrales, la caída del Kaiser Guillermo II, la Revolución de Noviembre y sus consecuencias, dibujaba un panorama poco esperanzador para la recién nacida República de Weimar. Una república que desde sus inicios estuvo acosada por el nacionalismo y la ultraderecha, y que a pesar de todo logró sobrevivir hasta 1933 cuando Adolf Hitler le asestó el definitivo golpe para su desaparición. 

La Puerta de Brandeburgo durante la Revolución de Noviembre (Berlín, 1918)

Así, Una princesa en Berlín nos traslada a la Alemania de 1922 vista por un estadounidense, Peter Ellis. Peter es un joven pintor que había estado en Francia durante la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias y que tras una experiencia traumática, propia de aquella guerra, decide volver a París para desarrollar su formación en pintura. Allí coincide con un alemán al que había salvado la vida durante la Batalla de Verdún, Christoph Keith, un ex-oficial alemán que en ese momento se encuentra trabajando para el mundo de las finanzas. 

De este modo, la invitación de Christoph a Peter sobre acompañarle a Berlín supone el punto de inicio de una relación apasionante en la que podremos entrar en una doble visión de la Alemania de aquellos momentos. Por un lado, las altas esferas, el mundo de la política y los negocios, y por otro, la clases sociales más desfavorecidas. Todo ello, recorrido con historias de amor, asesinatos, la inflacción, los Freikorps, el antisemitismo, el ascenso del nazismo, tanto con personajes históricos como no. Desde aquí, una invitación a la lectura de esta novela como un buen ejemplo de que a veces -la novela- puede ser una estupenda herramienta para acercar al público a la historia.


Su autor, Arthur R.G. Solmssen, es uno de los grandes novelistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, sobre todo por el éxito de la novela aquí comentada. Abogado de profesión, pasó su niñez en Alemania, de ahí su gran conocimiento acerca del contexto alemán y de su lengua. 
*La versión aquí utilizada es: Arthur R.G. Solmssen, Una princesa en Berlín, Barcelona, Tusquets, 1982.

jueves, 8 de mayo de 2014

Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria, 1995 (2008)

Historia y memoria no son sinónimos. De hecho, en los últimos años, paralelamente a la denominada "crisis de la historia" se viene desarrollando una especie de obsesión por la memoria, en concreto por la mal llamada "memoria histórica" -solo tenemos que recordar los acalorados debates en torno al proceso de transición en España, por ejemplo-. Esta memoria ha desbancado a la historia como herramienta para alcanzar el conocimiento del pasado, despojando así al historiador de cualquier capacidad analítica. Esto, no pretende ser una apología de la historia, ni tampoco una crítica a la memoria, simplemente buscar un punto en común entre el desarrollo de la labor científica y profesional del historiador y el innegable papel social que desempeña la memoria colectiva.


Y para ello, me parece interesante tener en cuenta la postura de uno de los grandes intelectuales del momento, Tzvetan Todorov. De origen búlgaro, Todorov ha desarrollado su vida intelectual en Francia, donde es un destacado lingüista, filósofo, historiador y teórico literario. De hecho, desde sus primeros estudios sobre el formalismo ruso -crítica literaria y filosofía del lenguaje- ha evolucionado hacia trabajos muy cercanos a la historiografía -historia contemporánea, totalitarismos o memoria-. De este modo, nos parece muy interesante comentar su trabajo Les abus de la mémoire de 1995.

El libro parte de una premisa que aunque pueda parecer evidente, es muy interesante. La memoria no es una cosa buena, ni mala, simplemente es un hecho, y el deber de los científicos sociales es conocerla. Esto requiere mucho estudio y estar bien alejado de las posturas extremistas. Todorov divide esta pequeña obra en varios capítulos, logrando que un tema digamos complejo, sea ameno y fácil de leer. Por un lado, nos advierte del peligro de desaparición de la memoria. Puesto que si bien los regímenes totalitarios del siglo XX, que declararon la guerra total a los rincones más recónditos de la memoria, ya han desaparecido, las democracias liberales que les siguieron nos llevan cada vez más a una memoria amenazada, ya no por la supresión de la información, sino por su sobreabundancia, es decir, por todo aquello relacionado con las exigencias de la sociedad de ocio que allá por el año 1995, no estaba tan desarrollada como lo está hoy, con Internet y las redes sociales dominando el mundo de las comunicaciones. 

Así, para Todorov la memoria -colectiva como él la entiende- guarda aspectos positivos. Podría ser el cobijo para todas aquellas narrativas o relatos alternativos al discurso oficial de un Estado, por ejemplo. De hecho, no debe ser casualidad que los inicios como intelectual de Todorov estuvieran vinculados al mundo de la teoría literaria. Pero este elogio a la memoria como condena al olvido, generalmente sobre pasados traumáticos, no es perfecto. El propio Todorov nos lo aclara.


Y es que esta recuperación del pasado conlleva una utilización por el presente. De hecho, desde el establecimiento de las primeras sociedades, la utilización del pasado como herramienta para legitimar en el presente es continua. La problemática de distinguir, si se puede, los buenos y los malos usos del pasado, ocupan la parte central del libro. Y lo que nos queda es comprobar como el fenómeno de la memoria es muy complejo, que juega un papel fundamental en el desarrollo de nuestra vida cotidiana y que el historiador, como investigador social, no debe perder de vista su evolución. De este modo, podemos constatar como en cuestiones relacionadas con la memoria, nos queda mucho camino por recorrer. Todorov nos advierte que hay que tener cuidado con la obsesión de la memoria, ya que muchas veces nos pueden hacer olvidar las injusticias del presente.
*La versión aquí utilizada ha sido: Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria, Barcelona, Paidos, 2008.