martes, 25 de marzo de 2014

La Transición: una mirada desde la historia

Con el recuerdo en el reciente fallecimiento de Adolfo Suárez, he decidido hacer un pequeño comentario sobre la Transición y la actual ley electoral, sin que se me ocurriera una forma mejor de honrar su memoria y su labor. En primer lugar, para matizar algunas de las cosas que podemos oír en los medios de comunicación, desde que Suárez fue el primer presidente democrático de nuestro país, cosa que no es cierta, puesto que estaríamos olvidando entonces el desarrollo histórico de la II República, o que la Transición fue perfecta, casi como si de un mito se tratase. En este sentido, desde aquí no dudamos de la importancia de la figura de Adolfo Suárez en relación con el final del franquismo, pero es una importancia matizable. Y es que no tenemos que olvidar que sin la presión social, desde abajo, la destitución de Arias Navarro por parte del rey habría sido impensable. Así, del mismo modo que se recuerda a los grandes personajes, motivamos el recuerdo de la colectividad, de todas aquellas personas más o menos anónimas que hicieron posible el regreso de la democracia a nuestro país.

Foto: César Lucas Escribano (1)

A cuarenta años de la muerte de Franco, todavía resulta difícil romper algunos de los grandes tópicos que se han construido sobre la Transición. En esta línea, y generalizando, podríamos dividir en tres grandes enfoques historiográficos sobre los que se ha analizado este periodo. Uno, sería el que entiende la Transición como un proceso predeterminado por los condicionamientos estructurales. En segundo lugar, la Transición como un proceso teledirigido, es decir, la existencia de una preparación previa que durante años ha sido objeto de apropiación ideológica de numerosos personajes. Y por último, la Transición resumida a los grandes personajes, un paraíso para los amantes de las metáforas; el rey como «el piloto del cambio» (1), o Suárez como «el piloto de la Transición» (2).

Por lo tanto, la labor de la historia no debería ser el simplificar los acontecimientos sino todo lo contrario, intentar explicar la complejidad de la dinámica histórica. Vuelvo a insistir, sin tener en cuenta la presión popular de esos años, el proceso de Transición tal y cómo sucedió sería inimaginable. Del mismo modo que tampoco podemos olvidar el factor externo de la Transición, un periodo crucial en el contexto internacional que dibujaba la Guerra Fría y que evidentemente tuvo su eco en suelo español.


Foto: Leonard Freed

Así, evitar mitos o dibujar la complejidad de los acontecimientos, son tareas poco comunes en los análisis de los medios de comunicación. De hecho, hoy con la puesta en entre dicho de nuestra clase política debido a la crisis económica, la gestión de la misma o la corrupción, se ha pasado de una imagen modélica y pacífica de transición, a una crítica descarnada sobre esta. Como casi todo en la vida, una postura intermedia sería la solución, ni la Transición española es el modelo único, ni la misma es el origen de todos nuestros males de hoy, puesto que si en cuarenta años de democracia ningún gobierno -y han pasado de varios colores- ha sido capaz de remendar los errores de la Transición, no sería justo, en este sentido, culpar por todo al pasado.


*Esta entrada está inspirada en los apuntes de la asignatura «Protesta y movimientos sociales en España» impartida por el profesor Alberto Sabio (Universidad de Zaragoza)  
(1) Biografía de César Lucas en: http://www.apge.org/biog-cesar-lucas.html
(2) Un ejemplo en Charles T. Powell, El piloto del cambio. El Rey, la monarquía y la transición a la democracia, Barcelona, Editorial Planeta, 1991.  
(3) Joaquín Prieto, «Muere Adolfo Suárez, el líder que cambió la historia de España», en El País, 23 marzo 2014 (consultado 24/03/2014)

sábado, 22 de marzo de 2014

The Grand Budapest Hotel (2014)


The Grand Budapest Hotel es una buena película, empecemos por ahí. Entretenida, veloz, fresca, desde aquí la recomendamos de manera enérgica. A la espléndida actuación de Ralph Fiennes, hay que añadirle el gran número de personajes secundarios interpretados por señalados nombres del mundo cinematográfico: Bill Murray, Jude Law, Willem Dafoe, Harvey Keitel, Edward Norton, Jeff Goldblum, Adrien Brody, Mathieu Amalric, Owen Wilson, ...

Pero no solo eso, la película nos describe el mundo que se desvaneció con el periodo de entreguerras, un mundo que evidentemente se llevó la Segunda Guerra Mundial. Para ello, el director nos lleva a un escenario imaginario, la República de Zubrowka, antiguo imperio junto a los Alpes. Por lo tanto, no nos debe extrañar que la película este inspirada en la obra de Stefan Zweig, un actor de aquella época que tan bien supo representar en sus libros (1). 


Y es que Stefan Zweig (1881 - 1942) fue un personaje singular para su época. Proveniente de una familia judía acomodada, estudió filosofía en la Universidad de Viena, donde también entro en contacto con el mundo de la literatura. Todo ello, le permitió codearse con la vanguardia cultural de su tiempo y poder hacer grandes viajes a lo largo del globo. Fue uno de los primeros en oponerse al nazismo -el director de la película recuerda ese espíritu en el carácter del personaje de M. Gustave-. Su dramático final pareció reflejar el hundimiento de un mundo, se suicidó en Brasil, entre otras cosas, por el desaliento ante el triunfo del nazismo.

Una pequeña selección bibliográfica -en español- del autor: 

Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2002.
-, Momentos estelares de la humanidadBarcelona, Acantilado, 2003.
-, Carta a una desconocida, Barcelona, Acantilado, 2005.

(1) George Prochnik, «"I stole from Stefan Zweig": Wes Anderson on the author who inspired his latest movie», en The Telegragh, en línea (consultado 21/03/2014).

jueves, 6 de marzo de 2014

Enzo Traverso, A sangre y fuego. De la guerra civil europea, 2009 (parte 2)

Pero ¿Cómo fue el desenlace del periodo más traumático de la historia europea reciente? Enzo Traverso nos lo explica en el último apartado del capítulo. Como antes he citado, la guerra civil dejaba como única salida la aniquilación del enemigo, así, tras su derrota en 1945, Alemania dejo de existir como Estado y sólo la rápida implantación de la dinámica de la Guerra Fría vio el surgimiento de dos Estados en 1949. Pero existía un problema mayor, el enjuiciamiento y la depuración. La guerra había supuesto unas pérdidas humanas altísimas y el colaboracionismo era una realidad, así que la depuración fue un enfrentamiento directo con el pasado próximo, con características propias dependiendo de cada país. Pero generalmente, la justicia política fue más bien una forma de legitimar la victoria –véase el proceso de Nuremberg– que una forma de reparación sobre las victimas, ya que las amnistías de la posguerra funcionaron como un tupido velo sobre ese pasado traumático.

Respecto al segundo de los capítulos, Culturas de guerra, se caracteriza por ser un discurso más filosófico, con un gran despliegue de erudición y una clara obsesión por los conceptos y sus significados. Así, le da un soporte dentro del mundo de la cultura y de las ideas al desarrollo de los acontecimientos de la primera parte. En este sentido, demuestra como en el mundo de la vanguardia, la idea de la decadencia frente al progreso estaba bastante extendida antes de la Gran Guerra, si bien el desarrollo de esta no hizo más que afianzar ese pensamiento. Sin embargo, ese mundo cultural si que se vio tambaleado por la fiebre nacionalista que crea una ruptura cultural en toda Europa, es decir, la cultura al servicio de la nación, con muy pocas excepciones. Aunque dentro de todos los sentimientos que afloran en el imaginario colectivo y cultural, es el miedo en el que mayor hincapié hace el autor. El miedo a la masacre, a las armas modernas, el paso de la muerte natural a la muerte horrible, el culto al soldado desconocido. Un miedo que incluso se refleja en el mundo del arte y la cultura. No es casualidad que sea en estos momentos cuando se realice la reelectura de la obra de Hobbes, caracterizada por el estado de guerra como la naturaleza del hombre siempre con el miedo como trasfondo. También es interesante como el autor analiza el carácter juvenil y masculino de los actores de la guerra civil europea, representados por esa «generación del frente» que rompe con el viejo orden y la cual esta destinada a dirigir los destinos de la futura Europa. Frente a ello, la imagen de la mujer, una mujer que no posee ninguno de los atributos de la masculinidad, en definitiva, una mujer relegada al mundo maternal y procreador. Algo que comparten tanto el fascismo como el comunismo.

Por último, el autor analiza los problemas a los que se enfrenta el mundo de los intelectuales en un contexto donde la cultura esta muy politizada. Así, y pese a lo que algunas tesis han establecido, la verdadera movilización de los intelectuales no se produce en 1917, sino en 1933 como reacción al ascenso nazi al poder, siendo el origen del antifascismo. Esta postura, entra en discusión con las tesis de François Furet, desligando el origen del antifascismo del comunismo. Es precisamente el fascismo el que cimentó la unidad de sus enemigos.


Solo cabe decir, a modo de conclusión, que la obra de Enzo Traverso consigue abrir nuevos horizontes de un tema del que ya se han dicho muchas cosas. Además, logra pensar históricamente un tema tan politizado como el antifascismo –sobre todo si nos paramos a pensar en el caso italiano, con los buenos análisis históricos del malogrado Nicola Gallerano–. De este modo, no solo narra, sino que discute con algunas de las tendencias historiográficas que parecen haber olvidado que la labor del historiador no es realizar una condena moral o una apología política sino un análisis histórico crítico sin olvidar la función que el historiador ejerce en la sociedad.

martes, 4 de marzo de 2014

Enzo Traverso, A sangre y fuego. De la guerra civil europea, 2009 (parte 1)

Enzo Traverso rescata en este libro el debatido concepto de guerra civil para definir el traumático periodo que se inicia con la Gran Guerra (1914) y que acaba con el final de la Segunda Guerra Mundial (1945). Un concepto, guerra civil, que utiliza como hilo conductor a lo largo del libro para conectar los distintos acontecimientos y protagonistas de uno de los periodos más oscuros de la historia contemporánea. Así, estamos ante un libro en el que se desarrollan aspectos tan variados como la cultura, el mundo de las ideas o la política, y que encuentra en el concepto de guerra civil un punto de enlace para una narración coherente a nivel europeo.




El autor nació en 1957 en el norte de Italia, pero ha desarrollado casi toda su labor como historiador en Francia. En la actualidad es profesor de la Universidad de Picardía y sus líneas de investigación giran en torno la historia de los conceptos, el nazismo, la violencia en el siglo XX, la memoria y los usos públicos de la historia, destacando de sus publicaciones Le Totalitarisme. Le XXe siècle en débat (2001), La Violence nazie. Essai de généalogie historique (2002), L'histoire comme champ de bataille. Interpréter les violences du XXe siècle (2011) y la obra aquí reseñada (1). En cuanto al origen de este libro, según el propio autor, está en la necesidad de someter a una revisión las controversias historiográficas que se han producido en las últimas décadas (p.11). Partiendo de la revisión del concepto de guerra civil, antes citado, hasta las interpretación del fascismo, comunismo, democracia, antifascismo, intentando restablecer una perspectiva histórica que el anacronismo de los últimos tiempos ha difuminado. Así, el autor evita la condena moral a posteriori, una historia de buenos y malos que sustituya el análisis y la interpretación crítica que siempre tiene que estar presente en el trabajo del historiador.

El libro esta organizado en torno a dos capítulos, cada uno de los cuales a su vez esta dividido en apartados temáticos. En el primero de los capítulos, Pasajes al acto, el autor nos expone su interpretación del concepto de «guerra civil europea» en discusión con los autores coetáneos que dieron origen al término y sobre todo con Ernst Nolte, historiador alemán que abría la guerra civil con la Revolución de Octubre, entendiendo el bolchevismo como la fuente del mal del siglo XX. Así, el fascismo no hizo más que copiar las prácticas del comunismo. No es de extrañar, según esto, la polémica que suscitó en su momento las tesis de Nolte –aquí podemos recordar la Historikerstreit–. De este modo, Traverso se adhiere a la tesis de que el auténtico derrumbe del sistema político y social creado en el siglo XIX se produce en 1914, aludiendo al ambiente europeo previo al atentado de Sarajevo y su desaparición total con las consecuencias del final de la Gran Guerra. De una guerra de naciones, se pasa a una guerra ideológica dominada por la dialéctica revolución y contrarrevolución. El autor nos muestra como en todos los países europeos las prácticas de la guerra se transfieren a la sociedad civil entrando en juego el concepto de guerra total. La militarización de la política y la aparición de la figura del partisano son una buena muestra de ello. Así, poco a poco el aumento de esta tensión encontraría su punto culminante en la Segunda Guerra Mundial, donde la definición de guerra total encuentra su mayor sentido debido a la multitud de conflictos que se entrelazan. Un ejemplo de las distintas dimensiones del conflicto, apunta el autor, es el frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial.


De este modo, sin entender el punto de inflexión que supone la Primera Guerra Mundial no podríamos explicar la revolución, el fascismo, ni tampoco el enfrentamiento que abre en España el golpe de julio de 1936. Y en contexto de ruptura con las prácticas previas a la Gran Guerra, explica el autor, tenemos que tener en cuenta como el derecho de la guerra se dota de un nuevo contenido moral regido por las normas de la guerra civil, en la cual no existe una paz justa, solo la aniquilación del enemigo. De ahí, el desarrollo de una violencia desmesurada, que Enzo Traverso nos clasifica en dos tipos. Una violencia caliente, una violencia de euforia colectiva que contiene una gran carga simbólica, donde se guarda venganza, sentimientos antiguos o frustraciones del pasado y que se suele desarrollar en momentos de vacío de poder. Y por otro lado, está la violencia fría, donde se unen regresión en el proceso de civilización y la violencia moderna propia de las sociedades industriales, es decir, la violencia ejercida con una organización burocrática estatal. Y es aquí, en la violencia, donde el autor vislumbra uno de los grandes cambios que supone el desarrollo de la guerra civil. De conflicto entre naciones a violencia contra los civiles, en una clara mutación hacia la guerra total, siendo en la Segunda Guerra Mundial, y sobre todo desde la invasión de la URSS cuando se produce el verdadero vuelco. La guerra total, la guerra civil, deshumaniza al enemigo, de la cultura se pasa a la propaganda, se crean nuevos conceptos como refugiados o apátridas producto del fin de la Mitteleuropa, y que aparece de nuevo como una justificación más del concepto de guerra civil.

(1) Enzo Traverso, Le Totalitarisme. Le XXe siècle en débat, Paris, Seuil, 2001; La Violence nazie. Essai de généalogie historique, Paris, La Fabrique, 2002; L'histoire comme champ de bataille. Interpréter les violences du XXe siècle, Paris,La Découverte, 2011.