lunes, 18 de diciembre de 2017

Apuntes de historia: Historia de Roma. La crisis de la República (V)

Como hemos visto en otras entradas, el inicio del siglo II fue un gran salto para la República romana que se convirtió en la principal potencia económica y militar del Mediterráneo. Dicha expansión, tuvo unas importantes consecuencias en el ámbito social, pues si bien las viejas luchas entre patricios y plebeyos de los primeros siglos de la República se habían acabado, estas dieron paso a nuevos conflictos de carácter social, esta vez entre la «nobleza» patricio-plebeya y las masas populares. De hecho, las grandes conquistas y la ampliación territorial favoreció no solo la diferencia entre las distintas clases sociales sino además, la desmembración de la nobilitas romana en varias facciones. 

Por un lado nos encontramos con los optimates, que se erigen como guardianes de la tradición y partidarios del mantenimiento del Senado como principal órgano de gobierno de la República. Por otro lado, los populares defienden una apertura del poder político sobre otras instituciones como el tribuno de la plebe o los comicios, así como una ampliación del propio Senado. Estos grupos están lejos de parecerse a los partidos políticos contemporáneos, pues eran facciones muy heterogéneas y abiertas. Además, siempre existió un equilibrio entre ambas posturas que les obligó a repartir de algún modo el poder. No obstante, más allá de las diferentes perspectivas que podían tener unos y otros, no dejaban de ser miembros de la élite romana y con la conquista de grandes regiones a lo largo del Mediterráneo, habían pasado de ser propietarios de fincas de una extensión modesta a tener grandes extensiones latifundistas. Por consiguiente, no solo se desataron una serie de consecuencias sociales como la ampliación de las masas campesinas, sino también un cambio económico en la producción agrícola que pasó de ser prácticamente de subsistencia a la posibilidad incluso de exportar. De este modo, pese a que los miembros del Senado no podían participar en actividades económicas, si les estaba permitida la actividad agrícola, por lo que pronto empezaron a moverse grandes cantidades de dinero, esclavos y productos agrícolas. En este contexto surgen clases medias que se favorecen de los intercambios comerciales y que pasarán a denominarse como equites (orden ecuestre), por la posibilidad de mantener un caballo a la hora de servir en el ejército.


A mediados del siglo II la tensión interna en Roma comienza a agudizarse con la polarización de la vida política y sobre todo a partir de la elección como tribuno de la plebe de Tiberio Sempronio Graco en el 134. De hecho, como partidario del grupo de los populares, Tiberio Sempronio Graco propondrá una reforma agraria en favor de la plebe para acabar con los latifundios y las grandes propiedades. Esta reforma, conocida como la Lex Sempronia, proponía la devolución de las tierras arrebatas al ager publicos, así como la limitación para que ninguna propiedad agraria superara las 500 iugera (unas 125 hectáreas). Las nuevas tierras disponibles se repartirían entre los ciudadanos romanos en lotes indivisibles para evitar la formación de nuevos latifundios. Evidentemente, esta propuesta fue en contra de los intereses de los grandes propietarios, muchos de ellos senadores, que se habían enriquecido en los últimos años gracias a la expansión territorial. Los optimates se organizaron en torno a la figura de Emiliano Escipión y se postularon en contra de dicha propuesta. Y, aunque la ley fue aprobada por el Tribunado de la Plebe y el Senado no tuvo más remedio que ratificarla, al año siguiente con el asesinato de Tiberio Sempronio Graco se vería paralizada. 


Pero, con el acceso al Tribunado de la Plebe de Cayo Graco (hermano de Tiberio) en el 123 se retoma la política reformista de su hermano. Para empezar, se vuelve a poner en marcha el proceso iniciado con la Lex Sempronia con los objetivos de aumentar el número de ciudadanos disponibles para el ejército, reducir el número de esclavos y restablecer al pequeño campesinado. Además, no solo se preocupó de las cuestiones agrarias, sino que amplió el programa de reformas a distintos ámbitos; por un lado, promovió la Lex Ab Actis, por la cual un magistrado destituido no podía volver a ejercer un cargo público, también se adoptaron medidas en cuanto a la organización territorial y política, por ejemplo se permitió el acceso a equites a los tribunales permanentes, se reorganizó la provincia de Asia y, se intentó evitar los abusos senatoriales en las provincias con la Lex Provinciis Consularius. Sin embargo, al igual que le sucedió a su hermano, murió asesinado -algunos autores hablan de suicidio- debido a la oposición que generó sus políticas en el Senado y en ciertos sectores de la élite romana.


El paso de los Graco por la política romana evidenció la crisis del sistema político republicano. Ante la presencia de reformistas radicales, como asegura Mary Beard, el Senado utilizó el decreto del senatus consultum ultimum como «una excusa partidista para suspender las libertades civiles y una tapadera legal para la violencia premeditada» (Beard, 2015). De hecho, desde el linchamiento público a Cayo Graco y sus seguidores, este decreto se utilizó al menos en tres ocasiones hasta la creación del Principado. Y si bien, la crisis interna de Roma se iba acrecentando, los éxitos militares en el exterior favorecieron el ascenso de ciertas figuras con cargo militar que tras las victorias decidieron cobrar su recompensa. De hecho, sin la guerra de Yugurta (113-105) y el conflicto con los cimbrios y teutones (113-101), no podríamos entender la aparición de nombres como los de Cayo Mario o Sila. 

Cayo Mario ejerció de cónsul en ambos conflictos. En el primero y con la ayuda de Sila como cuestor, remontó una guerra que parecía perdida desde el principio, logrando que Numidia pasara a formar parte del ámbito romano. En el segundo, y de nuevo recuperando al ejército romano después de unas primeras derrotas, saldría victorioso siendo incluso aclamado como el «tercer fundador de Roma». El terreno de Cayo Mario era el campo de batalla y conocedor de la graves crisis económica por la que pasaban las clases más bajas, promovió una importante reforma del ejército. Dicha reforma consistió en un cambio en el sistema de reclutamiento mediante la cual el Estado se ofrecía a proporcionar el equipamiento, un stipendium -salario- a los voluntarios de las clases bajas. Además, se les daba la posibilidad de hacerse con parte del botín de guerra y pequeños lotes de tierra después de licenciarse. Evidentemente, Cayo Mario no hizo esto solamente por mejorar la situación de la plebe. Él se podía imaginar la importancia de poder contar con la fidelidad de gran parte del ejército en un momento de importante crisis institucional de la República. De hecho, las principales consecuencias de su reforma fueron precisamente la proletarización y profesionalización del ejército, ya que muchos romanos lo adoptaron como un modo de vida y, además, el surgimiento de los ejércitos personales por la creación de redes clientelares.


De este modo, Roma entrará en el siglo I en unos momentos de crisis social y tensión política donde poco a poco se va consolidando el antagonismo entre optimates y populares. Como hemos visto, Cayo Mario se había convertido en una figura casi providencial y había conseguido acaparar multitud de magistraturas para conservar su poder, pero con el Senado en su contra, tendrá que salir de Roma en el año 99. Y si bien su marcha supuso el establecimiento de una relativa paz interna, con una política controlada por la élite senatorial, también sirvió para el ascenso de otros personajes deseosos de poder como Livio Druso o Sila. El primero accedió al Tribunado de la Plebe en el año 92, y aprovechó su cargo para promover una serie de medidas demagógicas y radicales que entraban en conflicto con la postura de los senadores más conservadores. De hecho, el acuerdo que estableció con los aliados italianos para su acceso a la ciudadanía romana y su posterior desaprobación por parte del Senado -con el asesinato del propio Livio Druso-, desencadenó la conocida como guerra Social o guerra de los Aliados (91-88). Un conflicto que comenzó con serias complicaciones militares para Roma, por lo que tuvo que optar por la vía diplomática para acabar el conflicto. Por ello, se propusieron varias medidas para apaciguar a los aliados itálicos. En primer lugar mediante la Lex Iulia en el año, por la cual se concedía la ciudadanía romana a todos aquellos itálicos que no se habían levantado en armas. En el año 89 se promulga la Lex Plauta Papiria, ofreciendo la posibilidad de optar a la ciudadanía a todas las comunidades de aliados y finalmente, ese mismo año la Lex Pompeia otorgaba la ciudadanía a los itálicos de la Galia Cisalpina. Con dichas medidas, los aliados sublevados perdieron fuerza y son derrotados en el año 88.


De la guerra, uno de los grandes beneficiados será Lucio Cornelio Sila, que después muchos años tras la sombra de Cayo Mario obtendrá su premio, ya que en el año 88  fue elegido como cónsul. En este sentido, vamos a ver como cada vez será más frecuente la rivalidad entre los distintos mandos militares por cobrarse sus victorias en forma de botín o de magistraturas. Todo ello teniendo en cuenta que, además, la reforma militar de Cayo Mario no hizo sino favorecer el clientelismo de los soldados con sus generales que les hacía ser más leales a estos que a la propia República romana, con lo cual la presión de estos sobre el Estado llegará a ser enorme. De hecho, la guerra de los Aliados había propiciado la presencia de numerosos ejércitos cercanos a Roma y, en este contexto, podemos entender mejor la escalada de violencia que acompaña el ascenso de Sila al consulado.

Y es que Sila fue la figura fundamental del periodo de violencia extrema que se abrió cuando él mismo invadió Roma con un ejército para reclamar el mando de la guerra contra el rey Mitrídates IV de Ponto, que en un primer momento le había sido concedido. En ese momento, muchos de sus rivales, incluido Mario, habían huido ya de Roma hacia otras provincias romanas. Pero, una vez consigue el mando del ejército contra Mitrídates, parte hacia Oriente y Roma queda otra vez bajo la influencia de los contrincantes de Sila, principalmente los populares en torno a la figura de Cinna. Pero a su regreso victorioso de oriente, Sila no dudó en continuar con la represión a la que había sometido a sus contrincantes ya en el año 88 y, aprovechando la situación de violencia social existente en la ciudad de Roma, organizó su propio nombramiento como dictador en pro de restaurar el orden de la res publica (Lex Valeria, 82).


La dictadura, una magistratura que desde el 202 no se había activado, iba a adoptar un tono mucho más conservador en las manos de Sila, pues ni tenía un límite de tiempo, ni había ningún tipo de limitación a sus decisiones. De este modo, con la consolidación de su poder, emprendió un programa de reformas mayor incluso que el de Cayo Graco. En primer lugar, consciente del poder legislador que había tenido en las últimas décadas el Tribuno de la Plebe, limitó su poder y derecho a veto. Del mismo modo, procurando una recuperación de los poderes senatoriales, desde ese momento cualquier ley debía ser aprobada en un primer momento por el Senado. Se tomaron varias medidas económicas relativas a la reducción de las raciones de trigo gratuitas, así como una oposición frente al lujo exagerado. También, elevó el numero de miembros de algunas magistraturas como por ejemplo; lictores (24), senadores (600), cuestores (20) y pretores (8). Y, finalmente, al mismo tiempo que se confiscaron los bienes a todos sus adversarios políticos, premió con un amplio programa de fundación de colonias y tierras a sus tropas licenciadas. En el año 79, sin que haya una postura clara por parte de los historiadores, Sila renunció a la dictadura para retirarse en la Campania, donde morirá un año más tarde. 

lunes, 11 de diciembre de 2017

Apuntes de historia: Historia de Roma. Desde Italia al Mediterráneo (IV)

Roma no se convirtió en un imperio del Mediterráneo de la noche a la mañana. De hecho, el proceso por el cual una pequeña aldea del centro de Italia se llegó a convertir en una potencia que dominó territorios en tres continentes, fue un proceso largo y complejo, con avances y retrocesos, del que todavía hay cientos de interrogantes. Un primer paso fue la conquista de Italia.

Según la tradición, tras la instauración de la República (509 a.e.c.), el exiliado rey Tarquinio el Soberbio agitó a una serie de ciudades-Estado de la llamada Liga Latina para luchar en contra de Roma, que lejos de salir derrotada, venció a la coalición liderada por la ciudad de Túsculum en la batalla de Lago Regilo en el 496. Desde ese momento, la presión de los Volscos sobre la región latina hizo cambiar la política romana para con el resto de las ciudades latinas. Así, en el 493 se constituyó una nueva Liga Latina (foedus Cassianum), de la que Roma formó parte dejando una cierta libertad de decisión individual al resto de ciudades. Hasta el 338, año en que Roma decidió disolver la Liga, esta funcionó como una alianza dirigida a la defensa común frente a las amenazas externas. De este modo, una vez que solucionaba sus graves conflictos sociales entre patricios y plebeyos y al mismo tiempo se consolidaba como la principal ciudad del Lazio, Roma empezó a poner su mirada sobre el resto de la península Itálica.


El primer paso fue la guerra contra Veyes, ciudad etrusca que rivalizaba con Roma por el control de las comunicaciones en el centro de Italia. En distintos enfrentamientos -del 485 al 474, del 438 al 425 y del 406 al 396- Roma acentuó su hegemonía en la región y solo se vio frenada por la incursión de los Galos en el Lacio en el 390, que produjo numerosas pérdidas tanto humanas como económicas. Por consiguiente, no será hasta mediados del siglo IV cuando Roma esté preparada para consolidar su posición en el Lacio y se prepare para cruzar las fronteras históricas del Lacio. Una muestra de ello, es la disolución de la Liga Latina en el 338 que, como hemos comentado anteriormente, supuso la imposición romana sobre toda la región. De este modo, una vez sometidos latinos y volscos, era inminente el enfrentamiento con los samnitas por el control de la Italia central. En varias guerras -por la historiografía conocidas como las guerras samnitas-, casi siempre por el control de la región de Campania, Roma logró imponer definitivamente su dominio sobre los samnitas en el 290. El último escalón de la conquista de Italia fue la guerra de Tarento, que al mismo tiempo supuso el final de la influencia política de los griegos en el sur de la península Itálica. Ya impuesto su dominio sobre Italia, la Roma republicana empezó a mirar más allá de las costas que bañan sus posesiones. Esta nueva fase de expansión, nos va a llevar a uno de los puntos más importantes de la historia de Roma, las guerras púnicas contra Cartago. 


Pero antes de adentrarnos en el conflicto, conozcamos un poco más sobre los orígenes de Cartago y el proceso que le llevó a convertirse en una verdadera potencia del Mediterráneo. Como colonia, Cartago no fue sino uno de otros tantos puestos comerciales que establecieron los fenicios a lo largo del Mediterraneo Occidental desde finales del II milenio como Útica, Hippo Regius, Tapso, Lixus, Caralis o Gadir. Pero, la dominación de Tiro por parte de Babilonia en el siglo VI, supuso la independencia práctica de Cartago y su ascenso en la lucha por el dominio del Mediterráneo occidental. De hecho, en torno al siglo III antes de la era común, Cartago era una gran potencia hegemónica con dominios territoriales en el norte de África, el sur de la península Ibérica, las islas Baleares, Córcega, Cerdeña, así como parte de la costa occidental de Sicilia. La principal actividad económica de Cartago era el comercio y su papel de intermediario comercial entre el Mediterráneo Occidental y Oriental, le trajo grandes beneficios que le ayudaron a mantener su potente flota comercial y de guerra. 

Según la tradición, los contactos entre Roma y Cartago se produjeron desde la propia instauración de la república romana en el 509 y, desde ese momento, en sucesivos tratados siempre se mantuvieron distantes a la hora de marcar las áreas de influencia que no podían sobrepasar, como si ambas ciudades estuvieran destinadas al enfrentamiento. Y, de hecho, así fue. En pleno proceso de expansión de Roma, la ciudad de Mesina (Sicilia) solicitó apoyo a Roma para hacer frente al acoso de Cartago. El Senado romano aceptó dicha propuesta y por consiguiente asumió también el incumplimiento del último tratado entre Cartago y Roma (278). 


Esta intervención supuso el inicio de la denominada Primera Guerra Púnica (264-241) que si bien hasta el 250 y gracias a la superioridad naval cartaginesa se decantaba por el lado de Cartago, las conquistas en Sicilia por parte de Roma hicieron que los cartagineses tuvieran que afrontar una paz con muy duras condiciones. De este modo, la derrota fue un gran revés no solo para Amílcar Barca, mando superior de la marina cartaginesa y padre de Aníbal, sino para toda Cartago que se vio obligada a abandonar sus bases de Sicilia y, al mismo tiempo, pagar una importante indemnización de guerra. En cambio, para Roma, la victoria supuso la primera conquista territorial fuera de las fronteras de la península Itálica. 

Este duro revés a la política de Cartago en Sicilia, se tradujo en el inicio de un proyecto de conquista de la península Ibérica que pudiera compensar las pérdidas. En el 237, el propio Amílcar encabezó el desembarco en Gadir, desde donde ascendieron por el valle del Guadalquivir hasta las zonas mineras de Sierra Morena. En el 228, en su avance por la costa de Levante muere y su sustituto como comandante de los cartagineses en Iberia fue Asdrúbal, su yerno. Su nombramiento supuso un importante giro a la política cartaginesa en la península Ibérica, con mayores dosis diplomáticas que militares, ya que incluso se recibió a una embajada romana para firmar el Tratado del Ebro, con dicho río como límite de las áreas de influencia. Del mismo modo, dentro de una nueva organización administrativa del territorio, se fundó en el 227 la ciudad de Cartago Nova, como centro político, económico y estratégico de los cartagineses en Iberia. Pero, en el 221 Asdrúbal muere asesinado y su sustituto, Ánibal, impulsará una nueva etapa de afianzamiento del territorio mediante las conquistas militares. Una de esas conquistas será Sagunto, que aunque se situaba al sur del río Ebro, había sido incluida en el tratado en su calidad de aliada de Roma. Cuando en el 219 Ánibal ocupó la ciudad, Roma declaró de nuevo la guerra a Cartago.


La Segunda Guerra Púnica comenzó con uno de los movimientos de tropas más sorprendentes del mundo antiguo, cuando Ánibal, intentando sorprender a Roma, atravesó con un ejército de más de 50 mil hombres y unos 40 elefantes de guerra la cordillera de los Pirineos y los Alpes hasta llegar a Italia. Probablemente, el error por parte de Ánibal fue que teniendo la ciudad de Roma libre para el asedio, prefirió combatir a lo largo de la península perdiendo poco a poco sus fuerzas. De hecho, al mismo tiempo que Ánibal dominaba el terreno en Italia, salvo Roma, los romanos asestaban duros golpes a Cartago en la península Ibérica con la conquista por parte de Publio Cornelio Escipión de Cartago Nova en el 209 y Gades en el 206. Este giro de los acontecimientos obligó a Ánibal a regresar a Cartago, pues un ejército romano al mando de Publio Cornelio Escipión se dirigía hacia allí. El enfrentamiento tuvo lugar en Zama, cerca de Cartago, y supuso la derrota definitiva de las tropas de Ánibal. En este sentido, la Batalla de Zama (202) significó el final de Cartago como potencia militar y el inicio de la hegemonía romana en el Mediterráneo.

Tras la victoria, Roma entró en una nueva fase en su política que estará caracterizada por el uso de la fuerza militar como principal recurso, pese a que como hemos visto, y según la tradición, hasta entonces casi siempre había intervenido en los conflictos exteriores a petición de terceros. En este caso, la conquista de Grecia no será muy diferente. De hecho, a principios del siglo II antes de la era común, Filipo V de Macedonia y Antíoco III de Siria firmaron un pacto por el que ambos Estados se repartirían los territorios de Egipto en la región sirio-palestina. Ante tal amenaza, el faraón Ptolomeo V solicitó el apoyo de Roma, que vio en esta una nueva oportunidad de ampliar su poder en el Mediterráneo Oriental. Así, en la Batalla de Cinoscéfalos (196) las tropas romanas derrotaron a los macedonios, obligando a Filipo V a renunciar a sus pretensiones en Oriente y, además, acabar con su dominio sobre el resto de ciudades griegas. Macedonia nunca se recuperaría de este duro golpe y tras la muerte de Filipo, volvieron las hostilidades con Roma, esta vez con su sucesor Perseo, el último rey de Macedonia. De este modo, tras la victoria de Roma en la Batalla de Pidna (168), el mundo griego entró a formar parte de los territorios dependientes de los romanos, primero como Estados independientes, luego, desde el 148 como parte de la recién creada provincia romana de Macedonia.


Pero la mirada de Roma no solo se extendía por el Mediterráneo oriental, también la parte más occidental, la península Ibérica, era objeto de interés por parte de los romanos. Así, desde su intervención en Iberia a propósito de la guerra con Cartago, la presencia de los romanos fue cada vez más intensa hasta convertirse en una verdadera ocupación y colonización del territorio. Como ya hemos visto, el primer paso se dio en el 218 a.e.c. con el desembarco de Cneo Escipión en Emporion con el objetivo de retomar la frontera del Ebro. En el 211 llegó a la península Publio Cornelio Escipión para liderar la conquista de Cartago Nova (209) y Gades (206) que supuso el final de la experiencia de los cartagineses en Iberia y, además, un cambio en la política romana en la península. El objetivo de los romanos a partir de ese momento ya no será expulsar a los cartagineses sino asentarse en el territorio. De este modo, en el 197 se crean dos provincias en el territorio peninsular; la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior, que serán gobernadas, cada una, por un pretor con el cargo durante un año. La romanización de la península Ibérica no fue, evidentemente, un proceso pacífico. De hecho, desde la llegada de Publio Cornelio Escipión hasta el sometimiento de cántabros y astures por parte de Augusto (29-19 a.e.c.) fueron prácticamente dos siglos de luchas fronterizas con los pueblos prerrománicos. Y si bien la conquista romana de Hispania es un proceso muy complejo, podríamos señalar dos momentos importantes que marcaron el destino de los pueblos ibéricos y celtibéricos. 


Un primer momento tuvo lugar cuando los turdetanos, cansados de la presencia romana en su territorio, se levantaron en armas en el 195. La rebelión poco a poco se fue extendiendo por gran parte de la península y, tal fue la gravedad de la situación que el propio cónsul Marco Porcio Catón fue enviado para reforzar las tropas presentes en Hispania. En un primer contacto con la región de la celtiberia, el ejército romano sale derrotado en un intento de conquistar Numancia. Este fracaso obligó a los romanos a utilizar métodos más diplomáticos y, en el 180, el pretor Tiberio Sempronio Graco (luego cónsul y padre de Tiberio Sempronio Graco y Cayo Graco) logró pacificar Hispania con una serie de acuerdos con los pueblos indígenas por los cuales los romanos se comprometían a ceder parcelas cultivables a cambio de una serie de tributos anuales y el envío de tropas auxiliares al ejército romano. Si bien los acuerdos fueron un éxito, la calma duró unos 25 años hasta que en el 154, desde el interior de la península, los lusitanos penetran en territorio romano hasta alcanzar el Mediterráneo. Con mucha dificultad los romanos consiguieron repeler la invasión, pero a la altura del 147, los lusitanos esta vez bajo el mando de Viriato, volvieron a reorganizarse. En una especie de guerra de guerrillas, los lusitanos lograron crear un estado de caos en la Hispania Ulterior con numerosas perdidas para las legiones romanas. Finalmente, Viriato murió asesinado y en el 139 los romanos obtuvieron una paz con los lusitanos, pese a que estos no serían totalmente pacificados hasta los tiempos de César Augusto. 


Un segundo momento clave fue la rebelión celtíbera en torno a la ciudad de Numancia en el 143. Con una primera fase moderada, un joven Tiberio Sempronio Graco (hijo) logró un acuerdo de paz para evitar un enfrentamiento directo. Pero, cuando en el 134 es elegido cónsul Escipión Emiliano, la política romana cambia y se reemprendieron las acciones bélicas contra los celtíberos. Así, tras meses de asedio, la ciudad de Numancia cayó en manos de los romanos en el 133 y, con ello, el establecimiento de una frontera romana estable en torno al río Duero. De este modo, la península Ibérica entró a formar parte del ámbito romano y, a pesar de que su completa pacificación no se producirá hasta el mandato de César Augusto, su territorio será un importante escenario para las luchas civiles derivadas de la crisis de la República.

martes, 28 de noviembre de 2017

Apuntes de historia: Historia de Roma. Las instituciones romanas (III)

La configuración de las instituciones romanas fue un proceso paralelo a los distintos periodos por los que pasó la historia de Roma. Así, sus principales motores de desarrollo fueron tanto el periodo de transición de la Monarquía a la República, como los conflictos resultantes de las luchas patricio-plebeyas y la propia expansión de Roma por la península Itálica. En cuanto a las magistraturas, lo primero que hay que tener en cuenta es las distintas formas que la historiografía se ha ocupado de clasificarlas, ya sea por poder o por tiempo. Probablemente, la más aceptada es aquella que divide las magistraturas en mayores o menores. Magistraturas mayores son aquellas que poseen imperium como por ejemplo, los consules, los pretores o la dictadura. Por otro lado, las magistraturas menores son las que solo detentan potestas como los censores, los cuestores, la edilidad o el tribuno. En este sentido, la organización de las magistraturas y sus distintos escalafones venían bastante bien definidas en la Lex Villia Annalis (180 a.e.c.) donde se regulaba el acceso a las magistraturas, es decir, el cursus honorum que se iniciaba con la cuestura y acababa con el consulado.


Pero, antes de explicar más detenidamente cada una de las magistraturas y asambleas, considero oportuno aclarar el significado de los términos imperium y potestas, que quizá puedan estar bastante alejados de lo que hoy entendemos como poder político. En el mundo romano, la potestas era una especie de poder socialmente reconocido que consistía en la capacidad de los magistrados de recibir los auspicios de los dioses, es decir, interpretar la voluntad divina dentro de los límites de la ciudad. Pero, además, también tenían la facultad de imponer multas, vetos e incluso convocar al Senado. Por otro lado, el imperium era un poder político y militar, ya que al mismo tiempo que tenían la competencia de tomar auspicios de los dioses tanto dentro como fuera de la ciudad, podían mandar ejércitos, poderes judiciales, así como el derecho sobre la vida y la muerte durante las campañas. El imperium se dividía en imperium domi, para referirse al poder dentro de la ciudad y, imperium militiae, cuando los poderes eran fuera de Roma.

La primera gran institución que caracterizó la República de Roma fue el Senado. Un órgano que, según la tradición, fue creado por Rómulo en la segunda mitad del siglo VIII, para facilitar la tarea de gobierno del rey, principalmente como órgano consultivo y bajo el monopolio de los patricios. En tiempos de la República, el Senado funcionó como máxima institución directora de gobierno y desde el 312 a.e.c. será mixto, ya que se permitirá participar también a los plebeyos. En este sentido, su número varió de los 100 miembros en el momento de su creación a los 300 al final del periodo republicano, llegando a ser 900 en época de César. Los requisitos para formar parte del Senado eran bastante exigentes; en primer lugar ser ciudadano romano, ser libre al menos desde dos generaciones, haber sido magistrado y estar cesado como caballero. El de senador era un cargo vitalicio, salvo grave condena o por incompatibilidad con otras actividades relacionadas con el comercio y con oficios tales como actores, gladiadores, etcétera. Hasta el 318 eran elegidos por los cónsules pero, a partir de entonces, serán elegidos por los censores. Su funcionamiento estaba determinado a la convocatoria por parte de un magistrado para luego, trabajar como órgano director del gobierno de Roma. Las principales funciones en política interior eran; ratificar las decisiones que se tomaban en las distintas asambleas populares, justificar el nombramiento de un dictador, el control de los presupuestos y las finanzas, así como competencias militares (presupuesto de la tropa, reclutamientos, etcétera). Además, también tenía una serie de funciones en política exterior como la declaración de guerra y paz y el envío de embajadas fuera de Roma. Las decisiones del Senado se daban a conocer como Senatus Consultum y podían ser legislativas o simplemente meras instrucciones.


Por otro lado, los Comicios Curiales fueron creados por Rómulo en torno a la segunda mitad del siglo VIII. Hasta Servio Tulio, funcionaron como la única asamblea popular de Roma. Durante la monarquía decidían sobre cuestiones importantes en la ciudad y también tenían la capacidad de ratificar al nuevo rey. En la República pierden multitud de funciones, quedando única capacidad de decisión importante las cuestiones relacionadas a la adopción de ciudadanos, la adrogatio.


Los Comicios Centuriados fueron creados por Servio Tulio a mediados del siglo VI. Formados por 193 centurias en base a un censo económico, fue durante mucho tiempo la más importante asamblea popular y, en la República, siguieron manteniendo su carácter militar. Era convocado por cónsules, pretores o dictadores, y sus reunión eran siempre fuera del pomerium, generalmente en el Campo de Marte. Sus principales funciones eran las de elegir a los magistrados mayores, las declaraciones de guerra y paz, la concesión de ciudadanía romana, la orden para la fundación de colonias o, incluso, funcionar como tribunal de apelación en casos de destierro o muerte. Además, hasta el 287 funcionó como poder legislativo. 


Dentro de la organización política romana tuvieron especial importancia los Comicios Tribales que, a diferencia del resto de asambleas, tenía un carácter territorial y se dividía en distritos rústicos y urbanos. Hasta el 287 era una institución reservada solo a los plebleyos (Concilium Plebis), pero a partir de ese momento se integraron por completo en el sistema organizativo de Roma. En tiempos de Servio Tulio estaba compuesto de 20 tribus, 16 rústicas y 4 urbanas. Pero, en el siglo III eran ya 31 tribus rústicas y 4 urbanas. Como hemos comentado, su funcionamiento estaba supeditado a su carácter territorial y, a pesar del predominio rústico (clases altas), se reunían siempre dentro del pomerium. Sus funciones fueron en un primer momento la lección del tribuno de la plebe y la toma de decisiones exclusivas para los plebleyos. Pero con la incorporación de los patricios y su nuevo carácter, tendrán como prerrogativas la elección de los cuestores, ediles curules y algunos tribunos militares, así como el enjuiciamiento de delitos que no impliquen la pena de muerte y parte del poder legislativo arrebatado a los Comicios Centuriados.

En cuanto a las magistraturas de la república romana, la cúspide la representaba el Consulado. Cada año los Comicios Centuriados elegían a dos cónsules, no pudiendo ser reelegidos hasta pasados diez años. Hasta el 367 a.e.c. solo podían ser cónsules los patricios pero, a partir de esa fecha, será una magistratura mixta y generalmente la proporción será de un cónsul patricio por un cónsul plebeyo. El poder de los cónsules en la República era muy amplio; tenían imperium como máxima autoridad civil y militar del Estado y, estaba caracterizado por la colegialidad, es decir, el derecho a intercessio (veto) de un cónsul a otro. Entre sus funciones, podemos destacar las militares -dirigir ejércitos, nombrar tribunos militares, alistar tropas- y las civiles -convocar y presidir el Senado y las asambleas populares, realizar proyectos de ley, promulgar edictos, dirigir las elecciones a magistrados, nombrar sacerdotes, así como presidir actos solemnes-.


La Pretura fue creada en el siglo IV con la participación de patricios y plebeyos. En su origen fueron dos pretores, pero llegará aumentar a ocho en el 80. Los pretores eran elegidos por el mandato de un año por los Comicios Centuriados y una vez ejercían el cargo no eran reelegibles en el futuro para el mismo cargo. Su poder se basa en el imperium y aunque estaban subordinados a los cónsules, en ocasiones podían sustituir a los cónsules cuando estos estaban fuera. De hecho, sus funciones son similares e igualmente variadas a las de los cónsules. Además, desde el 367 a.e.c. tuvieron algunas competencias de carácter judicial, como convocar a las partes, nombrar a jueces y presidir causas penales. 

Otra de las magistraturas mayores es la Dictadura, aunque bastante peculiar, ya que tenía un carácter excepcional. Esta magistratura se regulaba en las XII Tablas (450) y apareció en cuatro ocasiones durante la República (396, 287, 247, 217), sin contar en ellas la Dictadura perpetua de Julio César en el 44. Su poder, dado su carácter extraordinario, era el imperium regium, esto es que en una persona se reunían todos los poderes de la República. La duración del mandato era de seis meses improrrogables y siempre era designado previa orden del Senado por un cónsul. Una particularidad de esta magistratura es que no tenían que rendir cuentas de sus actos ni durante su mandato ni una vez cesado.


En cuanto a las magistraturas menores, el Tribuno de la Plebe seguramente sea la más importante. Creada tras la secesión de Monte Sacro (494), era un órgano colegiado formado por dos tribunos que llegan a ser diez en época de los Graco. Eran elegidos por los Comicios Tribales para el mandato de un año. Además, desde el 287 deja de ser una magistratura exclusiva para los plebeyos y también podrán optar a plaza los patricios. Su poder estaba basado en la potestas y sus funciones variaron durante la República. En un primer momento se ocupaban de convocar a la plebe y presidir las elecciones de tribunos y ediles. Luego, tendrán el derecho a veto sobre el resto de magistrados romanos, presidirán la elección del resto de magistraturas y también poseerán algunas competencias en materia criminal.

La Edilidad estaba formada por cuatro miembros, generalmente en una proporción de dos patricios y dos plebeyos, aunque en tiempos de Julio César su numero aumentará a seis. Eran elegidos por los Comicios Tribales para un año de ejercicio. Su poder estaba fundamentado en la potestas y sus funciones eran bastante variadas, a saber; vigilancia de la ciudad como una especie de policía local, organizar y presidir los juegos públicos y, también, el aprovisionamiento de trigo a la ciudad. Por otro lado, la Cuestura constaba de cuatro miembros aunque el número fue aumentando hasta que en época de Julio César llegaron a ser 40. Como todas las magistraturas menores, su poder estaba basado en la potestas y su función era, principalmente, la de colaborar con los cónsules. De hecho, su máxima responsabilidad era el control del Tesoro del Estado, que se guardaba en el Templo de Saturno. Finalmente, la Censura era una magistratura de dos miembros elegidos cada cinco años para un mandato de año y medio. Existía desde la segunda mitad del siglo V, pero hasta entrado el siglo IV no será mixto. Su poder político era la potestas y sus funciones eran fundamentalmente culturales, puesto que se ocupaban de vigilar el cumplimiento de las tradiciones y costumbres, así como de la elaboración del censo ciudadano y, desde el 318, también el censo senatorial.


No podemos acabar con este breve repaso a las instituciones romanas sin hacer una mención al papel de la mujer en la política en la antigua Roma. Y es que, hemos hablado de cómo se fueron incluyendo bien plebeyos o bien patricios en las distintas magistraturas, pero nunca se planteó el acceso a la mujeres. De este modo, el acceso a las magistraturas estuvo siempre vetado par ellas, incluso para aquellas que gozaban de la condición de ciudadanas. Así, su papel en el mundo de la política siempre sería marginal en época republicana e, incluso, durante el Imperio, aunque algunas de las emperatrices llegaran a tener un papel importante en el desarrollo de los acontecimientos. Por ello, aunque la mujer tuvo una presencia destacable en la vida pública, social y religiosa en la antigua Roma -por ejemplo, las vestales-, la comunidad romana no dejaba de ser una sociedad patriarcal donde muy pocas mujeres pudieron evitar el dominio masculino.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Apuntes de historia: Historia de Roma. La configuración de la República (II)

Según la tradición, Roma se convirtió en una república tras la expulsión del rey Tarquinio «el Soberbio» en el 509 antes de la era común. De hecho, hasta entonces la historia romana había estado vinculada a la monarquía, ya sea bajo el reinado de los latino-sabinos o bajo los propios etruscos. Como ya hemos visto, el primer monarca fue Rómulo, descendiente del mismísimo dios Marte, y al que se le atribuye la fundación de la ciudad (753). Un proceso que no está verificado tal cual, pero que no deja de ser un reflejo del sinecismo entre las comunidades asentadas en las distintas colinas alrededor del Palatino. También se atribuye a Rómulo la creación del Senado primitivo compuesto por 100 patres, cuyos descendientes serán conocidos como «patricios». Asimismo, la tradición también le atribuyó la división del pueblo de Roma  en 3 tribus por 10 curias cada una (30 en total). De este modo, los Comicios Curiados funcionaron como una asamblea de representación y decisión donde, por ejemplo, se ratificaba a los reyes elegidos por el Senado.


A partir de ahí, cada uno de los reyes latino-sabinos cumplió una determinada función. Sí Rómulo fundó la ciudad y la dotó de las primeras instituciones, su sucesor Numa Pompilio fue el que organizó la religión romana, creando los principales sacerdocios (augures, vestales, pontífices, etcétera) Tulio Hostilio fue un rey guerrero, destruyó Alba Longa para hacerse con el control de la desembocadura del Tíber. Por otro lado, Anco Marcio fue el artífice de la creación de infraestructuras y la ampliación del territorio de Roma hacia el mar. Con Tarquinio Priscio, se inicia el periodo de la monarquía etrusca en Roma. Algunos autores han interpretado esto como signo de la influencia y dominación etrusca sobre Roma. En cambio, otros historiadores apuestan porque Roma siguió siendo una ciudad latina independiente, aunque altamente influenciada por el mundo etrusco y, también por el ámbito griego. 

No hay datos sobre como Tarquinio Priscio se hizo con el poder en Roma, pero las fuentes clásicas si nos hablan de una serie de obras públicas que se acometieron bajo su mandato, como por ejemplo la construcción del Templo Capitolino (dedicado a la Tríada Capitolina; Júpiter-Juno-Minerva). Poco se sabe de su sucesor, Servio Tulio, salvo las reformas sociales e infraestructuras que se construyen durante su reinado. Finalmente, los historiadores antiguos nos presentan a Tarquinio «el Soberbio» como un mal tirano, de ahí su seudónimo. De hecho, alcanza el poder tras asesinar a su predecesor y su política estuvo orientada a conseguir una posición hegemónica de Roma en el Lacio. Tradicionalmente, la deposición de Tarquinio se ha relacionado con una revuelta de los patricios en defensa de sus privilegios. De este modo, con el cambio de régimen los poderes religiosos del rey fueron sustituidos por los de un sacerdote (Rex Sacrorum) y los poderes políticos pasaron a los altos magistrados civiles (los dos cónsules). Aunque, a decir verdad, la realidad histórica fue mucho más compleja.


Conviene subrayar que la República nace con un componente extraordinariamente desigualitario, ya sea desde un punto de vista político, ya que los plebeyos solo serán tenidos en cuenta a la hora de formar el ejército, pero no para la vida política. También desde un punto de vista jurídico y religioso porque existirá una interpretación del derecho entre los patricios y los plebeyos. Así como una importante desigualdad económica, ya que desde los propios orígenes romanos, los patricios se habían hecho con las grandes propiedades de tierra frente a los plebeyos. Esta desigualitaria y tensa situación acabará desembocando en lo que se ha denominado como el conflicto patricio-plebeyo que, no en vano, va a caracterizar los primeros siglos de historia de la República.

Tradicionalmente, el conflicto se ha enmarcado desde el 494 con la secesión del monte Sacro (monte Aventino) cuando en pleno conflicto con los Volscos, los plebeyos abandonan el ejército y se retiran al Aventino, con la amenaza de fundar una nueva ciudad por la incapacidad de hacer frente a las deudas. La necesidad de mantener el ejército obligó a los patricios a negociar la creación de una magistratura  encargada de defender los intereses de los plebeyos, el Tribuno de la Plebe, con un poder basado en la potestas (no en el imperium) y con las facultades de auxilium e intercessio (veto). Esta institución se complementó en el 471, con la creación de una asamblea legislativa de obligado cumplimiento para los plebeyos, el Concilia Plebis. El próximo paso fue la Lex Icilia (447), propuesta por el tribuno de la plebe Icilio y que supuso el reparto de las tierras que ocupaba el Aventino sobre los miembros de la plebe. 


Un punto de inflexión lo marcó la redacción de las leyes de las XII Tablas en el 450, un hecho constatado por la arqueología y que la historiografía tradicional cuenta como tras continuas propuestas del Tribuno de la Plebe para que se elaborase un nuevo código de leyes más igualitario, se creó un paréntesis en el gobierno de la República con el nombramiento de un colegio de 10 patricios (Decemviri) con el objetivo de recopilar el derecho por escrito. Al no acabar su trabajo, al año siguiente se nombró un nuevo decenvirato, esta vez con plebeyos, que redactaron las dos últimas tablas. En el 449 los nuevos cónsules -Lucio Valerio y Marco Horacio- sancionaron las XII Tablas, que a pesar de tratarse de una recopilación de derecho consuetudinario, se introdujeron ciertas novedades probablemente por las influencias griegas. 

De este modo, tras años de luchas internas el conflicto patricio-plebeyo parecía diluirse, precisamente en un periodo en el que Roma iniciaba su expansión. Tras una incursión de galos en el Lacio en el 390 a.e.c. por la cual la ciudad quedó parcialmente destruida, los romanos se recuperan mediante una política expansiva que girará en torno a dos ejes: por una lado la fundación de colonias en los territorios conquistados y, por otro lado, la concesión de la ciudadanía romana en las mismas. Esta expansión permitió avanzar en el conflicto patricio-plebeyo con la aprobación de las Leges Liciniae-Sextiae en el 367 por las cuales, entre otras cosas, se daba acceso a los plebeyos a una de las más importantes magistraturas romanas, el Consulado. Finalmente, en el 287 la Lex Hortensia integró los Concilium Plebis dentro de la organización política de la república pasándose a llamar Comicios Patricios. De esta manera, se pone fin a un conflicto que duró décadas y, desde ese momento, las tensiones sociales en Roma estarán orientadas en torno a la nobleza patricio-plebeya y las masas populares, adquiriendo una mayor importancia las desigualdades económicas. 

martes, 21 de noviembre de 2017

Apuntes de historia: Historia de Roma. La génesis de un imperio (I)

Roma nació en el centro de la península Itálica, una península que no es realmente extensa, unos mil kilómetros de longitud por 150 de ancho. Tiene un carácter peninsular extremo, ya que la cordillera de los Alpes ejerce de frontera natural frente al resto del continente europeo, mutatis mutandis como sucede en la península Ibérica. El eje central de la península son los montes Apeninos, una cordillera de origen terciario de fácil acceso y transito. Del mismo modo, cada vertiente marítima tiene unas características particulares. Por un lado, el mar Adriático, es un mar de difícil domesticación, con malos puertos y con la desembocadura del río Po en la parte más septentrional. Por otro lado, el mar Tirreno consta de buenos puertos naturales, que más tarde aprovechará el ser humano para desarrollar sus actividades marítimas y, al mismo tiempo desembocan allí ríos de poco caudal como son el Arno o el Tiber. Además, es importante señalar las tres grandes islas que emergen en el Tirreno; Córcega, Cerdeña y Sicilia. De este modo, las grandes áreas en las que se ha dividido el entorno itálico han sido; la zona Alpina, Galia transalpina, Etruria, Umbría, Apulia, Veneto, Galia cispadana, Lacio, Ticeno, Campania, Lucania y todo el conjunto de islas. 



Este complicado mapa geográfico y el fuerte carácter peninsular han sido determinantes para explicar el complejo poblamiento que existió en la historia antigua en la península Itálica. De hecho, los yacimientos arqueológicos nos dicen que durante el Neolítico ya existieron culturas de gran importancia como las de los Ligures y los Sículos. En la Edad de Bronce (desde el 1500 antes de la era común) en la península Itálica encontramos dos grandes focos culturales; al norte (Veneto) la cultura de las Terramaras, al sur (Etruria) la cultura apenínica. Ya al final del segundo milenio, durante la Edad de Hierro, podemos destacar el florecimiento de la cultura de Villanova, vinculada a la segunda oleada de poblaciones de origen indoeuropeo. Entrado en el primer milenio, en torno al siglo VIII a.e.c., encontramos un poblamiento denso y bastante diversificado en diversos pueblos indoeuropeos como los latinos, oscos, umbros, picenos, entre otros.

También destaca la presencia de los etruscos, una civilización cuyo origen está todavía en discusión. Algunos historiadores indican que su origen podría estar vinculado a los llamados «pueblos del mar», otros los consideran habitantes itálicos de carácter indígena y, otra postura, los vincula a la tradición del próximo oriente por sus similitudes con los hititas, tanto en su religión, como en sus patronímicos, así como en los propios elementos arquitectónicos de sus construcciones. Pero más allá de las diferentes teorías, lo que sí está más claro es que su lengua no era de raíz indoeuropea y probablemente su origen esté vinculado a ese periodo oscuro y de convulsión que sucedió al 1200. Sabemos de ellos que eran prósperos comerciantes gracias a su orientación marítima y que la mayoría de sus poblaciones estaban distribuidas en torno a dos ejes o calles perpendiculares, como luego harán los propios romanos. Entre las ciudades etruscas más importantes podemos señalar Capua, Espina o Roma. Hay poca información sobre su sociedad, pero sí se sabe que se organizaban en una especie de confederación o liga de ciudades en torno a un rey. En el siglo VI a.e.c., comienza su declive, tanto por la presión de los pueblos celtas al norte, como por las disputas comerciales con griegos y cartagineses al sur. 



En este contexto de declive etrusco, Roma se va perfilando como una ciudad independiente al margen del resto del territorio de los etruscos. Ubicada en la región del Lacio, que a pesar de ser una zona pobre en recursos, tiene una excelente posición estratégica en la península Itálica. Los datos confirman que desde el siglo X a.e.c. existen poblamientos asentados en las colinas que convivían con los riachuelos insalubres de las zonas más bajas a las orillas del río Tiber. De este modo, a pesar de los confusos orígenes, la teoría principal es que la ciudad de Roma nació producto de un sinecismo de las poblaciones existentes en las conocidas como siete colinas, esto es; Palatino, Capitolio, Quirinal, Viminal, Esquilino, Celio y Aventino. Dentro de esto, existen dos posturas; por un lado, que el sinecismo se produjo con el dominio de uno de los agrupamientos y, por otro, un sinecismo violento sin predominio de ninguno de ellos. 



Así, Roma nace como una mezcla de culturas de la fusión e influencias de etruscos y, en menor medida griegos, sobre los latinos. De hecho, los propios orígenes míticos de la fundación de la ciudad son una fusión de todas esas tradiciones.  No obstante, hay que tener en cuenta que el relato mitológico fue plasmado por escrito al menos ocho siglos después de los acontecimientos que se relatan. De hecho, La Eneida (29-19 a.e.c.) de Virgilio, fue encargada por el propio emperador César Augusto para glorificar al imperio y a su familia, vinculándolos con los orígenes míticos de la ciudad. En este sentido existen dos grandes ciclos; por un lado, el ciclo griego y, por otro, el ciclo romano. 

El primero, el ciclo griego, trata de vincular el destino de Roma a la tradición griega o troyana. Concretamente nos habla de cómo Eneas, hijo de Venus (Áfrodita en la mitología griega), huye de Troya con su padre y su hijo. Ya en el Lacio, su hijo Ascanio funda su reino en torno a la ciudad de Alba Longa y será allí donde establezca la dinastía de los Julos o Yulos. Años más tarde, de estas misma estirpe, el rey Numitor es derrocado por su hermano Amulio, que acabó con todos los hijos varones de éste y obligó a su única hija, Rea, a permanecer virgen. Pero Marte, el dios de la guerra,  se enamoró de ella y juntos concibieron a Rómulo y Remo. Los hermanos son abandonados en el río Tiber y la corriente los lleva a un lugar cercano a las colinas del Palatino y el Capitolio, donde son rescatados por una loba que los criará como propios. Lejos de acabar, esta telenovela tiene su punto culminante cuando ya adultos, Rómulo y Remo consiguen vengarse de Amulio, reponiendo a su abuelo en el trono y comenzando su rivalidad en torno a la fundación de la ciudad de Roma. Por una parte Rómulo quería edificar Roma en el Monte Palatino y por otra, Remo construir Remoria en el Aventino. Finalmente, los habitantes del lugar decidieron que el que divisara más buitres ganaría el derecho a elegir la ubicación. Como fue Rómulo quién más buitres vio, fue este quien trazó los límites de la ciudad y quien ordenó las ceremonias de la misma. Pero Remo desafiante, no respeto el resultado y la situación ocasionó una pelea en la que Remo morirá por las graves heridas. De este modo, la fecha canónica de la fundación de Roma fue el 21 de abril de 753 a.e.c., aunque las dataciones de carbono nos estarían ubicando dicha fundación en torno al 918 (+/- 70 años).



Más allá de componente mitológico que tiene este relato, grandes personajes como Ovidio o Virgilio están detrás de la creación del mismo, es interesante ver como se mezclan multitud de elementos históricos de la política, la antropología o la propia sociología. Además, el propio mito no deja de ser sino un reflejo de las tensiones que se vivieron en la ciudad de Roma en los siglos que transcurren desde su fundación con la presencia etrusca y el periodo monárquico hasta la fundación de la República en el siglo VI (509 a.e.c.).