miércoles, 19 de noviembre de 2014

Luis Cernuda, Desolación de la Quimera, 1962

1936* 

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, 
Cuando asqueados de la bajeza humana, 
Cuando iracundos de la dureza humana: 
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. 

En 1961 y en ciudad extraña, 
Más de un cuarto de siglo 
Después. Trivial la circunstancia, 
Forzado tú a pública lectura, 
Por ella con aquel hombre conversaste: 
Un antiguo soldado En la Brigada Lincoln. 

Veinticinco años hace, este hombre, 
Sin conocer tu tierra, para él lejana 
Y extraña toda, escogió ir a ella 
Y en ella, si la ocasión llegaba, decidió a apostar su vida, 
Juzgando que la causa allá puesta al tablero 
Entonces, digna era 
De luchar por la fe que su vida llenaba. 

Que aquella causa aparezca perdida, 
Nada importa; 
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella 
Sólo atendieran a ellos mismos, 
Importa menos. 
Lo que importa y nos basta es la fe de uno. 

Por eso otra vez hoy la causa te aparece 
Como en aquellos días: 
Noble y tan digna de luchar por ella. 
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido 
A través de los años, la derrota, 
Cuando todo parece traicionarla. 
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa. 

Gracias, Compañero, gracias 
Por el ejemplo. Gracias porque me dices 
Que el hombre es noble. 
Nada importa que tan pocos lo sean: 
Uno, uno tan sólo basta 
Como testigo irrefutable 
De toda la nobleza humana.

*Extraido de: Luis Cernuda, Poesía completa, Barcelona, Editorial Barral, 1975.

viernes, 10 de octubre de 2014

Land and Freedom (1995)

Hace mucho tiempo que la Guerra Civil Española dejó de ser un asunto exclusivamente nacional desde un punto de vista historiográfico. La no intervención de los gobiernos democráticos pareció crear una especie de mito en torno a la no participación del resto de la población. Lo cierto es que sabemos que el bando nacional tuvo su apoyo tanto de Benito Mussolini como de Adolf Hitler. Pero también la República Española recibió apoyos. De hecho, no podemos concebir el periodo de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial sin tener en cuenta los acontecimientos que estaban sucediendo en España. 
De este modo, muchos jóvenes comunistas, socialistas y anarquistas de toda Europa -y de todo el mundo- se vieron atraídos por sus ilusiones cuando el golpe de Estado del general Francisco Franco provocó la guerra civil en España. Tierra y libertad nos cuenta la historia de uno de ellos. David Carr, un joven en paro, afiliado al Partido Comunista y que movido por sus ideales decide marchar a combatir a España contra el fascismo. Allí, se encuentra con la cruda realidad, la precariedad de las milicias, la rivalidad y enfrentamiento entre las distintas facciones republicanas y la represión franquista. David aprende que de la teoría a la práctica hay un trecho. Poco a poco se aleja de la heterodoxia del Komintern, a la vez que se ve influido por los usos y costumbres españoles. Así, son sus ideales los que lo mantienen al lado de las milicias del POUM cuando el gobierno republicano -bajo la influencia de la URSS-  ilegaliza la organización y suprime las milicias, para fundirse con el recién creado Ejército Popular Republicano. Narraciones de una historia ya pasada. Una película muy recomendable para acercarnos a la historia de las milicias republicanas, con un gran final que nos deja un poema de William Morris que merece la pena señalar:



Únete a la batalla, 
en la que ningún hombre fracasa,
porque aunque desaparezca o muera, 
sus actos prevalecerán. 


[Come, join in the only battle wherein no man can fail, Where whoso fadeth and dieth, yet his deed shall still prevail.]

jueves, 25 de septiembre de 2014

Otto Dix, Sturmtruppe geht unter Gas, 1924

Muestras de una memoria pasada. No olvidemos que hace solo cien años en Europa comenzaba la guerra más cruenta hasta entonces conocida, solo superada poco después por la Segunda Guerra Mundial. Aquí, Otto Dix (1891-1969) pintor alemán conocido por su gran diversidad de estilos y por ser uno de los pintores más destacados del expresionismo alemán. Así, la experiencia de la guerra de trincheras, el trauma, la muerte, todo ello lo reflejaba diez años después en un cuaderno titulado Der Krieg (La guerra) compuesto de 50 dibujos*. Sin héroes, sin gloria, solo terror y paisajes inundados de bombas y muertos. 


*Más información sobre este trabajo: Heather Hess, «German Expressionist Digital Archive Project», en German Expressionism: Works from the Collection, 2011.

martes, 23 de septiembre de 2014

Apuntes de historia: El independentismo padano

Inauguro esta nueva sección denominada Apuntes de historia para razonar desde una perspectiva histórica algunos de los aspectos más interesantes de la vida social y política de nuestro presente. Con ello pretendo evitar la simplificación de las cuestiones problemáticas y, además, intentar mantener una postura analítica y crítica.

Así, en las últimas semanas -coincidiendo con el inicio de la nueva temporada televisiva-, los medios de comunicación se hacen eco del recrudecimiento de la cuestión del nacionalismo catalán con motivo de los últimos movimientos políticos de Artur Mas, el descrédito político de Jordi Puyol o el desarrollo de la Diada el pasado once de septiembre. Además, estos mismos días, Escocia ha decidido su futuro en cuanto a su relación con el Reino Unido. No queremos por lo tanto, entrar en las razones sociales o históricas que puedan respaldar la cuestión del nacionalismo catalán, ni de ningún nacionalismo, más allá de las opiniones personales que cada uno pueda tener. Lo que busco aquí, es sumar un caso más dentro de un pequeño ejercicio de historia comparada que tanto me gusta. Hablo del nacionalismo padano. 


Para ello, tenemos que viajar al pasado, y en concreto al olvidado siglo XIX, momento de auge de los nacionalismos en Europa y momento donde se unificaron los distintos territorios de la península itálica en un reino independiente, lo que en la historiografía italiana se conoce como Risorgimento. En este sentido, a pesar de la fuerza social y cultural que había movido la unificación, una de las primeras consecuencias que ha evidenciado la historiografía han sido las notables diferencias que existían entre el norte y el sur en la Italia de aquellos momentos. El norte, una tierra próspera, vinculada a la revolución industrial y conectada con la «Europa civilizada». El sur, en cambio, era para muchos septentrionales, un territorio de campesinos bárbaros e incultos. Una imagen, que más allá de la realidad socio-económica de cada lugar, se basaba en una cultura racista, también compartida por las élites del norte y centro de Europea en dicho momento. 


Con la entrada en el siglo XX, este discurso pareció sucumbir con el auge del nacionalismo italiano durante la Primera Guerra Mundial, las cuestiones del irredentismo y el repunte con la llegada del fascismo, en cuya piedra angular de su narración propagandística se encontraba el nacionalismo. Eran los momentos de una Italia unida. Pero en Italia, como en España, como en otros países, el discurso nacional no es estable, cambia, varía con el paso del tiempo y la interpretación del pasado se ve sometida a numerosas revisiones y a veces a revisionismos, en la definición más negativa del término. La primera crisis a la que se enfrentó fue durante la Segunda Guerra Mundial, la paradigmática posición que ocupó Italia en el conflicto, le llevó nada más y nada menos que a la explosión de un enfrentamiento civil. El final de la Alemania nazi y la victoria de los Aliados, enseñaron al mundo los niveles más altos de barbarie. En esos momentos Italia decidió su futuro. El final de la monarquía y el establecimiento de una república bajo el manto del discurso antifascista.

En otros momentos podemos hablar del antifascismo en Italia y de la profundidad de este tema. Pero aquí lo que nos interesa es que esta asociación, nacida con la república entre el antifascismo y la nación, se rompió con la llegada de los años noventa. Una ruptura provocada sobre todo por tres aspectos: en primer lugar por la crisis institucional y política tras el estallido del escándalo de Mani Pulite, la caída del muro de Berlín junto con el final de la Unión Soviética y la decadencia de los partidos republicanos tradicionales. En este contexto, además del «fenómeno Berlusconi» y apareció el fenómeno de las Ligas. Entre ellas la mas importante la Lega Nord


En resumen, el espacio político que proporcionó la crisis de los partidos tradicionales, en el norte de Italia dio margen a la recuperación del discurso de «Roma ladrona» por parte de Umberto Bossi, un cantante venido a menos que revitalizaba ese vieja interpretación racista del Risorgimento. En sus inicios, por lo tanto, la Lega Nord se configuró como un partido nacionalista, con base en la Padania, un país inventado a través de un neologismo que modernizaba esas diferencias socio-económicas entre el norte y sur. Un discurso radical, racista y euroescéptico. En los años noventa y principios del nuevo milenio, su participación en los gobiernos de Silvio Berlusconi fueron clave para mantener el poder de éste y de algún modo, entrar en las redes clientelares de la política italiana moderando en cierta medida su discurso que ha  pasado a ser de corte federalista, aunque con sus aspiraciones ideales intactas. En este sentido, en un plano comparativo podemos constatar, al igual que otros independentismos, hay una clara razón económica. La potente e industrial Padania frente a los indices de paro en el sur de Italia. Por otro lado, a diferencia de otros nacionalismos, el territorio carece de lengua, cultura e identidad política propia, lo que ha hecho que en los últimos años haya perdido algo de fuerza. 


A pesar de ello, su importancia histórica es innegable. Como aseguraba Pier Paolo Poggio, la Lega Nord fue el principal demoledor del viejo ordenamiento político, la canalización de los impulsos sociales contra la política tradicional. Una política tradicional vinculada a la Democrazia Cristiana y que a pesar de su «desuso» seguía vinculada al paradigma antifascista como origen de la República. Un aspecto totalmente contrario a la cultura del liguismo caracterizada por una importante impronta territorial, un fuerte componente étnico y el olvido de la lucha de clases por el conflicto con el exterior, ya fuera contra el sur, contra Roma, o contra los extracomunitarios. De este modo, la Lega se presentó como un modelo de cultura política-étnica, no muy común en Italia, bajo un curioso discurso lleno de manipulaciones históricas como denuncia Stefano Pivato: «A differenza delle nuove forze politiche che si sono affermate negli anni Novanta, la Lega non cerca però solo nella storia contemporanea i suoi antecedenti. I padani infatti sarebbero discendenti dei celti, fiero e belicoso popolo del Nord Europa e, sopratutto, acerrimo nemico dei romani. Come dire insomma che il mito di “Roma ladrona” non nasce sulle ceneri di Tangentopoli ma affonda le sue origini nei tentative di sottomissione e nelle “ruberie” che l'esercito di Giulio Cesare effetuò, secoli fa, nei confronti del popolo celtico.»

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Pier Paolo Poggio, «Liguismo y postliguismo», en Ayer. Revista de Historia Contemporánea, n. 16, 1994, pp. 121-142.
Stefano Pivato, Vuoti di memoria. Usi e abusi della storia nella vita pubblica italiana, Roma-Bari, Laterza, 2007, pp. 111-112.

martes, 2 de septiembre de 2014

Fredric Jameson, El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo, 1983-1998, 2000 (Parte2)

Así, esa nueva fase crítica en su pensamiento la podemos encontrar en uno de sus artículos publicados en 1994, en relación con los polémicos debates en torno al «fin del arte» y el «final de la historia» –rememorando a la filosofía hegeliana–. Respecto a lo primero, el autor nos introduce en la relación que existe entre las cuestiones políticas y el mundo de la cultura, con un debate que surgió a finales de la década de los setenta en torno a la Guerra de Vietnam y la complicidad con dicha guerra de instituciones, cánones culturales o museos –como los representantes de la alta cultura– por su defensa de los valores occidentales (pp. 99-100). Un ataque general al arte, que evidentemente no supuso su desaparición ni mucho menos su sustitución por otras disciplinas, ya que es un debate solo entendido por el autor dentro de la tensión política internacional que generó la guerra de Vietnam y la campañas en contra de dicha guerra. Por lo tanto, poco tiene que ver con lo que diez años después se denominó como «fin de la historia» (3). Básicamente, visto veinticinco años después, nos parece una readaptación de la filosofía de Hegel al interés de las «victoriosas» democracias liberales ante la caída del comunismo. El «final de la historia» supondría pues, el final de las luchas ideológicas, el final del motor de la historia –desde un punto de vista marxista– y el final de las luchas y la violencia social. Un mensaje no tan inocente como parece, que en pleno clima de confusión, gozó de una gran atención y aceptación por parte de los medios de comunicación, a pesar de la condición de arribista de Fukuyama dentro de la ciencia histórica. De tal modo, no es casualidad, como señala el propio Jameson en el libro (p. 115), que Francis Fukuyama –el autor de dicha controversia– hubiera formado parte del Departamento de Estado durante el gobierno de George Bush. Lo cierto es que a pesar del revuelo originado, no solo Fredric Jameson, sino cientos de profesionales de la historia (4), desacreditaron las teóricas idealistas de Fukuyama.


En este sentido, todo lo que hemos ido repasando, son muestras de lo que Jameson incluía dentro de ese «giro cultural» provocado por el posmodernismo. Pero ¿Qué cambios se apreciaron en el universo de la producción cultural lejos de ese plano teórico? Pues también el autor nos lo expone en varios de sus artículos. Por ejemplo, en el mundo cinematográfico, el autor vislumbra varios casos, American GraffitiEl ConformistaBarrio Chino, películas que evocan un momento pasado, lo que hasta entonces se llamaba cine histórico, pero que para Jameson tienen poco de históricas, simplemente la estética (pp. 18-22). Él incluye dentro de esta categoría de «film nostalgia», toda una serie de películas que a través de la «moda retro», nos remontan al pasado pero bajo unos estereotipos del presente, a su juicio, fruto de una sociedad incapaz de enfrentarse a su propio presente. Más ejemplos también en el campo de la arquitectura, con sus nuevas formas de entender el espacio urbano bajo el prisma del posmodernismo y que el autor resume –con el análisis del Westin Bonaventure Hotel de John Portman– en tres características: aspiración a ser un espacio total, separación con respecto a su vecindario e importancia del movimiento. También en el mundo del arte nos aporta su granito de arena, aunque para ello tengamos que desplazarnos a otra de sus publicaciones (5). Para él, el desarrollo del posmodernismo supuso una auténtica evolución de las artes visuales modernas con un aumento de la mercantilización y la superficialidad o pérdida del simbolismo y de mensaje. Todo ello, nos lo explica mediante la nada inocente comparación, como él mismo señala, entre el cuadro de Van Gogh, Un par de botas y Diamond Dust Shoes de Andy Warhol.


En definitiva, podemos decir que el debate en torno a la posmodernidad, aunque en buena medida ya superado, es todavía útil para entender los cambios en nuestra sociedad actual y, además, recuperarlo sirve para aclarar la confusión que originaron los acalorados debates de los años noventa y de los cuales hoy todavía vivimos sus consecuencias (6). De este modo, los nuevos retos que se nos plantean desde las ciencias sociales, las humanidades o en la propia producción cultural son muy importantes si pensamos en los recientes cambios en los medios de comunicación –la «democratización» de Internet con la explosión de las redes sociales por ejemplo– o en las nuevas fases de ese denominado capitalismo tardío –globalización total, crisis del trabajo tradicional, nuevas fases de organización empresarial o nuevos sistemas financieros –. En conclusión, no hay nada mejor, que aproximarse a Fredric Jameson y su obra, sin duda uno de los grandes especialistas del posmodernismo y además un gran intelectual, del que aprender a desarrollar una conciencia crítica tan necesaria para los tiempos que vivimos*.

(3)Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man, New York, Free Press, 1992.
(4)Por citar un ejemplo: Gerard Noiriel, Sobre la crisis de la historia, Valencia, Universitat de València, 1997, pp. 51-152. 
(5)Fredric Jameson, Teoría de la postmodernidad..., op. cit., pp. 26-34. 
(6)El propio autor ha «revisitado» su obra recientemente en: Fredric Jameson, El postmodernismo revisado, Madrid, Abada Editores, 2012.
*Versión utilizada: Fredric Jameson, El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo, 1983-1998, Buenos Aires, Manantial, 2000.

domingo, 31 de agosto de 2014

Fredric Jameson, El giro cultural. Escritos seleccionados sobre el posmodernismo, 1983-1998, 2000 (Parte1)

Con la entrada del siglo XXI, los debates acerca del posmodernismo –que tanta importancia tuvieron en las últimas décadas del pasado siglo– han ido perdiendo fuerza frente a la aparición de nuevas discusiones, teorías y conceptos. Por lo que solo nos queda presentar a nuestro autor, Fredric Jameson, uno de los principales críticos del posmodernismo y al mismo tiempo uno de sus grandes teóricos. De hecho, es mundialmente conocido por la publicación de El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado en el año 1991 donde expuso de manera extendida su crítica al posmodernismo desde una perspectiva marxista (1). A propósito de esto, es interesante conocer su periodo de formación en Europa, un detalle que lo distingue de otros pensadores norteamericanos, ya que le otorgó un gran conocimiento de las corrientes filosóficas marxistas, el estructuralismo o la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, es decir, la flor y nata de la filosofía continental de los años cincuenta. Por este motivo, Jameson ha sido incluido dentro de esa gran corriente de teóricos marxistas, padres e hijos de la denominada New Left que nació en torno a la década de los setenta.


Por ello, tanto por el historial del escritor como crítico literario, teórico marxista y analista de las culturas contemporáneas, como por la profundidad de los debates en torno al posmodernismo, hacen de esta recopilación un foco muy interesante de conocimiento y análisis. Como he dicho, se trata de una recolección de los escritos de Jameson publicados en diversas revistas académicas entre 1983 y 1998, siendo este, uno de los puntos fuertes de la obra, ya que podemos ver la propia evolución intelectual del autor y su pensamiento acerca del posmodernismo, la sociedad, la historia, el arte, la política, la producción cultural y otros temas de los que hablaremos más adelante. Teniendo en cuenta esto, no es casualidad que el prologuista de la obra sea Perry Anderson, historiador y destacado miembro de la escuela marxista británica, preocupado por la transición del feudalismo y en los últimos años sobre temas relacionados con el posmodernismo. Y es que, desde mi punto de vista, parece necesario contextualizar la obra desde un punto de vista histórico para entenderla al completo. No en vano, las dos últimas décadas del siglo xx son vitales para entender el confuso salto al nuevo siglo, en tanto en cuanto algunos historiadores así lo han planteado (2). En primer lugar por el colapso de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, que supusieron el ocaso del comunismo a nivel internacional. En segundo lugar, por las políticas neoliberales practicadas desde los países occidentales que fueron acompañando la propia crisis del comunismo. Esto es, el mandato de Ronald Reagan y Margaret Thatcher durante la década de los ochenta que sentaron las bases de comportamiento de los gobiernos conservadores hasta prácticamente nuestros días. Y además de todo ello, una grave crisis de las ideologías, o como nos lo presenta el autor de estos artículos, la crisis de pensamiento que desató el posmodernismo.


De hecho, en el primero de los artículos fechado en 1982, Jameson nos expone ya lo que serán sus ideas centrales sobre la liquidación del modernismo. Para él, siempre bajo el prisma de una interpretación marxista de la historia, la aparición del posmodernismo respondía a la evolución del sistema capitalista hacia un capitalismo tardío. Dicho salto habría empujado a la sociedad, al mundo de la cultura, del arte o de la historia, al desarrollo de nuevos rasgos que, evidentemente, enterraban el pensamiento modernista. En este sentido, lo que hoy vemos como obvio, hace treinta no lo era tanto, y esta observación tiene mucho de cierto. Ya que a la vez que muchos de sus contemporáneos miraban para otro lado, Jameson se atrevió a teorizar sobre un hecho tan palpable como los cambios en la sociedad y en la cultura occidental, el mundo que había salido del periodo de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial, ya no era el mismo en los años ochenta. Por eso, como el propio autor señala, muchas personas no aceptaban el posmodernismo por la poca familiaridad que tenían con los nuevos conceptos que estaban surgiendo en la década de los ochenta (pp. 11-12). Y lo cierto es que para Jameson el posmodernismo no era solo un nuevo estilo, era también en sus palabras, un elemento «periodizador» (p. 14), esto es, un indicador de multitud de cambios en su sociedad contemporánea: la reacción al modernismo, la desaparición del límite entre la alta cultura y la cultura de masas, el final del individualismo, la moda de la nostalgia –sobre todo patente en el cine–, la nueva arquitectura, la estética de la sociedad de consumo y un largo etcétera.


Sea como fuere, el texto nos plantea una doble interrogante. Por un lado, si el posmodernismo fue una mera reacción frente al modernismo, es decir, el modernismo en origen subversivo, en los años setenta ya dentro de la academia se institucionalizó y necesitaba un empuje nuevo, fruto de los nuevos movimientos sociales que surgen de Mayo del 68, para su regeneración. O en cambio, tal y como mantiene el autor, si fue fruto de la nueva lógica establecida por el capitalismo tardío, es decir, la rendición de la cultura al capitalismo financiero (pp. 31-34). Y es que para Jameson, todas las posturas de teóricos y pensadores, fueran tanto partidarios como detractores, evidenciaban la aceptación del término como reflejo de esa evidente ruptura a diferentes niveles de la sociedad (pp. 36-41). Por lo tanto, treinta años después de sus primeros teorías sobre el posmodernismo pocas cuestiones podemos criticar de sus planteamientos, salvo, y siempre bajo mi punto de vista, su excesivo pesimismo sobre la independencia del mundo de la historia y el arte respecto al sistema capitalista. Pero como he dicho, el propio autor matiza sus planteamientos en otros escritos más recientes.

(1)Fredric Jameson, Teoría de la postmodernidad. La lógica cultural del capitalismo avanzado, Barcelona, Paidós, 1991. 
(2)Como por ejemplo la obra de Eric Hobsbawm, The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914–1991, London, Penguin Books, 1994. 

sábado, 30 de agosto de 2014

Miguel Delibes, Los santos inocentes, 1981

La posguerra española es uno de los períodos más tristes de la historia de España. El fallido golpe de Estado, trajo consigo una guerra civil de 3 años, una represión que costó la vida a más de 250.000 personas y una situación de pobreza, miseria y cartas de racionamiento. Las libertades y derechos por los que se habían luchado durante los 5 años de República fueron barridos de la península al son de la "era" de los fascismos. Con el final de la Segunda Guerra Mundial, España se rebeló como el residuo de la Europa fascista. Punta Europa, la única esperanza frente a la amenaza comunista. Sin duda, la propaganda franquista supo muy bien cambiar de chaqueta una vez que los vientos soplaban desde el Oeste. 




Así, la situación de la población era deprimente. En el campo, aquellos útopicos planes de repartos de tierras, desaparecieron al igual que la República. Era el tiempo de lo terratenientes. Por eso me gustaría conectar con una de las grandes novelas de la literatura contemporánea española, Los Santos Inocentes*. Una obra escrita por el gran Miguel Delibes, autor entre otros de El camino o Cinco horas con MarioEn esta la novela nos dirije a uno de estos cortijos comunes en la zona meridional de España -en este caso, la Extremadura más profunda-, con un reparto de papeles muy evidente. Por un lado, el señorito Iván, el marqués, el niño de papá, cuya única preocupación es ir de caza y no volver con las manos vacías. Y por otro lado, tenemos a Paco, el Bajo, y su familia -Régula, Azarías, Nieves o la Niña Chica-. 



El texto nos describe con gran crudeza, el sistema de servilismo establecido en la España franquista de la posguerra, en torno a los años cincuenta, años sesenta. La introducción de la maquinaria en el mundo agrícola, el salto generacional, el clientelismo, la obra nos plantea muchos temas interesantes. De los cuales a mi me llama la atención el especial protagonismo de esas minorías inocentes a las que se refiere Miguel Delibes. El trabajador explotado, el discapacitado olvidado o la naturaleza violada.

*Versión utilizada: Miguel Delibes, Los santos inocentes, Barcelona, Seix Barral, 1981.

lunes, 25 de agosto de 2014

La Primera Guerra Mundial en la literatura: Ernst Jünger, Tempestades de Acero, 1920 (2013)

Volvemos con una nueva entrada sobre la Primera Guerra Mundial y la memoria que de ella se ha ido depositando a través de la literatura. Y de nuevo volvemos con un clásico, esta vez desde el otro lado de las trincheras, una de las obras más importantes y significativas de Ernst Jünger, Tempestades de Acero*.


Lo más interesante de esta obra, además de ser considerado uno de los principales escritos bélicos de la historia de la literatura, es que a diferencia de otros relatos no guarda en ningún momento un discurso antibelicista. De hecho, casi todo lo contrario, Jünger escribió una alabanza a la guerra, una exaltación a los valores humanos que solo una guerra puede generar.Así, valores como la camaradería, la valentía, la virilidad o la juventud se adaptaron cual piezas de puzzle a las nuevas ideologías políticas que surgieron a partir de 1919.

En este sentido, las memorias de trinchera de Jünger fueron un gran éxito tras su publicación en 1923, sobre todo entre los grupos de excombatientes y también entre la generación de los "hijos de la guerra" que más tarde serían los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial. El caso de Alemania es el más llamativo. Tras la derrota de 1918, la República de Weimar nació con pocas expectativas de futuro y aprovechando la inestabilidad que generó la revolución espartaquista, fueron ganando terreno los Freikorps, formados precisamente por esa gran masa de excombatientes en paro y con claros problemas de volver a la vida civil tras los traumas de la guerra. 


El libro de Jünger pareció despertar las conciencias de todos ellos, que además con las formaciones paramilitares de los  nuevos partidos políticos, como por ejemplo las SA del Partido Nazi, podían volver a dotar de un sentido su existencia. Estamos hablando de un fenómeno europeo, no podemos olvidar que en este mismo periodo en Italia, los camicie nere del Partito Nazionale Fascista de Mussolini -compuestos en su mayoría por excombatientes y nacionalistas- habían ya realizado su famosa Marcha sobre Roma.

A pesar de ello, Ernst Jünger nunca quiso vincularse al NSDAP, llegando a prohibir el uso de sus textos en favor del nazismo, si bien es cierto que no renegó nunca de su ultranacionalismo y la defensa del militarismo formando parte de la llamada Konservative Revolution junto con Ernst Von Salomon, Oswald Spengler, Werner Sombart o incluso Carl Schmitt. Controvertida figura por lo tanto, que durante la Segunda Guerra Mundial ejerció de oficial de la Werhmacht, aunque criticó la participación del esta en la Solución Final. Sus libros, entre ellos, Tempestades de Acero, estuvieron prohibidos durante la posguerra en Alemania, hasta que finalmente en los años sesenta se comenzó a rehabilitar su figura como uno de los grandes escritores alemanes del siglo XX.



Estamos por lo tanto, ante un libro polémico, hoy ejemplo de memoria de la Primera Guerra Mundial, otrora oda al "hombre de acero" alemán curtido en la guerra de trincheras y capaz de elevar a Alemania en la cúspide entre todas las naciones. Un relato fundamental para sumergirnos en el día a día del frente, descrito sin ningún tipo de contemplaciones e interesante para entender no solo la Primera Guerra Mundial sino los acontecimientos posteriores. 

*La versión aquí utilizada: Ernst Jünger, Tempestades de Acero, Barcelona, Tusquets, 2013.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Albert Speer, Memorias, 2002 (1969)

Las memorias son un tipo de fuente muy interesante para la labor del historiador, siempre y cuando se tengan en cuenta las características de dicho género, ya que como memorias entendemos un libro o relación escrita en que el autor narra su propia vida o acontecimientos de ella. Una vez dicho esto, muchos han sido los historiadores y curiosos sobre la historia de la primera parte del siglo XX que se han preguntado qué había dentro de las cabezas de los jerifantes nazis o cómo pudieron dirigir al mundo a unos niveles de crueldad nunca conocido hasta entonces. Preguntas con una difícil respuesta.


Para añadir un poco de información a este tipo de cuestiones, podemos recurrir a las memorias de Albert Speer publicadas en 1969, tras pasar 20 años en la prisión de Spandau por su controvertida condena en los Juicios de Nuremberg de 1946. Y digo controvertida, porque a pesar de haber estado vinculado a la figura de Hitler como su arquitecto desde finales de los años 20, y a partir de 1942 como Ministro de Armamento y Guerra hasta el final de la guerra, se salvó de la horca. Algunos autores dicen por su arrepentimiento durante los juicios, otros porque intentó frenar la guerra mucho antes de su final poniendo en peligro su integridad física, es un tema todavía discutido.


Aquí, más allá de los debates, vamos a hablar de sus memorias. Unas memorias que salieron a la luz prácticamente en los años 70, cuando la memoria de la Segunda Guerra Mundial y de la Alemania Nazi «parecía» enfriarse. Momento probablemente bastante idóneo para enseñar al mundo su visión dulcificada de lo que había supuesto el régimen nazi y en concreto la figura de Adolf Hitler. Una visión compatible con la voluntad de parte de la población alemana de posguerra de hacer borrón y cuenta nueva. Los juicios de Nuremberg, la desnazificación, la partición del territorio alemán en dos, ya habían pagado por sus errores. La rápida implantación de la dinámica de la Guerra Fría tras el final de la Segunda Guerra Mundial, propició las campañas de amnistía y liberación de antiguos nazis -como estaba sucediendo con viejos fascistas en Italia-. Los años de olvido, fueron sucedidos por los años del enfriamiento de la memoria, una memoria que las jóvenes generaciones que no habían vivido ese periodo querían conocer. 

En este sentido, en los años setenta surgen dos corrientes -todo esto de manera muy resumida-, una corriente historiográfica profesional consecuente con el triste pasado alemán, y otra corriente revisionista promovida por antiguos nazis y simpatizantes, amantes de la conformidad social. Esta es una cuestión que irá más allá de los años setenta y que desembocará en la ya famosa Historikerstreit (1) -Querella de los historiadores-. Es en este contexto donde tenemos que entender estas memorias. Unas memorias con cierto carácter autoabsolutorio, no en vano estaban escritas durante su estancia como reo en la prisión de Spandau, y donde nos ofrece por un lado sus experiencias como arquitecto profesional y más tarde como Ministro para el III Reich, y por otro lado la visión «morbosa» de sus vivencias junto a Hitler, Bormann o Göring. Para algunos historiadores, estas memorias sirvieron para minimizar su resposabilidad en el desarrollo del régimen nazi, donde reiteraba en numerosas ocasiones su desconocimiento voluntario acerca del Holocausto. De hecho, tras su muerte se descubrieron documentos firmados por el mismo Speer, donde se autorizaba el envío de material al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, donde se hacía referencia explicita sobre los hornos crematorios y las torres de vigilancia (2).


A mi personalmente, como aprendiz de historiador, siempre me han interesado las autobiografías y memorias de este periodo de la historia. Ya que la primera mitad del siglo XX supuso para la historia del mundo Occidental un verdadero cambio de paradigma, la ruptura del mundo del progreso construido durante el siglo XIX, que la Primera Guerra Mundial barre y que la Segunda Guerra Mundial transforma por completo, en esos treinta años, prácticamente dos generaciones, el cambio fue de blanco a negro.

*La versión aquí utilizada: Albert Speer, Memorias, Barcelona, Acantilado, 2002.
(1)Para completar una imagen de la importacia de dicho acontecimiento en el panorama historiográfico véase: Ignacio Peiró Martín, «La era de la memoria: reflexiones sobre la historia, la opinión pública y los historiadores», en Memoria y Civilización, 7 (2004), pp. 243-294; Gonzalo Pasamar Azuria, «Los historiadores y el "uso público de la historia": viejo problema y desafío reciente», en Ayer, 49, pp. 221-248.
(2)Valentino Paolo, «Cade la maschera di Speer "Fu complice della Shoah"», Corriere della Sera, 24 mayo 2005.

jueves, 31 de julio de 2014

Valiant Hearts: The Great War, Ubisoft Montpellier, 2014

A propósito del centenario de la Primera Guerra Mundial estamos hablando de historia y literatura, pero poco de videojuegos. Y es que tenemos que olvidar la vieja definición de cultura, ya que hoy en día entre expresiones culturales de máximo nivel nos podemos encontrar, efectivamente, también con videojuegos. Un ejemplo de lo que estoy diciendo es Valiant Hearts: The Great War, un juego de lógica y aventuras desarrollado por la compañía francesa Ubisoft Montpellier.



Está ambientado en la Primera Guerra Mundial, y nos ponemos en la piel de una serie de personajes que por una u otra razón se ven envueltos en el conflicto. Lógicamente, el juego se inicia con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, el estallido de la guerra y el arranque del odio entre las distintas nacionalidades. Karl, Emile, Freddie o Anna son las caras virtuales de un conflicto que rompió familias, levantó fronteras y dejó un panorama histórico - social totalmente distinto a los días anteriores al 28 de julio de 1914.



Además de su jugabilidad influenciada por los videojuegos de plataformas y de aventuras gráficas, podemos disfrutar de un verdadero trabajo de dibujantes inspirados claramente en el mundo del comic, por ejemplo el gran Jacques Tardi, y también de cartas e historias curiosas sobre los objetos de la vida cotidiana en las trincheras, acontecimientos importantes de la guerra y cosas de ese tipo. Un soplo de aire fresco para la industria del gaming, que puede ser además un modelo a seguir por su mezcla de entretenimiento, historia, dibujo, imaginación, educación y nuevas tecnologías.

viernes, 18 de julio de 2014

Martin Davidson, El nazi perfecto, 2012 (2010)

Las primeras páginas del libro(1) de Martin Davidson parecen presentarnos una de tantas biografías de personajes anónimos que se han escrito a lo largo de las últimas décadas. Pero conforme vas te adentrando poco a poco en la obra, te das cuenta de que no es así. De hecho, desde mi punto de vista es una de las mejores obras que entremezclan el género biográfico con una obra de historia propiamente dicho. Cosa que no es de extrañar, puesto que Martin Davidson (n. 1960, Edimburgo) es Licenciado en Oxford y responsable-editor de los programas de historia de la BBC. 


Desde el primer momento su historia cuenta con una particularidad, su abuelo era alemán. Un dato importante para un escocés nacido en 1960, cuando la memoria de la Segunda Guerra Mundial y los recuerdos de la barbarie nazi estaban todavía muy presentes. Su madre había emigrado a Escocia, lugar donde se había establecido. Desde pequeño, su abuelo era para el un misterio. Los veranos de vacaciones en el Berlín Occidental de la Guerra Fría, las conversaciones y regalos de su abuelo, al pequeño Martin le parecía imposible que su abuelo hubiera vivido un periodo tan convulso en Alemania sin estar relacionado con todo ello. Este misterio era todavía más acrecentado por el tabú que existía en su familia materna en torno al tema. 

Su abuelo falleció en 1992 y la duda que Martin había tenido durante 30 años se fue a la tumba con él. Solo le quedaban algunas conversaciones inconexas y el libro de Tempestades de Acero de Ernst Jünger que le había regalado su abuelo. Era el momento de hablar con su madre, de resolver el misterio. De este modo, Martin nos cuenta como descubre que realmente su abuelo, Bruno Langbehn dentista de profesión, había pertenecido a las Schutzstaffeln. Es decir, no solo había sido uno de los protagonistas de ese periodo oscuro para Alemania como fue el nazismo, sino que además había pertenecido a una de las organizaciones donde era innegable su participación activa en la misma.


De este modo, el autor nos desarrolla los orígenes sociales, morales e históricos del nazismo, probablemente el acierto más interesante del libro. Y es a esto a lo que me refería con lo de romper la típica narración biográfica, no es la historia de Bruno Langbehn, un nazi. Es la historia de Bruno Langbehn que junto con la de otros muchos alemanes, conformaron el engranaje dirigido por Adolf Hitler. De tal modo, este libro nos demuestra la utilidad del género biográfico en cuanto a la difusión del conocimiento histórico, alejándonos de aquellas anticuadas y exaltadoras biografías de los grandes personajes. Así, con este discurso y de la mano de la historia de Bruno Langbehn, recreamos el momento en que tantos alemanes, decepcionados con el resultado de la Primera Guerra Mundial, asimilan los mitos de la extrema derecha y del nacionalsocialismo. Los años de luchas callejeras contra los comunistas, la crisis económica y el crack del 29, el ascenso electoral de Hitler, convirtieron en «normalidad» ser un nazi. 


Recomendamos su lectura, y conectamos además, con otras biografías, estas de personajes clave, que dejan el género biográfico muy alto y que conforman lecturas obligatorias para cualquier persona que quiera saber más sobre la historia del siglo XX. Estas son la biografía de Hitler de Ian Kershaw, la de Franco de Paul Preston y para cerrar esta trilogía la obra sobre Mussolini de R.J.B. Bosworth(2).


(1) La versión utilizada: Martin Davidson, El nazi perfecto. El descubrimiento del secreto de mi abuelo y del modo en que Hitler sedujo a una generación, Barcelona, Anagrama, 2012.
(2) Ian Kershaw, Hitler, Barcelona, Península, 2010; Paul Preston, Franco. Caudillo de España, Barcelona, Debolsillo, 2011; R.J.B. Bosworth, Mussolini, Barcelona, Península, 2003.

martes, 8 de julio de 2014

Nuccio Ordine, L'utilità dell'inutile, 2013

L'utilità dell'inutile* o cómo dar sentido al tiempo «perdido» -y esto lo añado yo- es el último libro de Nuccio Ordine, filósofo italiano y profesor de literatura italiana en la Universidad de Calabria, uno de los grandes expertos en el Renacimiento italiano -en concreto por sus estudios sobre Giordano Bruno- así como colaborador habitual en las páginas de cultura del Corriere della Sera


Y si su perfil es sorprendente, todavía lo es más el libro al que nos obliga -en el buen sentido- a enfrentarnos. Un canto a lo inmaterial, un canto a las humanidades, un canto, como dice el propio autor, «a todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores» (p. 9). En tiempos de crisis económica, del todo vale, del paro -sobre todo juvenil- entre los que me incluyo, este libro ofrece un rayo de esperanza para pensar que quizá no este todo perdido. El propio autor asegura que «il sapere è l’ultima forma di resistenza alla logica dell’utilitarismo», y esto es precisamente lo que nos demuestra en este manifiesto. Para ello, pasa por su filtro toda una serie de aportaciones que grandes personajes han hecho al respecto: desde Dante Alighieri, pasando por Miguel de Cervantes y su Don Quijote, hasta García Lorca, Heidegger o Italo Calvino.

En este sentido, llegamos a la conclusión de que no todo puede comprarse, y no, no estamos hablando de Mastercard, ya saben, para todo lo demás. Hablamos del saber. El propio autor nos afirma que es la propia naturaleza que caracteriza el conocimiento lo que lo hace incompatible con la «omnipotencia del dinero y del utilitarismo». El empeño, la dedicación, el largo y duro camino que requiere el conocimiento puro, no hay dinero ni sobres que puedan comprarlo, es decir «ni el más prestigioso título adquirido con dinero nos aportará la auténtica metaformosis del espíritu» (p. 15).


Un libro antídoto contra los políticos incompetentes, contra los recortes en educación, en investigación y cultura, contra el homo oeconomicus, contra la sociedad de consumo, contra la superflua vida moderna. En definitiva, un libro que te abre los ojos, y te enseña un rincón alternativo al frío mundo sin memoria de la obsesión por los beneficios.  

*La versión aquí utilizada ha sido: Nuccio Ordine, L'utilità dell'inutile. Manifesto, Milano, Bompiani, 2013 [edición en castellano: La utilidad de lo inútil, Barcelona, Acantilado, 2013]

jueves, 3 de julio de 2014

Giuseppe Pellizza da Volpedo, Il Quarto Stato, 1901

Il Quarto Stato, que en sus orígenes se llamó Il cammino dei lavoratori, es un cuadro que se ha convertido en un verdadero icono del siglo XX ya que viene a representar todos los cambios sociales que se produjeron con la herencia de la Revolución Francesa por un lado, y con la industrialización por otro. El «largo siglo XIX» -término acuñado por el historiador británico Eric Hobsbawm(1)- fue por lo tanto, el periodo que dio paso a la aparición del «cuarto estado», esto es, el mundo proletario. De gran importancia cuando en 1914 con el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial y la decadencia de las viejas aristocracias, las masas van a reclamar su protagonismo. Y hasta aquí, que todavía queda Mundial de fútbol y la cosa no está para tonterías (/ironía).

*Óleo sobre lienzo, 293 cm × 545 cm, Museo del Novecento, Milano

(1) Le expresión de Long nineteenth century, influenciada por Fernand Braudel, viene reflejada en la publicación de sus obras sobre el siglo XIX en tres volúmenes que sobrepasan tal cronología: Cfr. Eric Hobsbawm, The Age of Revolution: Europe: 1789–1848The Age of Capital: 1848–1875The Age of Empire: 1875–1914 recopilados en castellano por Crítica en: Eric Hobsbawm, Trilogía Eras, Barcelona, Crítica, 2014.

martes, 1 de julio de 2014

La Primera Guerra Mundial en la literatura: Dalton Trumbo, Johnny got his gun, 1939

Aprovechando el centenario del trágico estallido de la Primera Guerra Mundial, y al son del crecimiento de las publicaciones sobre dicho tema, nos ha parecido interesante desarrollar un pequeño comentario acerca de la literatura «clásica» sobre este conflicto. Una manera diferente para aproximarse a un periodo complejo, lejos de los tradicionales manuales de historia.


Y es que la Gran Guerra azotó, como ninguna guerra lo había hecho hasta ese momento, la conciencia colectiva de la sociedad -sobre todo a nivel Occidental y más concretamente a nivel europeo-. La guerra rompió los lazos entre los intelectuales que en su gran mayoría se pusieron al servicio de su país, las fronteras fueron más que nunca murallas infranqueables, y el paso de los años, fue pesando cada vez más en la memoria de la colectividad. La Gran Guerra demostraba así, al ser humano, que no todo era progreso, que la barbarie era una posibilidad. Hemos comentado ya en este blog, la experiencia que dejó en algunos de los protagonistas de aquellos momentos, como por ejemplo el pintor alemán Max Beckmann (click).

Una experiencia, que junto a otras millones de experiencias, inspiró a numerosos intelectuales a escribir, pintar o filmar lo que había visto -conformando así ese concepto de «memoria colectiva», que no casualmente estaba desarrollando en aquellos momentos Maurice Halbwachs-. El primer ejemplo que vamos a tratar aquí es el de Dalton Trumbo.

Y es que Dalton Trumbo es, sin duda, un personaje muy interesante. Nacido en 1905 en Estados Unidos, estudió en la Universidad de Colorado y ya en la década de los 30 empezó a trabajar para prestigiosas revistas como Vanity Fair, y también cuando comenzó escribir sus primeras novelas. En los años 40 al mismo tiempo que se convierte en un reconocido guionista de Hollywood comienza su descrédito público. Su vinculación al Partido Comunista de los Estados Unidos, la valió la acusación por parte del Comité de Actividades Antiestadounidenses, por lo que fue encarcelado 11 meses y después exiliado en México desde donde continuó escribiendo en contra de la política macarthismo.



En este sentido, si su vida es interesante, todavía lo es más una de sus novelas. Johnny got his gun*, escrita en 1939, parecía anunciar el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Un relato en el que conocemos la historia de Joe Bonham, un soldado estadounidense que luchando en la Primera Guerra Mundial es alcanzado por un obús quedando incapacitado de manera terrible. Joe despierta en un hospital, parece encontrarse en un sueño profundo, entremezclando los recuerdos de la guerra con los de su vida en paz junto a su familia y su novia. Poco a poco, Joe cae en la cuenta de que no se encuentra dormido, ni soñando, ni atravesando el umbral del más allá, sino que está en la cama de un hospital, sin piernas, ni brazos, ni ojos, ni capacidad para hablar, solo su cerebro funciona, un prisionero dentro de sí mismo. 

La novela por lo tanto tiene una clara voluntad antibelicista ya que nos muestra los horrores reales de la guerra alejados de la épica. Pero no solo eso, también nos suscita temas como el debate en torno a la eutanasia o el olvido de los veteranos de guerra. El libro tuvo una gran acogida ya que recibió el National Book Awards por el libro más original de 1939. Además, por la filiación política del escritor, se convirtió en una llamada pacifista de la izquierda estadounidense en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Años después el propio Trumbo dirigió su adaptación al cine, tras haber triunfado como guionista de varias películas -Spartacus dirigida por Stanley Kubrick o Papillon-, a pesar de su «cruz» tras el paso del macarthismo. El film fue estrenado en 1971 con los Estados Unidos inmersos en plena Guerra de Vietnam, la llamada pacifista parecía volverse a repetir, de hecho no es casualidad que Dalton Trumbo decidiera adaptarla al cine en esos momentos.


*La versión utilizada aquí: Dalton Trumbo, Johnny cogió su fusil, Barcelona, El Aleph, 2005.

lunes, 30 de junio de 2014

Sally Perel, Tú tienes que vivir, 2014 (1991)

Pocas personas pueden contar con una experiencia tan desgarradora y emocionante como Solomon Perel. Y no solo eso. Además de ello, tener la habilidad para explicarlo de la manera en que lo hace Sally, unas memorias sinceras, bien escritas y sobre todo muy interesantes para acercarse al periodo de la Segunda Guerra Mundial desde un punto de vista distinto.



De este modo, Tú tienes que vivir* es la esperada traducción al español del testimonio de Solomon Perel, que durante cuatro años bajo el yugo nazi se llamó Josef Perjell. Una historia de exilios, natural de Peine (Baja Sajonia), tuvo que huir de Alemania junto a su familia ante el ascenso del nazismo y el aumento de las hostilidades contra los judíos. Su nuevo hogar fue Lodz. Como se sabe, el 1 de septiembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial con el inicio de la invasión nazi sobre Polonia, y de nuevo la familia Perel bajo el peligro que representaba para ellos la cruz gamada.

«Tú tienes que vivir» -le dijo su madre- Antes de despedirlos a él y a su hermano del gueto de Lodz. El exilio continuaba, cruzaron el límite marcado por el pacto Molotov-Ribbentrop que partió Polonia en dos, y donde Solomon acabaría en un internado del Konsomol en Grodno -hoy Bielorrusia-. Pero de nuevo la bota nazi daba un paso al frente, en el verano de 1941 se inició la Operación Barbarroja, es decir, la extensión del Blitzkreig en Rusia. El nazismo decidió así atacar a su enemigo natural, el bolchevismo judío, una guerra sin piedad, un nuevo hito en el nivel de crueldad del género humano. Comisarios políticos y judíos fueron exterminados sin motivo alguno, y entre medio de todo ese infierno, el joven Sally -en aquel momento tenía 15 años- era detenido por la Werhmacht.

«Tú tienes que vivir» -recordaba continuamente Solomon- cuando los soldados alemanes comenzaron a identificarlo. A partir de ese momento, Sally Perel desapareció, dando paso a Josef Perjell, un Volksdeutsche** huérfano «preparado» para regresar de nuevo al Tercer Reich. Su habilidad para los idiomas, alemán, polaco y ruso, le valieron para permanecer como traductor junto a los soldados de la Werhmacht, hasta que fue reclamado por su edad para formar parte de la más selecta educación que se podía ofrecer a un joven en la Alemania nazi, un internado de las Hitlerjugend -Juventudes Hitlerianas-. Paradojas de la vida, un judío, un ser «inferior», entre los vástagos de la flor y nata de la raza aria.

Así salvó Solomon su vida. Cuatro años en la boca del lobo, cuatro años silenciando a su «yo judío» que evidentemente minaron su propia capacidad para identificarse hasta tal punto de encontrarse al final de la guerra con sentimientos enfrentados. Muy recomendable por lo tanto su lectura, tanto por su aspecto narrativo como por su carácter histórico. Unas memorias escritas cuarenta años después de los acontecimientos, en los años ochenta, cuando la memoria de la Segunda Guerra Mundial, de la Shoah o del nazismo, parecía -y digo parecía- enfriarse. Ya que es precisamente en este momento -finales del siglo XX- cuando empiezan a incrementarse el numero de publicaciones referentes al tema, tanto de textos de carácter biográfico o memorial -como este aquí comentado-, como también de publicaciones e investigaciones de carácter científico. Un momento en el que la ciencia histórica se tuvo que enfrentar a numerosos aspectos que parecían ir más allá de la comunidad científica. Esto es por ejemplo, las cuestiones judiciales, no podemos olvidar el punto de inflexión que había marcado el juicio a Eichmann en 1961, o cuestiones relacionadas con la memoria y los usos públicos de la historia, pero de eso se puede hablar otro día.



*Sally Perel, Tú tienes que vivir, Madrid, Editorial Xorki, 2014. 
**Sobre el término Volksdeutsche veáse: Doris L. Bergen, «The Nazi Concept of 'Volksdeutsche' and the Exacerbation of Anti-Semitism in Eastern Europe, 1939-45», en Journal of Contemporary History, Vol. 29, No. 4, 1994, pp. 569-582.

martes, 17 de junio de 2014

Personajes: Mussolini (Parte II)

De este modo, la guerra había acelerado las contradicciones de la sociedad italiana, bloqueando por completo el sistema liberal. Los intentos de Giolitti de introducir al obrerismo en el orden liberal habían fracasado, y desde el final de la guerra se realizan numerosas huelgas, ocupaciones de tierras, ocupaciones de fábricas, la afiliación a los sindicatos socialistas aumenta considerablemente; lo que causó el pánico entre la clase propietaria y la burguesía -que tenían en el recuerdo la Revolución de Octubre del 17 muy presente el miedo al socialismo-, son por lo tanto años de gran conflictividad social. Ante la incapacidad gubernamental de frenar el fenómeno, ya que el colapso del sistema liberal había acabado por debilitar el Estado, la burguesía va a financiar a grupos paramilitares para luchar contra el obrerismo, grupos que estarán formados en su mayoría por ex-combatientes que más tarde pasaron a formar parte del fenómeno del squadrismo con la creación de los Fasci di Combattimento por Mussolini en marzo de 1919 -en Milán-. Y que irán adquiriendo gran fuerza, sobre todo en el norte de Italia ya que contaban con el apoyo económico de los Agrari -grandes terratenientes- y además gozaban de la complacencia de las fuerzas de seguridad del Estado. 


Así, poco a poco, Mussolini se fue apropiando y redirigiendo los distintos elementos que formarán el fascismo, como por ejemplo el mito de la victoria mutilada que conllevaba asumir el nacionalismo y el imperialismo, la cultura de lo excombatientes que acabó configurando el fenómeno paramilitar fascista, además de toda una retórica caracterizada por un tono radical, revolucionario, joven -el himno del Partido Fascista se titulaba Giovinezza-, que además exaltaba la masculinidad y que hacía del fascismo una salida atractiva frente al sistema liberal con una clara proyección para la conquista del poder y la destrucción del socialismo. Todo ello, en un contexto donde el derrumbe de los antiguos partidos liberales, posibilitó el auge de los partidos de masas, como es el caso del Partito Popolare de Sturzo o el Partito Socialista, pero que ante imposibilidad de acuerdo para acceder al poder, mantuvo a lo viejos lideres liberales hasta la llegada de Mussolini. Siendo otra muestra más del bloqueo que estaba viviendo el sistema liberal y también cómo poco a poco el fascismo se presenta como una alternativa política. De hecho en noviembre de 1921 son incluidos por Giolliti en el bloque anti-socialista y como medida para dar más coherencia al movimiento fascista, Mussolini transforma los Fasci di Combattimento en el Partito Nazionale Fascista, que un año después y con tan solo 32 diputados fascistas subían al poder tras el nombramiento de Benito Mussolini como primer ministro. Ese año por lo tanto se produjo la plasmación de la alianza entre las viejas élites italianas -el rey, el ejército, el clero y los grandes propietarios- con el fascismo y que tuvo su máxima representación en la marcha sobre Roma. 

Luego ya, Mussolini y el fascismo se ocuparon de construir el mito del acceso al poder mediante la fuerza que era una obsesión en Mussolini, pero realmente fue una combinación de la violencia paramilitar y los acuerdos políticos con las viejas élites lo que le dio el poder y la decisión del rey de no actuar, y es que el papel del rey aquí fue fundamental, ya que se sabía que incluso entre los fascistas, ante la posible tesitura de elegir entre el rey o Mussolini, habrían elegido apoyar al rey. Por lo tanto y como se ha señalado muchas veces, el fascismo como movimiento tuvo que reducir su retórica radical para acceder al poder mediante ese acuerdo con las viejas élites italianas, de ahí la distinción entre fascismo como movimiento y fascismo como régimen. 


Y ahora dando un salto a la historia política y los acontecimientos del régimen fascista como por ejemplo la propia marcha sobre Roma, la ley Acerbo, el caso Matteotti, el establecimiento de la dictadura fascista, me gustaría responder a la segunda de las preguntas que planteamos en esta sección, ¿Cómo se derrumbo el régimen fascista de Mussolini? 

Así que a modo de epílogo, me interesa destacar la política exterior llevada a cabo por Mussolini como una de las principales causas de su final. Y es que para Mussolini, la política exterior fue una preocupación fundamental y por ello se centro en controlar el Ministerio de Asuntos Exteriores la mayor parte del tiempo que estuvo en el poder -salvo entre 1937-1943 Galeazzo Ciano, su yerno-. Su experiencia durante la Primera Guerra Mundial al lado del intervencionismo, le había dado el convencimiento de era necesaria una política exterior agresiva para situar a Italia entre las grandes potencias. Mussolini tenía una obsesión por forjar un imperio en torno al Mediterráneo, pero realmente Italia no pudo seguir ese ritmo. Mussolini además creía en el imperialismo como una herramienta para unir a la nación, y una muestra de la utilización que le da a la política exterior para la proyección en la política interna, es el traslado del Ministerio de Asuntos Exteriores del Palazzo della Consulta al Palazzo Chigi, que es un edificio dotado de un gran balcón desde el que dar discursos y que está situado en la Via del Corso, ahora en frente de un ZARA pero que ya en esos momentos era unas de las calles más concurridas de la ciudad. De este modo, si los años 20 estuvieron caracterizados por una continuación parcial de la tradición diplomática liberal, los años 30 estuvieron marcados por el ascenso de Hitler y el nazismo en Alemania y con ello la radicalización de la política exterior a nivel internacional. 


El acercamiento de Mussolini a la política exterior alemana, será sin duda el inicio del fin del régimen fascista en Italia. Pese al incremento en el presupuesto militar, sus ambiciones siempre estuvieron condicionadas por la necesidad de abastecimiento de Italia y la supremacía naval británica en el Mediterráneo. Y mientras que la guerra de Etiopía causó un gran entusiasmo en la sociedad italiana, la participación en la Guerra Civil Española supuso un duro revés a la popularidad del Duce, ya que tuvo unos grandes costes sociales y económicos a cambio de un resultado poco provechoso. De este modo, en Junio de 1940, el Duce declaraba la guerra a los Aliados, ante la resignación de muchos de sus propios colaboradores, el rey y la sociedad italiana. La guerra para Italia fue un fracaso ya que no pudo seguir el ritmo de las grandes potencias. Tres años después, el desembarco aliado en Sicilia, precipitó la descomposición del Partito Nazionale Fascista que en la última convocatoria del Gran Consejo Fascista la noche del 24 de julio de 1943 destituyó a Mussolini.


Fue detenido y el nuevo gobierno nombrado por el rey se apresuró en firmar el armisticio con los aliados. Italia quedó dividida por la ocupación alemana y la guerra externa se convirtió en una auténtica guerra civil. El fascismo italiano, por lo tanto nació y murió de una guerra. Y si bien la historia política de Mussolini estaba acabada, todavía quedaba un capitulo de su vida terrenal, ya que tras ser liberado por los paracaidistas de las Waffen-SS, es puesto como títere de Hitler en la Italia ocupada, lo que se llamó la República de Saló hasta que fue capturado y fusilado por los partisanos antifascistas el 28 de Abril de 1945. El final de Mussolini, la historia de su cuerpo expuesto al pueblo y sometido a toda clase de vejaciones es un caso paradigmático, ya que la imagen del cadáver de Mussolini colgado en Piazzale Loreto de Milán contrastaba con la imagen del Duce de los italianos que había re-fundado el imperio.

BIBLIOGRAFÍA
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